La tarde había caído pesada sobre el barrio.
El cielo estaba cubierto de nubes bajas, inmóviles, como si el aire se negara a avanzar. Benjamín notó ese detalle apenas salió de casa. No hacía viento. No se escuchaban pájaros. Todo parecía detenido.
—¿No sienten raro el ambiente? —preguntó Dalma.
—Siempre ves cosas raras —respondió Benjamín, aunque él también lo sentía.
Briana iba unos pasos adelante, pateando una piedrita.
—Parece cuando va a llover —dijo—, pero no llueve nunca.
Thiago cerraba el grupo, con las manos en los bolsillos. Desde el incidente en la escuela, algo dentro suyo no se acomodaba. Como si estuviera esperando otro golpe… o algo peor.
Fue entonces cuando el aire cambió.
No de golpe.
De a poco.
Un escalofrío recorrió la espalda de Dalma. El suelo vibró apenas bajo los pies de Benjamín. Briana se detuvo en seco.
—Escucharon eso… ¿no? —preguntó ella.
—¿Eso qué? —dijo Thiago.
La sombra apareció primero.
No una figura.
Una mancha oscura que se deslizó por la pared de una casa, deformándose, como si no respetara la forma del mundo. Luego otra. Y otra más.
—Corran —dijo Benjamín, sin saber por qué.
No llegaron lejos.
El asfalto frente a ellos se resquebrajó con un estruendo seco. Thiago cayó hacia atrás, golpeándose contra el suelo. Las sombras se alzaron, tomando forma: figuras humanas incompletas, como hechas de humo compacto.
—¿Qué son esas cosas? —gritó Briana.
Una de ellas avanzó directo hacia Thiago.
—¡Thiago! —gritó Dalma.
El miedo fue inmediato. Puro. Instintivo.
Dalma extendió las manos sin pensarlo. El aire se volvió húmedo, pesado, y una corriente de agua brotó desde una canaleta cercana, envolviendo a la sombra y empujándola contra el suelo. La figura se retorció, distorsionándose.
Benjamín sintió el fuego arderle en el pecho.
—¡Atrás! —rugió.
Las llamas surgieron desde sus brazos, dibujando un arco frente a Thiago. El calor distorsionó el aire y las sombras retrocedieron, como si temieran cruzarlo.
—¡No me dejen! —gritó Thiago, intentando ponerse de pie.
Entonces Briana gritó.
El viento explotó.
Una ráfaga poderosa descendió desde arriba, levantando polvo, hojas y fragmentos de asfalto. Briana estaba en el centro, con los brazos abiertos, el cabello flotando como si el cielo la sostuviera.
—¡No lo toquen! —gritó, sin entender cómo sabía hacerlo.
Las sombras fueron lanzadas contra las paredes, desarmándose en humo oscuro que se disipó lentamente.
Silencio.
El viento se calmó. El fuego se apagó. El agua volvió a su cauce imposible.
Thiago quedó de rodillas en el suelo, temblando.
—Ustedes… —dijo, con la voz rota—. Todos… menos yo.
Dalma se acercó y lo ayudó a levantarse.
—Eso no importa ahora.
Pero sí importaba.
Porque mientras ellos respiraban agitados, una grieta oscura se cerró lentamente en una pared cercana. Y en su superficie quedó marcado un símbolo: un círculo quebrado en cuatro partes desiguales.
Desde algún lugar que no pertenecía a ese barrio, algo —alguien— observaba.
Había probado la herencia.
Había visto la evolución.
Y había confirmado algo que lo enfurecía.
El linaje no estaba muerto.
Había renacido.
Y Thiago…
era la pieza que todavía faltaba.