Elementales: el despertar

Capítulo 11 La llamada que nadie quería hacer

La noche había caído cuando Esteban se quedó solo en la cocina.
Los chicos dormían —o fingían hacerlo— y Gerardo había salido al patio, como si necesitara sentir la tierra bajo los pies. Esteban miró el teléfono sobre la mesa durante largos segundos antes de tomarlo.
Había números que uno aprende a no marcar.
Ese era uno de ellos.
Marcó.
La llamada tardó en conectar. Una. Dos veces. Cuando estuvo a punto de cortar, alguien respondió.
—¿Quién es? —dijo una voz cansada.
—Soy yo —respondió Esteban—. Necesito hablar con vos.
Del otro lado, silencio.
—Pensé que no ibas a volver a llamar nunca —dijo finalmente Eloy.
El ruido de la ciudad se filtraba por el auricular: colectivos, bocinas, pasos apurados. Rosario seguía viva, indiferente al pasado.
—No lo haría si no fuera necesario —dijo Esteban—. Pasó algo.
—Siempre pasa algo cuando llamás —respondió Eloy, sin dureza, pero con cansancio.
Esteban cerró los ojos.
—Despertaron.
El silencio volvió, más pesado.
—¿Quiénes? —preguntó Eloy, aunque ya lo sabía.
—Mis hijos. Y Briana.
Un suspiro largo.
—Entonces… no se cortó —murmuró Eloy—. Nos equivocamos.
—Sí.
—¿Y él? —preguntó Eloy—. ¿Apareció?
—Dejó su marca.
Eloy no respondió enseguida. El ruido de la calle se apagó un poco, como si se hubiera movido a un lugar más tranquilo.
—Te dije que no iba a desaparecer —dijo—. Nunca lo hace.
—Nos atacó indirectamente.
—Está midiendo —respondió Eloy—. Como siempre.
Esteban apretó el teléfono.
—Necesito que vuelvas.
Una risa seca.
—No —dijo Eloy—. Yo ya hice mi parte.
—Eloy…
—Tengo una vida acá —continuó—. Trabajo. Gente que no sabe nada de esto. No pienso meterlos en algo que ya me quitó suficiente.
—No son nosotros —dijo Esteban—. Son mejores.
Del otro lado, Eloy guardó silencio.
—También dijimos eso de nosotros —respondió al fin—. Y mirá cómo terminó.
Esteban miró hacia el pasillo, donde dormían los chicos.
—Esta vez no vamos a repetir los mismos errores —dijo—. Pero solos no podemos.
El ruido de un colectivo pasando muy cerca llenó el auricular.
—Si vuelvo —dijo Eloy lentamente—, no va a ser para jugar a los héroes.
—Nunca lo fue.
—Voy a pensar —dijo Eloy—. No prometo nada.
—Eso alcanza.
Antes de cortar, Eloy agregó:
—Esteban… si él está moviéndose, el chico va a ser clave.
—¿Thiago?
—Sí —respondió—. Cuídalo. Más que a los demás.
La llamada se cortó.
Esteban dejó el teléfono sobre la mesa y se quedó mirando la pantalla apagada.
Desde la ventana, una ráfaga de viento golpeó suave el vidrio.
Muy lejos, en Rosario, Eloy se quedó parado en una esquina, mirando el río oscuro. El agua se movía con una calma engañosa.
—Veinte años —murmuró—. Y todavía no terminó.
Apretó los puños.
El pasado estaba llamando de vuelta.
Y esta vez, no iba a poder ignorarlo.




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