Elementales: el despertar

Capítulo 2 Lo que no se dice

La casa estaba demasiado tranquila.
Benjamín dejó la mochila en el piso de su habitación sin siquiera abrirla. Se sentó en la cama y se quedó mirando sus manos. Las abrió. Las cerró. Nada. Solo piel, líneas, dedos comunes.
Entonces, ¿qué fue lo de la mañana?
En la cocina, Dalma apoyó el vaso de agua sobre la mesa y respiró hondo. El frío ya no estaba, pero su cuerpo seguía recordándolo, como cuando uno sale de una pileta y el temblor tarda en irse.
—¿Benja? —llamó.
Él apareció en la puerta.
—¿Vos también? —preguntó, sin rodeos.
Dalma frunció el ceño.
—¿También qué?
Se miraron. Demasiado tiempo.
—En la calle —dijo él, bajando la voz—. Cuando esos idiotas… ¿sentiste algo raro?
Dalma se cruzó de brazos.
—No sé —respondió rápido—. Capaz fue el susto.
—No fue solo eso.
Ella dudó. Caminó hasta la ventana y la abrió un poco, como si necesitara aire.
—Sentí frío —admitió al fin—. Mucho. Como si… —se quedó en silencio— como si algo me recorriera por dentro.
Benjamín tragó saliva.
—Yo sentí calor. De golpe. Pensé que me iba a descomponer.
Ninguno se rió. Ninguno lo minimizó.
—¿Y si fue estrés? —dijo Dalma—. Siempre pasa lo mismo con esos chicos.
—Sí… pero nunca así.
Benjamín se apoyó en la pared. Cerró los ojos un segundo. Por un instante volvió a sentir esa presión en el pecho, esa chispa invisible.
—Dalma… —dijo—. Por un momento pensé que iba a pasar algo.
Ella lo miró, seria.
—Yo también.
El silencio volvió a instalarse, pesado.
—No se lo digamos a nadie —dijo ella de golpe.
—¿A nadie?
—A nadie —repitió—. Ni a Thiago. Ni a Briana. Y mucho menos a papá.
Eso último lo sorprendió.
—¿Por qué?
Dalma dudó antes de responder.
—Porque si no fue nada… vamos a quedar como tontos. Y si fue algo… —no terminó la frase.
Benjamín asintió lentamente.
—Está bien —dijo—. Esperamos.
En ese momento, la puerta de entrada se abrió.
—¡Llegué! —anunció la voz de su padre desde el pasillo.
Ambos se sobresaltaron.
—¿Todo bien? —preguntó él al asomarse—. Están callados.
—Sí —respondieron al mismo tiempo.
El hombre los observó unos segundos más de lo normal. Luego sonrió, aunque algo en su mirada parecía inquieto.
—Voy a preparar la cena.
Cuando se fue, Dalma exhaló.
—¿Viste cómo nos miró?
—Capaz es idea tuya.
Pero Benjamín sabía que no lo era.
Esa noche, antes de dormir, volvió a intentar concentrarse. Cerró los puños, respiró hondo. Nada.
En la habitación de al lado, Dalma pasó la mano por el grifo del baño. El agua estaba fría. Normal. Aun así, un escalofrío le recorrió la espalda.
En otra casa del barrio, Thiago miraba el techo, con una sensación extraña que no sabía explicar.
Y en la cocina, el padre de Benjamín y Dalma apoyó la mano sobre la mesada, sintiendo un calor leve bajo la palma.
Uno que conocía demasiado bien.




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