Elegidos

50. LA ÚLTIMA NOCHE

La depresión llega como una marea que no retrocede, cual si mi cuerpo, ya sano, hubiera decidido que el dolor necesitaba un nuevo lugar donde habitar. Es un dolor que no se arranca de manera superficial: sus raíces se conservan por debajo, dentro, en espera de que crezca de nuevo.

El castillo Scarasi al que añoré tanto volver se siente distante, frío y ajeno. Ya no soy bienvenida por la última conversación que mantuve con mi padre. Esta podría ser bien la última vez que cruce este sitio, así que conservo el recuerdo de él.

—Te esperaré afuera —dice mi hermano Jerico en la entrada de la prisión.

Presiono su mano a la que estoy enlazada por la comprensión que me ha ofrecido. Agradezco este pequeño momento de privacidad concedido. Los cuatro soldados que nos escoltaron durante el camino se han de conservar en espera con él como recordatorio de que no soy libre.

Cuando desciendo por los estrechos escalones lo primero que detecto es la humedad de la piedra del castillo colándose por mis fosas nasales. Un olor a viejo que el tiempo mismo concede lo acompaña.

—Hasta el final —indica el guardia vigilante de la sección. Su voz es indiferente, o con rencor incluso.

Supongo que no es ajeno a mi situación: mi exilio, mi título de princesa de Ryunale arrebatado por mis propias faltas.

La reja de la sección con pasillo a las prisiones cede en un chirrido que se siente demasiado ruidoso para el silencio que lo rodea. Las antorchas iluminan la zona con apenas lo necesario. La dimensión del día en el que vives se distorsiona en este lugar. He de pensar que ese es el objetivo de su construcción.

Nadie que esté aquí merece un privilegio mayor a ese.

Sentados en extremos opuestos de la misma celda como si el espacio entre ellos fuera lo único que los sostiene, encuentro a los dos. Su aspecto es el que cualquiera esperaría de un preso tras cinco días de reclusión.

El descubrimiento de mi rostro los pone de pie, alertas.

—Emmeli —Dimit da un paso, se detiene, como si no supiera si tiene permiso de acercarse—. Estás a salvo.

—Apenas —confieso, y el intento de sonrisa me cuesta más de lo que debería. No sucede.

Dimitry se conserva en silencio. Sus ojos, cuando encuentran los míos, cargan un peso que reconozco. El mismo que su hermano y yo conservamos. La brecha que nos separa consiste en más que solo la reja de esta celda. La muerte nos susurró en los oídos a los tres. Nos abandonamos en el momento donde la inflexión del perdón cruzó. Cada uno dispuesto a sacrificarse por el otro. Solo uno lo consiguió esa noche y no está dentro de esta prisión.

—Mi padre acordó el exilio —digo, porque no hay forma amable de decirlo o prolongar el silencio de otra manera que evite lo que nos ha roto—. Para ustedes... para mí.

—¿Para ti? —Dimit frunce el ceño—. Pero eso es injusto, tú no hiciste nada.

—Ni ustedes —les hago saber. Llevo la mano al oxidado hierro de la reja—. El magistrado quería algo peor, créanme. Esto es lo mejor que mi padre pudo conseguir para los tres —trago saliva por el futuro que nos espera—. Me concedió el poder ser yo quien les hiciera saber que mañana por la mañana un transporte los llevará hacia el puerto de las tierras que todavía me pertenecen. Sus soldados los esperarán en la brecha y llevarlos al puerto para volver a Feralia.

—¿Y tú? —habla Dimitry por primera vez. Su voz yace ronca. Como si hace días no la usara. Se acerca a las rejas y la penumbra de la llama de las antorchas apostadas en el pasillo ilumina su rostro.

No me atrevo a mirar más sus bronces ojos.

—Ella se quedará —transmite Dimit en mi lugar.

Debe presentir que no tengo valor de confirmarlo, así como tantas cosas más. Ambos compartimos esa misma mirada de contundencia. La misma que surgió cuando nos abandonamos para ir a las minas con intención de clavarnos una piedra en el corazón.

Anticipa que vivir no es igual a sobrevivir.

—Perdónanos... perdóname —Dimit avanza hasta sobreponer su mano en la mía. Su toque sana como hiere. Me rehúso a mirarlo o perderé el valor de mi decisión—. Te prometí tantas cosas que no pude cumplir. Que volvieras a Ryunale, que fueras libre, que nadie excepto yo fuera sacrificado, y en cada una de ellas fallé.

—Fallamos —agrega Dimitry—. No pudimos detenerla.

—Nadie podía —digo con sarcasmo—. Mi hermana eligió por los tres.

Ni siquiera soy capaz de pronunciar su nombre. Levanto la vista.

—La maldición se rompió con su sacrificio... con su sangre —llevo mi mano libre a mi corazón sano con el recuerdo fresco—. Lo que Ikare explicó resultó ser cierto: un acto sin egoísmo, ejecutado por alguien con el lazo correcto era la única forma y ella tenía los dos. Ser una Scarasi de nacimiento como yo y una Le Covanov de sangre por el contacto con... —dudo, y Dimit termina la frase por mí.

—Conmigo. En el festival —su toque se deslinda y retrocede. Me da ligeramente la espalda—. Hablé con ella. Antes de todo, mientras te recuperabas de lo sucedido con Ikare —la mención de ello revive la herida—. Supo que fui yo quien la dañó. Le pedí perdón. Perdón por mi cobardía, por la maldición. Por lo que su sangre tuvo que cargar por culpa de la mía —su voz se quiebra en casi un hilo imperceptible—. Jamás deseé causarle dolor o desdicha. No esperaba su perdón, y aun con ello me lo concedió. No por mí, sino por ella y por ti.

Las lágrimas que creía agotadas encuentran una forma nueva de emerger. Que el corazón de Dimit se sienta aliviado me ofrece calma, y a la vez desazón por ser yo la única que no vio a tiempo el amor de Lu por mí, y que ahora, por más diminuto que fuera, guarda algo semejante al rencor.

—Fue tu nombre lo último que pronunció —añade Dimitry, con una suavidad que no es propia de él—. Cuando cayó en mis brazos lo fue.

Mis ojos se cierran con la imagen de ella diciéndome que yo era su alma gemela.

—Lo he olvidado —confieso—. Yo... quiero saber qué sucedió.




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