Elegir habitarse

Elegir habitarse

Hace un tiempo decidí hacer algo por mí misma. Recuerdo que vivía en una casa de madera, crujía por las noches, parecía tener vida propia aquella casa, si alguien caminaba, se movía de un lado a otro, como si estuviese respirando. Cuando era niña, pensé que mi casa era especial, hasta que descubrí que no era la única, alrededor se levantaban más casas iguales, estaban alineadas con una precisión inquietante.

Más allá de las similitudes arquitectónicas de aquellas cabañas, todas crujían de igual manera, era como si las personas que vivíamos ahí fuésemos insignificantes. A simple vista, aquellas casas, incluyendo la mía, parecían un conjunto armonioso, sin embargo, adentro de aquellos lugares algo siempre estaba a punto de romperse.

Era un lugar silencioso, mis vecinos eran de pocas palabras, pero cuando lo hacían, usaban frases que no admitían réplica alguna:

-Tienes que alistarte.

-Ya es hora del viaje.

Nunca me preguntaron si yo quería ir a algún lugar, pero yo siempre había obedecido sin saber por qué. Solamente me vestía con mi túnica negra, tenía poca ropa, tres túnicas negras que usaba desde que era niña, nunca había conocido otro tipo de vestimenta, ni siquiera organizaba mi cabello, siempre me obligaron a llevarlo suelto.

Recogía lo indispensable, un cuaderno, una pluma, mi tintero y mi bolso con las otras dos túnicas. Dejaba atrás cosas que sentía más, aunque no recordaba con precisión en qué momento había elegido mis pertenencias.

El viaje no fue largo. Al llegar, el lugar se abrió como una boca, había un gran salón de eventos, era amplio, muy pulcro, pero no tenía ventanas. Había mucha gente en todas partes, casi todos vestían como yo. Eran personas de distintas edades, yo era una de las más jóvenes ahí. El negro, ese color que nos eligió a nosotros antes de que llegáramos al mundo.

Pasaba el tiempo, pero no avanzaba, así, que me senté, me levanté, volví a sentarme. El aire en ese lugar se estaba poniendo bastante denso, fui al baño en busca de silencio y fue ahí cuando los vi… fantasmas.

No flotaban, no gritaban, estaban sentados como invitados más, esperando su turno, aunque precisamente no sé el turno de qué, con una paciencia antigua. No me miraron, pero su presencia pesaba. Comprendí que no eran ajenos, eran recuerdos, eran voces no dichas, emociones que habían aprendido a quedarse quietas para no molestar. Estaban dentro de mí.

Al volver al salón me ofrecieron comida y una poción de color café, todos bebían sin cuestionar. Cuando el líquido tocó mi lengua, sentí que algo en mi se adormecía, como si aceptara una rutina que no me pertenecía.

Entonces sucedió, anunciaron la prueba. Ellos querían saber quienes eran los más fuertes en ese lugar. Nadie explicó que significaba eso, y en un santiamén sonaron unas campanas, el sonido atravesó el pecho como una orden. Algunas personas hicieron un gesto con las manos y comenzaron a elevarse del suelo, lentas, dóciles, satisfechas. No parecían libres, parecían aprobadas.

Yo no me moví. No porque no pudiera, ya que desde niña siempre jugaba a subir a lo más alto de los árboles, elevándome en el aire. Algo en mi se negó y me quedé en el piso.

Una mujer, vestida también de negro, observó el salón con desaprobación. -Son muy pocos- Dijo- La mayoría sigue abajo. Hizo una pausa que helo el aire. -Hay que matarlos- Gritó con furia.

Comprendí que, morir no significaba desaparecer, sino rendirse, dejar de sentir, dejar de elegir, convertirse en otra sombra bien vestida.

El miedo recorrió mi cuerpo y corrí. Salí de aquel salón y me di cuenta de que el mundo de afuera era desconocido para mí, calles sin nombre, rostros sin historia, cada esquina era una pregunta. Detrás de mi escuché los pasos de la mujer, su voz no se alteraba.

—No puedes huir de mí —decía—. Nadie puede. Dijo esa mujer.

Corrí hasta que mi pecho ardió, al doblar una esquina, sentí que ya no tenía fuerzas para continuar, algo ocurrió, dejé de pesar, no fue desaparecer, fue retirarme, me volví invisible.

No me volví invisible como quien se esconde por miedo, sino como quien se protege por amor propio. Vi como la mujer pasó de largo, su voz se apagó, el mundo siguió respirando sin exigirme nada. Sus pasos cada vez se escuchaban más lejos.

Me detuve, sentí una sensación extraña en mi cuerpo, por primera vez no había ordenes, no había sonido de campanas, ni pociones extrañas de plantas, solo el antiguo y mágico silencio. Los fantasmas ya no estaban sentados, poco a poco se desvanecían, en una forma espiritual me agradecían, no porque los hubiese liberados sino porque ya no necesitaban quedarse.

En ese momento, tuve mayor claridad de que mi casa de madera no era una prisión, sino una etapa, que el saló no era un destino, sino una prueba y que la fuerza que buscaban aquellas personas no era la mía.

Entonces seguí caminando, visiblemente solo para mí, con el cuerpo intacto y la decisión recién nacida, jamás iba a volver a lugares en los que mi “No” no fuese escuchado, y el mundo, por primera vez, no me persiguió.

Y entonces decidí habitarme, cuando dejé de ser invisible, no fue de golpe, fue un proceso muy lento, primero volvió el peso de los pies sobre la tierra, después, mi pulso, luego llegó el sonido de mi propia respiración, no regresé a ese salón, tampoco a la casa de madera que había llamado mi hogar por un tiempo.




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