El patio estaba despejado.
El padre de Benjamín y Dalma había retirado las macetas, corrido los muebles y marcado el suelo con tiza blanca. Cuatro círculos simples. Nada místico. Nada espectacular.
—Antes de que pregunten —dijo—: no, esto no es un ritual.
Benjamín soltó una risa nerviosa. Dalma permaneció seria. Briana miraba el suelo como si fuera un juego nuevo. Thiago observaba desde atrás, con los brazos cruzados.
—Esto —continuó el hombre— es entrenamiento. Y lo primero que necesitan entender es que el poder sin control no sirve. Es peligroso. Para ustedes y para cualquiera que esté cerca.
Se paró en el centro.
—Regla uno —dijo—: nunca usen sus habilidades por enojo.
Benjamín bajó la mirada.
—Regla dos: nunca actúen solos. El poder elemental no está pensado para individuos. Siempre fue un trabajo en equipo.
Dalma asintió lentamente.
—Regla tres —agregó—: si no pueden controlar lo que sienten, se detienen. Sin excepciones.
Briana levantó la mano.
—¿Y si alguien está en peligro?
El hombre la miró con atención.
—Entonces se protegen entre ustedes. No se hacen los héroes.
Thiago apretó los dientes.
—¿Y yo? —preguntó—. ¿Cuál es mi regla?
El silencio fue breve, pero denso.
—La misma que los demás —respondió el hombre—. Escuchar. Observar. No forzar nada.
Thiago no quedó conforme, pero no respondió.
El hombre respiró hondo antes de continuar.
—Ahora… necesito que entiendan de dónde viene todo esto.
Se sentó en el borde del patio. Los chicos hicieron lo mismo.
—Hace más de veinte años —dijo—, existió un grupo como el que ustedes están formando ahora. No éramos niños. Éramos adolescentes con demasiada confianza y muy pocas reglas.
Miró a Benjamín.
—Yo manejaba el fuego.
Benjamín abrió los ojos.
—Gabriel —continuó—, el padre de Briana… controlaba el aire.
Briana sonrió sin entender del todo el peso de esas palabras.
—Eloy —dijo—, que hoy vive en Rosario, tenía afinidad con el agua. Se fue de la ciudad para hacer su vida lejos de todo esto.
Dalma sintió un escalofrío.
—Y Gerardo —agregó—, el menor de nosotros… dominaba la tierra.
Thiago levantó la cabeza.
—¿Gerardo sigue acá?
—Sí —respondió—. Y voy a necesitar hablar con él. Pronto.
El hombre se puso de pie.
—Nuestro error fue creer que el linaje se terminaba con nosotros. Cuando nacieron Dalma y Briana, pensamos que el poder se apagaría solo.
—Pero no pasó —dijo Dalma.
—No —asintió—. Evolucionó. Y alguien ahí afuera lo sabe.
El viento se levantó apenas. Briana lo sintió antes que nadie.
—¿Vamos a entrenar de verdad? —preguntó.
—Sí —respondió el hombre—. Pero despacio.
Señaló los círculos.
—Benjamín, Dalma. Solo intenten sentir el elemento. Nada más. Sin manifestarlo.
Ambos cerraron los ojos.
El aire alrededor de Benjamín se volvió tibio. Dalma sintió humedad en la piel, como rocío invisible.
—Basta —dijo él enseguida—. Eso alcanza por hoy.
Los dos abrieron los ojos, sorprendidos.
—¿Eso fue todo?
—Por ahora —respondió—. El control empieza sabiendo cuándo parar.
Briana miraba fascinada.
Thiago, en cambio, sentía el pecho apretado.
—¿Y yo? —preguntó otra vez—. ¿Qué hago mientras tanto?
El hombre lo miró con seriedad, pero sin dureza.
—Vos —dijo— vas a aprender algo que ninguno de nosotros aprendió a tiempo: a sostener al grupo.
Thiago frunció el ceño.
—Eso no es un poder.
—No —admitió—. Pero puede ser lo que los salve.
Thiago no respondió. Miró sus manos otra vez. Vacías.
Y, sin que nadie lo notara, el suelo bajo sus pies vibró apenas…
tan leve que podría haber sido imaginación.