Un segundo basta para sentir la sangre caliente correr por el antebrazo que interpongo entre la piedra y Davinne. El dolor llega un instante después del crujido húmedo y pegajoso que persigue a un ardor que me arranca el aire de los pulmones antes de que pueda siquiera emitir un grito.
—¡No! —el grito de Ikare no es por mí. Es de rabia pura, de algo mucho más profundo que sorpresa por no anticipar mi movimiento—. ¡No, no, no!
Caigo al suelo con un flagelo semejante a si mi piel se quemara al rojo vivo. La piedra, todavía clavada en mi antebrazo, palpita con una luz tenue que no tenía antes, un rojo que se oscurece rápidamente, como si algo dentro de ella se retorciera.
—¡La has contaminado! —su voz se quiebra entre el horror y la furia—. Tu sangre... tu maldita sangre lo ha arruinado todo.
No entiendo del todo lo que dice, pero mi cuerpo sí. Siento algo ceder dentro de mí, un peso que no sabía que cargaba hasta que empieza a desprenderse. Los dos otarianos, que sostenían a Davinne, aflojan el agarre lo suficiente para que él lo aproveche y embista a su hermano con todo el peso de su cuerpo, tras ver cómo iba a atacarme. Ambos caen al suelo entre gruñidos y golpes secos a sus rostros.
—¡Sujétenla! —ordena uno de los otarianos, pero el otro ya se ha lanzado sobre Davinne en vez de sobre mí.
Davinne forcejea, la sangre de su herida mancha todo lo que toca, pero ha de conseguir arrancarle la daga a uno de ellos. La hoja encuentra el costado del hombre antes de que nadie pueda detenerlo. El otariano cae con un aullido casi moribundo.
—¡Corre, Diann! —me grita Davinne, sin apartar los ojos del caos que él mismo ha desatado—. ¡Corre!
El consejo que antes le di se revierte a mi favor.
—No voy a...
—Mientras la maldición no se cumpla, seguiré con vida. Corre. Ahora.
Su lógica se abre paso a través de mi pánico. Con las manos temblando, arranco la piedra de mi propio brazo. El dolor es tan agudo que casi pierdo el equilibrio; la adrenalina, como buena compañera, me sostiene lo suficiente para emprender paso y correr sin mirar atrás.
Las minas se convierten en un laberinto de sombras y ecos dentro de una persecución que pronto va a abordarme. Ya he estado aquí antes; mis pies recuerdan el camino incluso cuando mi mente solo puede pensar en el latido irregular de mi inestable corazón que busca latir contra su voluntad. La irregular y húmeda pared que conforma las escabrosas cuevas es la guía para avanzar aun si mi cuerpo se niega. De pronto, pasos me persiguen. Golpean la roca del piso que avancé como sinfonía de la que deseo alejarme.
Un estrecho recoveco aparece a la vista. Me escondo; la respiración se convierte en un jadeo que no logro controlar, presiono con la mano la herida de mi brazo mientras la piedra permanece firme en mi puño como arma con la cual defenderme.
Pasos. Alguien se acerca.
—Sé que estás aquí, princesa —la voz de Ikare resuena entre la piedra más cerca de lo que quisiera—. Tu rastro de sangre no miente. No hace falta que te escondas. Solo dame lo que es mío y te dejaré.
Hasta un niño podría escuchar la mentira en sus palabras.
—¡Ahí estás!
El rostro de Ikare se ilumina con la pequeña antorcha que carga en sus manos. Suelto un gritito que parece satisfacerlo. Su mano se estira para atraparme en la estrechez, pero ya voy corriendo de lado por el angosto camino, igual que él. Pronuncia mi nombre con gravedad en medio de la persecución. Sus dedos rozan mi cabello. El túnel termina finalmente y soy consciente de que él me alcanzará en cuanto por igual yazca libre de la zona.
Me aferro a las posibilidades más cercanas. Creo que me he desviado de la salida. Una, solo una se presenta: un orificio que debe dar a otro nivel abajo de las minas se presenta. Es lo bastante amplio para que un cuerpo se deslice. Me detengo y elevo la piedra en alto por arriba de las fisuras que se abren hacia la oscuridad del abismo.
—Ni un paso más o la dejo caer.
Ikare para en seco su marcha. Sangra de un costado. Creo que Davinne se la concedió; lo mismo va para su rostro, que ya no contiene diversión o calma teatral como antes. Solo furia cruda. Va a destrozarme en cuanto tenga la oportunidad.
—No lo harías.
—¿Estás dispuesto a arriesgarte?
—Si la sueltas, tú te irás con ella.
No sé si es cierto, pero la determinación en su voz me dice que él sí lo cree. No lo piensa, se abalanza contra mí antes de que pueda decidir si estaba fanfarroneando. Caemos al suelo en un golpe seco. La roca se deslinda de mi amarre y rueda entre la oscuridad. Ambos vamos en su persecución, arrastrándonos. Alcanza mis piernas, que jala con presteza hacia él, listo para detenerme. Caigo boca abajo saboreando la suciedad del sitio.
—¿Qué pensaste cuando te interpusiste? ¡Dime!
Palpo el suelo en busca de una roca antes de que me arrastre por completo hasta él. La encuentro y con la mano libre se la estrello contra la sien. Se tira de espaldas al suelo, aturdido; la oportunidad que me brinda de escabullirme es aprovechada, sin embargo, su mano encuentra mi antebrazo herido antes de que consiga alejarme.
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Editado: 12.09.2026