La casa de Gerardo quedaba en el límite del barrio, donde las veredas se volvían irregulares y la tierra empezaba a ganar terreno al cemento. Esteban no venía ahí desde hacía años, pero no dudó ni un segundo al doblar la esquina.
—¿Él sabe lo de nosotros? —preguntó Benjamín en voz baja.
—Sabe más de lo que creen —respondió Esteban—. Pero eligió callar.
Gerardo vivía solo. Eso ya decía bastante.
La casa era baja, sencilla, con un pequeño jardín descuidado al frente. La puerta estaba entreabierta, como si nunca terminara de cerrarse del todo.
Esteban golpeó una vez.
No hizo falta repetir.
—Tardaste —dijo una voz grave desde adentro.
Gerardo apareció en el umbral. Más bajo que Esteban, más ancho de hombros, con las manos grandes y curtidas como si la tierra nunca lo hubiera soltado. El cabello empezaba a encanecerle en las sienes, pero los ojos seguían siendo los mismos: atentos, firmes.
Miró a los chicos uno por uno.
—Así que… despertaron —dijo.
Dalma sintió un escalofrío.
—¿Cómo lo supo? —preguntó Briana, sin rodeos.
Gerardo sonrió apenas.
—Porque la tierra se movió —respondió—. Y no por un temblor.
Los dejó pasar.
El interior de la casa era oscuro y fresco. Había estanterías con libros viejos, herramientas apoyadas contra la pared, y mapas dibujados a mano. Nada moderno. Nada casual.
—Nos atacaron —dijo Esteban apenas se sentaron—. No fue directo. Fueron emisarios.
Gerardo asintió lentamente.
—Entonces volvió.
—Sí.
El silencio entre ambos estaba cargado de cosas no dichas.
—El símbolo apareció —agregó Esteban—. El círculo quebrado.
Gerardo cerró los ojos un instante.
—Te dije que no estaba muerto —murmuró—. Solo estaba esperando.
Thiago observaba todo desde un rincón. Sentía que no pertenecía, pero no podía dejar de escuchar. Cada palabra parecía empujar algo dentro suyo.
—Ellos son la nueva herencia —continuó Esteban—. Benjamín, Dalma… y Briana.
Gerardo se levantó y caminó despacio alrededor de los chicos. Se detuvo frente a Briana.
—Aire —dijo—. Fluido… pero firme cuando hace falta.
Luego frente a Dalma.
—Agua —murmuró—. Adaptable. Peligrosa si se la encierra.
Finalmente miró a Benjamín.
—Fuego —dijo—. El más fácil de perder el control.
Benjamín tragó saliva.
Gerardo dio un paso atrás.
—Y vos —dijo, clavando la mirada en Thiago—… sos interesante.
Thiago sintió que el pecho le latía con fuerza.
—Él no despertó —aclaró Esteban—. Todavía.
—O quizá lo hizo de otra forma —respondió Gerardo—. La tierra no siempre se mueve cuando uno la mira.
Esteban frunció el ceño.
—Necesito tu ayuda —dijo—. Esto ya no es como antes.
Gerardo lo miró largo rato.
—Antes improvisábamos —respondió—. Creíamos que el linaje nos pertenecía. Que lo entendíamos.
Caminó hasta una pared y apoyó la mano contra ella.
El suelo vibró apenas. Un temblor suave, controlado, que recorrió la casa como un suspiro profundo.
—Ahora el poder eligió distinto —continuó—. Y eso lo enfurece.
—¿Vendrá por ellos? —preguntó Dalma.
—No —respondió Gerardo—. Vendrá por el grupo.
Miró a Esteban.
—Si los vas a entrenar, no alcanza con reglas. Necesitan entender por qué existen.
Esteban asintió.
—Por eso vine.
Gerardo suspiró.
—Entonces será mejor que llames también a Eloy —dijo—. Aunque esté en Rosario.
—No va a querer volver.
—Nunca queremos —respondió Gerardo—. Hasta que no queda otra.
Thiago apretó los puños.
Algo en esa casa… en ese hombre… le hacía sentir que su lugar todavía no estaba definido.
Pero por primera vez, no se sintió invisible.
Y muy lejos de ahí, algo sintió el pulso de la tierra responder.
Akróvan sabía que ya no estaba solo contra recuerdos.
El legado había despertado por completo.