Lo primero que pienso con las alarmas resonando en mis oídos es en la advertencia de Ikare Grimaldi. La promesa para los otarianos de conquistar y destruir estas minas. Al parecer, el recién difunto rey de Søje tenía todo planeado, pues mientras él asesinaba a su hermano, los otarianos se encargarían de mantener a los feralios entretenidos en la refriega que se aproxima.
De pronto la tienda se abre.
—Debemos irnos —dicta Lucinda, quien no parece inmutarse ante la orden que acaba de dar.
—Creí que estarías a kilómetros de aquí —emito.
—Sí, bueno. Lo estaría de no ser que a mi hermana se le ocurrió ser secuestrada.
Gira para mirarme por primera vez desde que discutimos. Nuestro humor es el único signo para saber que colocamos bandera blanca entre ambas incluso si su mirada no se sostiene lo suficiente para deducir que me ha perdonado.
—¿Esas alarmas son de ataque? —intercede Davinne.
—Sí, desconozco de quién, pero todos los soldaditos ferelenses se preparan para huir o, peor aún, para atacar, y es por eso que nos vamos. Andando.
Lucinda ofrece media vuelta, pero ninguno de los dos presentes la sigue. Regresa a nosotros con la protesta en su rostro.
—¿Qué esperan? ¿Una invitación?
—No podemos irnos —soy yo quien se opone a su propuesta—. Estamos tan cerca.
—Exacto, tan cerca de terminar con una flecha, espada o bala en nuestras cabezas.
—Es que no me estás comprendiendo, ya sé cómo salvarte —Lu me mira escéptica—. Ikare me lo dijo y yo misma lo vi.
—¿De qué diantres me hablas?
—Un acto de bondad, sin egoísmo. Eso lo romperá —miro a Davinne antes de volver a mi hermana—. Cuando se ejecuta un acto egoísta como el de Ikare, deseando acabar con la vida de Davinne, la maldición nace, aunque si se ejecuta con bondad, sin intención, entonces se rompe.
—¿Hablas de sacrificarse? —cuestiona absorta—. Perdona, Emmelina, pero ningún acto que implique acabar con la vida de otro puede ser bondadoso.
—De antemano comprendo aquello.
—Entonces sabes que los hermanos debe sacrificarse.
—No. Ellos deben vivir.
—¿Cuáles hermanos? —interrumpe Davinne. Es ignorado.
—Emmelina, no —Lucinda parece leer mis pensamientos—. Tú te vienes conmigo a los puertos para alejarnos de este sitio.
—¡Voy a morir de todas formas, Lucinda! Me restan semanas, un mes quizá. Qué más da si es hoy. Los otarianos o quienes sean que nos ataquen no vendrán hasta que el sol nazca de nuevo.
—Pues sean semanas o días, te quiero viva. No regreses a este sitio por nada. Te hice una carta, por cierto, que a estas alturas carece de importancia, porque si salvarme de una maldición implica que te claves una roca en el corazón, entonces no la quiero. ¿Me has oído?
—¿Piensas hacer qué, Diann?
—Pues iré sola.
—Por todos los santos, no seas ridícula. Ni siquiera puedes mantenerte de pie sin trastabillar, menos llegar hasta allá tú sola.
Señala mi reciente postración.
—Además, ninguno de ellos te dará esa piedra.
—Bien.
—Bien —repite ella.
«Ella no lo sabe, Emmelina»
De soslayo observo el vestido. La cortina se abre de nuevo. Es uno de los gemelos.
—Emmeli —Dimit me atrae a sus brazos de manera momentánea hasta que recuerda que no estamos solos—. Debemos irnos, el puerto está preparando los barcos para irnos. Ambos flancos nos atacan.
—Son los otarianos, ¿no es verdad? —exclamo y asiente.
—Y hombres de su padre —me mira a mí y a Lucinda—. Son ryunos, søjenses y probablemente katicos, no lo sabemos con certeza. No hay a dónde ir, excepto al puerto.
«O las minas»
—Su hermano Jerico se fue.
—¿Qué? —Lu y yo espetamos al unísono.
—Aseguró que podía interceder por nosotros, sin embargo, seguimos siendo enemigos para una u otra nación, y si aunamos a eso el reciente suceso —muestra sus respetos a Davinne, quienes por primera vez dejan atrás el rencor que sienten—... no hay más opción.
—De acuerdo, hay que irnos. Tú ayuda a Davinne.
Lucinda me destina una mirada asesina por mandarla y ceder sin negarme un poco en cuanto huir emerge de la boca de mi esposo. Ambos desconocen mis planes y lo que poseo. No me iré de aquí. No sin haberlo intentado.
Le pido a Dimit que me ayude a traer una bata del estante de la esquina para cubrirme. Me pierde de vista el tiempo que requiero para avanzar hasta el vestido cubierto de suciedad, sangre y desgarres de tela. Ahí sigue: la piedra de pórtico descansa en la palma de mi mano y la escondo en el bolsillo del camisón. Espero me perdonen por lo que haré.
Yo seré el sacrificio.
Dimit me ofrece la bata.
—¿Estás lista? —su voz carga la ternura.
La cortina se abre y el ritmo de pasos y gritos me invaden. Todo a nuestro alrededor se torna desolador y lúgubre en el umbral. Tiran órdenes y se alejan para flanquear nuestra huida.
—Mi tío ya nos espera en el puerto.
—Y Dimitry.
—Alistando detalles para evitar los enfrentamientos.
Miro el caballo donde iremos hasta el barco.
—Dimit.
—Sí.
Me ayuda a subir al caballo con el mismo cuidado con el que trataría algo que teme romper.
—Espero que no me guarden rencor ni se culpen.
—¿De qué...?
Lucinda emerge de la tienda, me señala y grita:
—¡Tiene una piedra! ¡No permitas que cruce las minas!
En cuanto la voz de Lucinda rasga el aire del campamento sobre las alarmas que no dejan de sonar, clavo los talones y tiro de las riendas con toda la fuerza que le resta a mi acelerado corazón para emprender destino.
El caballo sale disparado antes de que Dimit pueda reaccionar.
—¡Emmelina!
Su grito se ahoga detrás de mí, entre el viento y el galope que remueve mi cabello del rostro. Los últimos rayos del sol iluminan de forma teatral las minas, dándome la bienvenida de nuevo. La piedra de pórtico, escondida en el pliegue de mi vestido, golpea una y otra vez mi pierna a cada zancada del animal emitido. Un recordatorio constante de mi promesa.
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Editado: 12.09.2026