Despierto en fragmentos.
Primero es sensorial; olor a alcohol, hierbas amargas y luz que nubla mi vista. Después es físico, vendas sobre mis heridas, una cama estrecha y un peso en el pecho que no reconozco como dolor, sino la ausencia de esta. Navego entre dos sensaciones que no sé si son recuerdo o sueño: un resplandor dorado, un cuerpo trasladándome fuera de la oscuridad, el cielo estrellado de Ryunale sobre mí y finalmente, un cuerpo inerte entre los brazos de alguien que grita un nombre que no es el mío.
—Lucinda —murmuran mis labios antes de abrir los ojos a la verdad.
El techo blanco, la luz de una lámpara de aceite, el murmullo distante de una ciudad que respira, y la construcción de piedra gris me advierte de dónde yazco. Ryunale. Estoy en el castillo de los Scarasi.
—Emmi —la voz de mi hermano llega antes que su rostro. Se inclina sobre mí con los ojos hinchados de alguien que no ha dormido en días o dejado de llorar—. Empezaba a pensar que ibas a competir con los muertos por quién descansa más.
—Jer —apremio su mano. Mi voz sale quebrada, ajena.
—Aquí estoy. No te esfuerces todavía.
Intento incorporarme. Fallo. Él me ayuda, con una delicadeza que no le conocía. Acomoda las almohadas detrás de mi espalda para elevar un poco mi cuerpo.
—¿Cuánto tiempo...?
—Tres días. Los suficientes para que madre enloquezca y yo aprendiera a odiar el olor de la estación médica.
Miro el vendaje limpio en mi antebrazo, y otras partes del cuerpo que desconocía que pudieran doler, cubiertas por igual.
—Jerico, ¿qué pasó?
—Tal vez debas esperar a que...
—No, cuéntamelo todo. Por favor.
Duda. Es la primera vez que veo a mi hermano medir sus palabras antes de soltarlas. Como si cada una pesara más de lo que puede cargar.
—Fui a detener a nuestro padre con el ataque que destinaban sus filas. Conseguí calmarlo, pero avanzamos a las minas y éstas explotaron: las minas se destruyeron.
—¿Qué?
—Los otarianos que Ikare llevó consigo, los explosivos que sembraron en la entrada, detonaron. Todo colapsó. Desde los cimientos hasta lo más profundo de ellas —se acerca a mí para cerciorarse de que nadie pudiera escuchar, incluso si solo somos nosotros en el ala—. No queda nada, Emm. Ni el templo, ni los símbolos, ni rastro de lo que sea que haya pasado ahí dentro.
Proceso la información con una calma que no siento.
—Nadie sabe...
—Nadie —me confirma que se llevará el secreto a la tumba.
—¿Y los otarianos que nos atacaban?
—Se detuvieron en cuanto vieron el humo. Supongo que creyeron que Ikare cumplió su parte del trato, que las minas fueron destruidas como les prometió. No tienen idea de lo sucedido, o eso imagino —hace una pausa—. Davinne y yo nos encargamos de que así se mantuviera. Le contamos a Ryunale y a Søje una verdad a medias. Que Ikare planeaba usar las minas para fines propios, que atacó a su propia gente, incluido su hermano. Murió por la traición de su gente y los ferelenses que se defendieron. Nada de sacrificios, nada de magia. Nada de lo que en realidad ocurrió ahí abajo. Sepultado como las minas.
Todo se siente tan ajeno. Como si hubiera dormido por tres años y no días.
—¿Y las tierras? ¿Qué hay de ellas?
—En disputa, como todo lo demás que dejó ese hombre. Por dote te pertenecen a ti o Feralia, pero por tu situación y las minas destruidas nadie sabe bien qué hay que reclamar. Por ahora son tierras de nadie.
Asiento, aunque mi mente ya se ha desviado hacia la pregunta que tanto temo hacer: Jerico de rodillas, sosteniendo el peso de su gemela como si su cuerpo fuera lo único que lo mantuviera vivo.
La evito.
—¿Y mi esposo?
Mi hermano aprieta la mandíbula.
—Esposos, querrás decir.
La palabra cae entre nosotros como una piedra en un pozo.
—¿Por qué no me lo dijiste? —Jerico se sienta al borde de la cama, y por primera vez desde que desperté, su expresión pierde toda fachada de fortaleza o gracia que ha sostenido—. Son dos, Emmelina. Todos los vieron. Sus soldados, los nuestros, oficiales søjenses y de Ryunale, sin olvidar a nuestro padre. Dos hombres idénticos frente a los ojos de los hombres. No hay forma de que tal secreto siguiera siendo uno después de ello.
El peso de sus palabras demora en asentarse.
—El mundo... ¿lo sabe?
—Sí.
Cierro los ojos con pesar. Admito que una parte de mí —pequeña y sin arrepentimiento— siente un alivio extraño ante la idea de no tener que seguir sosteniendo esa mentira. La otra por su parte, la que conoce la política, sabe exactamente cuánto peligro representa esa verdad para ellos.
—Ni siquiera sé cómo sentirme con respecto a eso o las preguntas que hacerme. Menos tú, quiero pensar.
—Yo lo sabía, Jer. Siempre o la mayor parte del tiempo lo supe.
—Lo intuía. Por eso estoy aquí hablando contigo antes de que todo se torne complicado para ustedes tres —me toma la mano—. No va a ser fácil, Emm. Ni para ellos, ni para ti.
—¿Dónde están?
—En las prisiones de este castillo. En espera de una decisión.
Todo mi alrededor parece darme vueltas. Ellos no podían estar presos. No cuando su único crimen fue querer vivir.
—No entiendo lo que sucede, Emm. Y no sé si quiero saberlo para serte sincero, pero no quiero perderte a ti también.
«También»
Mi mente vuelve de forma inevitable, a la pregunta que llevo evitando.
—Jerico, ¿Lucinda, dónde está?
Su rostro se derrumba. Los segundos que demora en responder, negándose a confirmar lo que ya sé, me ahogan. Procesa la pregunta, mas no su contestación.
—Tú deberías saber mejor esa respuesta.
Sus palabras rompen algo en mi pecho que ningún médico podrá curar nunca. La reproducción de ver a mi hermana correr por el recoveco de las minas, alejándose de mi vista, ignorando mi súplica, me carcome el alma hasta generar un nudo en la garganta.
—Me adelanté para darles el aviso a ustedes del ceso al fuego, y a cambio solo los encontré a ellos con mis hermanas en sus brazos, pero solo a un corazón latía —su voz se quiebra por primera vez—. Davinne y yo las trajimos hasta la brecha y culpamos al rey Ikare del crimen —limpia con su antebrazo las lágrimas y flujo nasal que le niega continuar su relato por breves segundos—. Ninguno de los dos supo qué más hacer, excepto mentir y traer su cuerpo.
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Editado: 27.09.2026