En el barrio, las mañanas siempre empezaban igual.
El sonido de una persiana subiendo, una radio vieja hablando de noticias que nadie escuchaba, el olor a pan recién horneado desde la esquina. Para Benjamín, ese ritual era tan automático como ponerse la mochila y salir de casa sin mirar atrás.
Tenía dieciocho años y la costumbre de fingir que nada lo afectaba. Caminaba con los hombros relajados, auriculares colgándole del cuello, como si el mundo fuera un lugar más sencillo de lo que realmente era.
Dalma lo esperaba en la vereda de al lado.
—Llegás tarde —dijo, mirándolo de arriba abajo.
—No es tarde hasta que suena el timbre —respondió él.
Dalma tenía dieciséis años y una forma particular de observar todo, como si analizara el entorno incluso cuando no hacía falta. Era ordenada, firme, y casi siempre la voz de la razón. Casi.
Caminaron dos cuadras hasta encontrarse con los otros dos.
Thiago iba apoyado contra un poste, pateando una piedrita sin levantar la vista. Tenía quince años y un silencio que a veces pesaba más que las palabras. No hablaba mucho, pero cuando lo hacía, se notaba que pensaba cada frase.
Briana, en cambio, corría alrededor de él.
—¡Si no me esperan, me voy sola! —anunció, aunque nadie le creyó.
Once años, energía inagotable y una risa que parecía no agotarse nunca. Era la más chica, pero también la que mantenía al grupo unido sin darse cuenta.
—Primaria primero —dijo Dalma—. Después seguimos nosotros.
Ese era el plan de todos los días.
Cruzaban juntos el barrio, compartían historias mínimas, quejas de la escuela, planes que nunca concretaban. Eran vecinos desde siempre, casi hermanos por costumbre. El mundo tenía sentido mientras caminaban así.
Hasta que doblaban en la esquina equivocada.
—Ahí están —murmuró Thiago.
Los chicos ocupaban la vereda como si fuera suya. Siempre eran los mismos. Más grandes, más ruidosos, con risas que mordían. Los esperaban casi con puntualidad.
—Buen día, campeones —dijo uno, exagerando la sonrisa—. ¿Otra vez en manada?
Benjamín apretó la mandíbula. Dalma bajó la mirada.
—Dejen pasar —pidió ella.
—¿O qué? —respondieron, empujando a Thiago contra la pared.
Briana dio un paso atrás, asustada.
—Ey, no es para tanto —dijo Benjamín, interponiéndose.
El golpe fue rápido. Un empujón en el pecho, una mochila tirada al suelo. Risas.
Y entonces algo raro ocurrió.
Benjamín sintió un calor extraño en el estómago, como una fiebre repentina. El aire a su alrededor parecía más denso. Por un segundo, creyó que estaba por explotar… pero no pasó nada.
Dalma sintió lo contrario: un frío recorriéndole los brazos, como si el sudor se transformara en agua. Le costó respirar. Cerró los ojos un instante, mareada.
—¿Estás bien? —le susurró Thiago.
—Sí… creo —mintió.
Los chicos se rieron más fuerte.
—¿Qué pasa? ¿Se asustan solos ahora?
Otro empujón. Otra burla. Ningún fuego. Ninguna ola. Solo vergüenza.
Briana apretó los dientes para no llorar.
Cuando por fin los dejaron ir, siguieron caminando en silencio.
Dejaron a Briana en la primaria como siempre. Ella los miró antes de entrar.
—No les hagan caso —dijo, con una seriedad que no iba con su edad—. Son tontos.
Dalma sonrió, pero por dentro seguía temblando.
Camino a la secundaria, Benjamín miró sus manos una y otra vez.
Sentía que algo estaba ahí… esperando.
Dalma también lo sabía. No tenía pruebas, solo una certeza incómoda.
Ese día no había cambiado nada.
Pero algo había empezado.