El portazo resonó en la casa.
Benjamín entró primero, todavía agitado. Dalma cerró detrás, con Briana tomada de la mano. Thiago fue el último. Caminaba lento, como si el peso del cuerpo se le hubiera duplicado.
—¿Qué pasó? —preguntó el padre desde el living.
No hizo falta responder.
El hombre vio sus rostros. El temblor en las manos de Benjamín. El cabello húmedo de Dalma. Los ojos brillantes de Briana. Y a Thiago… quebrado.
—Siéntense —dijo, con una seriedad que no usaba desde hacía años.
Nadie protestó.
—Papá… —empezó Benjamín—. Hoy nos atacaron.
El hombre cerró los ojos apenas un segundo.
—¿Dónde?
—En la calle de siempre.
—¿Había… algo más? —preguntó—. ¿Alguna marca?
Dalma dudó.
—Sí —dijo—. Un símbolo.
El padre abrió los ojos de golpe.
—Descríbelo.
—Un círculo —intervino Thiago, con voz apagada—. Partido. En cuatro partes… desparejas.
El silencio cayó como una losa.
El hombre se puso de pie lentamente. Caminó hasta un mueble antiguo y abrió un compartimento oculto. Sacó un cuaderno gastado, de tapas oscuras.
—Eso no debía aparecer —murmuró.
Lo abrió sobre la mesa. Entre dibujos y anotaciones viejas, había un símbolo idéntico.
—¿Qué es eso? —preguntó Briana, en voz baja.
El padre respiró hondo.
—Es la marca de alguien que enfrentamos hace muchos años —dijo—. Alguien que creímos detenido… o al menos, lejos.
—¿“Enfrentamos”? —repitió Benjamín—. ¿Quiénes?
El hombre los miró a todos, uno por uno.
—Yo —dijo—. Y otros como ustedes.
Nadie habló.
—Los poderes que despertaron —continuó— no aparecieron por casualidad. Son heredados. Pasan de generación en generación desde hace siglos. Cada uno ligado a un elemento del mundo.
Dalma apretó los puños.
—¿Y mamá? —preguntó—. ¿Ella sabía?
—Sí —respondió—. Pero creyó, como yo, que todo había terminado.
Thiago levantó la mirada.
—¿Por qué ellos sí y yo no? —preguntó, sin rodeos—. ¿Qué soy yo en todo esto?
El padre lo miró con una expresión difícil de leer.
—Vos sos parte del grupo —dijo—. Y eso no es poca cosa.
Thiago bajó la mirada, insatisfecho.
—Durante generaciones —continuó el hombre—, el poder siguió un mismo patrón. Se creyó que solo pasaba por una línea específica… y cuando nacieron Dalma y Briana, pensamos que ese linaje se había cortado.
—Pero no fue así —dijo Dalma.
—No —asintió él—. Fue todo lo contrario.
Pasó una página del cuaderno. Dibujos de fuego, agua, aire y tierra, conectados por líneas.
—El ataque de hoy no fue al azar —dijo—. Alguien los está probando. Midiendo. Queriendo confirmar que el poder volvió… y que evolucionó.
—¿Quién fue? —preguntó Benjamín.
El padre cerró el cuaderno.
—Alguien que cree que ustedes no deberían existir —dijo—. Alguien que piensa que el poder debe controlarse o desaparecer.
Briana apretó la mano de Dalma.
—¿Va a volver? —preguntó.
—Sí —respondió él, sin dudar—. Y no va a detenerse.
Se inclinó hacia ellos.
—Por eso, desde hoy, no pueden seguir fingiendo que esto no pasa. Voy a ayudarlos a entender lo que son… y a protegerse.
Thiago sintió un nudo en la garganta.
—¿Y yo? —volvió a preguntar.
El padre lo miró con una intensidad nueva.
—Vos —dijo— sos la incógnita que él no esperaba.
Y en algún lugar fuera del tiempo, una voz oscura sonrió.