Elementales: el despertar

Capítulo 4 Cuando el límite se rompe

El camino a la escuela seguía siendo el mismo.
Las mismas veredas rotas, los mismos árboles, el mismo silencio incómodo de las primeras horas. Pero para Benjamín y Dalma ya no era igual. Cada paso llevaba una tensión nueva, invisible.
—¿Dormiste algo? —preguntó Benjamín.
Dalma negó con la cabeza.
—Soñé raro.
No dijeron más.
Encontraron a Thiago en la esquina de siempre. Tenía la mochila colgada de un solo hombro y la mirada perdida.
—¿Todo bien? —preguntó Dalma.
—Sí —mintió él—. Vamos.
Caminaron en silencio hasta que la risa los alcanzó antes de verlos.
—Mirá quién volvió…
Los chicos estaban ahí otra vez. Más cerca. Más confiados. Como si el día anterior no hubiera pasado nada extraño.
—Ey, ¿y la nena hoy no vino? —se burló uno—. ¿O ya no necesita niñera?
Thiago siguió caminando, pero uno le cruzó el paso.
—¿A dónde vas tan rápido?
—Corréte —dijo Thiago, sin levantar la voz.
La respuesta fue una carcajada.
El empujón lo hizo trastabillar. La mochila cayó al suelo. Un cuaderno se abrió, desparramando hojas.
—Uh, perdón —dijo otro, pateando el cuaderno—. ¿Era importante?
Benjamín dio un paso al frente.
—Ya está. Déjenlo.
—¿Y vos quién sos? —respondieron—. ¿El héroe?
Dalma se colocó al lado de Benjamín. Sentía el pulso acelerado, el mismo frío recorriéndole los brazos.
—No tienen gracia —dijo—. En serio.
Uno de los chicos agarró a Thiago del cuello de la campera.
—Mirá cómo tiembla —se burló—. ¿Te duele?
Eso fue todo.
Benjamín sintió el estallido antes de entenderlo. El calor le subió por los brazos, le quemó el pecho, le nubló la vista.
—¡Soltalo! —gritó.
El aire vibró.
Una llamarada brotó de sus manos, corta pero feroz, estallando contra el asfalto frente a ellos. No los tocó, pero el calor fue suficiente para hacerlos retroceder, gritando, cubriéndose el rostro.
—¿¡Qué carajo fue eso!? —alcanzó a decir uno.
Dalma no pensó. Actuó.
Extendió las manos por reflejo y el suelo se cubrió de una película de agua que apareció de la nada. Resbaladiza. Fría. Los chicos cayeron uno tras otro, golpeándose entre ellos, sin entender nada.
Thiago observaba paralizado.
—Benja… Dalma… —susurró.
Las llamas se apagaron. El agua se evaporó en segundos, dejando solo charcos y vapor tenue.
Nadie más estaba en la calle.
Los chicos se levantaron como pudieron, pálidos, aterrados.
—Están locos… —balbuceó uno antes de salir corriendo.
Silencio.
Benjamín respiraba agitado, mirando sus manos como si no fueran suyas.
—Yo… no quise… —dijo.
Dalma sentía las piernas débiles.
—Yo tampoco.
Thiago los miró. No con miedo. Con algo peor.
Asombro.
—¿Ustedes…? —empezó.
—Después —dijo Benjamín rápido—. Hablemos después.
Recogieron la mochila y los cuadernos. Siguieron caminando, pero ya no eran los mismos.
Thiago caminaba un paso atrás.
Algo se había despertado.
Y no en él.




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