Thiago caminaba detrás de Benjamín y Dalma, arrastrando un pie tras otro como si la calle lo atrapara. Cada tanto miraba sus manos, vacías, comunes, y luego bajaba la mirada, avergonzado.
En su cabeza, la escena de la mañana no dejaba de repetirse: el fuego de Benjamín, el agua de Dalma. Cómo habían reaccionado sin pensarlo. Cómo los otros chicos habían salido corriendo. Cómo… todo se había sentido real, casi como en los cómics que devoraba cada noche bajo las sábanas.
Siempre soñó con eso. Siempre leyó sobre héroes, sobre chicos que tenían algo extraordinario, que podían proteger, cambiar el mundo. Cada ilustración, cada viñeta, cada historia le decía que podía ser alguien más… que podría ser especial.
Pero ahora no lo era.
Sentía una mezcla extraña de emociones que lo desordenaba por dentro.
Primero admiración.
Porque Benjamín y Dalma… eran impresionantes. Lo habían protegido. Lo habían defendido. Lo habían salvado de la humillación de siempre. Y eso, por un instante, lo llenó de orgullo.
Luego miedo.
Porque no entendía qué había pasado. Ese calor, esa ola, ese poder que no podía controlar. ¿Y si algo salía mal? ¿Si alguien los descubría? ¿Si alguien salía lastimado?
Y luego, en lo más profundo, un hilo fino pero cortante: envidia.
Por primera vez, se sintió realmente pequeño. No por su estatura, ni por su edad. Sino porque él no podía hacer eso. Él siempre estaba afuera, observando, deseando. Nunca el protagonista. Nunca el héroe.
—Ojalá… —susurró, sin darse cuenta, mientras miraba el cielo gris de la mañana—. Ojalá fuera yo.
No dijo nada más. Nadie lo escucharía. Nadie podía saberlo. Ni siquiera Briana, que en su inocencia todavía confiaba en que Thiago era invencible a su manera.
Mientras seguían caminando, Thiago sentía que algo dentro suyo se movía, como un eco de lo que acababa de suceder. No era poder… todavía. Era una mezcla de emoción y frustración que le quemaba las entrañas. Como si el universo le dijera que algo estaba pendiente, y él aún no sabía cómo alcanzarlo.
Llegó a la escuela y se sentó en silencio, intentando concentrarse en la primera clase. Pero su mente seguía en la calle, en el fuego, en el agua… en Benjamín y Dalma.
Y en él.
En lo que no tenía, en lo que nunca había tenido.
Un nudo apretó su estómago. Un deseo intenso, casi doloroso, de pertenecer, de ser parte de algo más grande que él mismo. Y, al mismo tiempo, un miedo que no podía reconocer: el miedo a que nunca lo lograra.
Ese sentimiento lo acompañó todo el día. Silencioso, insistente, como una sombra que crece mientras todos los demás brillan.