Elementales: el despertar

Capítulo 12 La tierra como punto de partida

El patio de la casa de Gerardo era amplio, irregular, con sectores de pasto seco y otros de tierra desnuda. No era un lugar bonito, pero sí firme. Sólido.
—Acá —dijo Gerardo— no se juega.
Los cuatro chicos se miraron entre sí. Benjamín estaba inquieto; Dalma, concentrada; Briana observaba todo con curiosidad contenida. Thiago se había quedado un paso atrás, como si el suelo no le perteneciera del todo.
Gerardo caminó despacio frente a ellos.
—El error más grande que cometimos nosotros —dijo— fue creer que el poder era una extensión de la emoción. No lo es. La emoción lo desata, pero después… lo controla la cabeza.
Se agachó y tomó un puñado de tierra.
—Cada elemento responde a algo distinto. La tierra no se apura. No duda. No explota. Resiste.
Apretó el puño y la tierra cayó entre sus dedos.
—Hoy no van a pelear. Hoy van a sentir.
Esteban observaba desde el costado, serio. No interrumpía.
—Benjamín —dijo Gerardo—. Fuego.
El chico tragó saliva.
—No quiero que lo saques —continuó—. Quiero que lo reconozcas.
Benjamín cerró los ojos. Sintió el calor en el pecho, ese latido distinto que aparecía cuando se enojaba o se asustaba. Abrió los ojos.
—Está… ahí —dijo—. Como si quisiera salir.
—Bien —respondió Gerardo—. Ahora no lo dejes.
Dalma fue la siguiente. El agua para ella era distinta: una sensación fría en la espalda, como una corriente que no se veía.
—El agua no pelea —dijo Gerardo—. Se adapta. Aprende eso antes que cualquier otra cosa.
Briana levantó la mano.
—¿Y el aire?
Gerardo la miró con una leve sonrisa.
—El aire observa. Cuando lo entendés… ya es tarde para el enemigo.
Thiago no había dicho nada.
—Vos también te quedás —le dijo Gerardo—. Aunque no despiertes nada.
Thiago apretó los dientes.
—¿Y si no despierto nunca? —preguntó.
El silencio fue incómodo.
—Entonces —dijo Gerardo— vas a ser el que mantenga los pies de todos en la tierra. Y eso, pibe, es más importante de lo que creés.
Thiago no respondió, pero algo en su pecho se aflojó… apenas.
El entrenamiento continuó con ejercicios simples: respiración, concentración, control del cuerpo. Nada espectacular. Nada heroico.
Cuando el sol empezaba a caer, Gerardo levantó la mano.
—Por hoy alcanza.
Benjamín estaba frustrado.
—¿Eso es todo?
—Eso es el comienzo —respondió Gerardo—. Si sobreviven a esto, sobreviven a lo otro.
Estaban juntando sus cosas cuando una voz desconocida rompió el aire.
—Che… llegué tarde o ya se transformaron en elfos?
Todos se dieron vuelta al mismo tiempo.
Un hombre alto, de campera gastada y mochila al hombro estaba apoyado en la reja, como si siempre hubiera estado ahí. Su mirada era cansada, pero filosa.
Esteban abrió los ojos de par en par.
—Eloy…
El hombre sonrió apenas.
—Hola, hermano —dijo—. Veo que el pasado volvió a hacer de las suyas.
Los chicos no entendían nada.
Eloy los miró uno por uno… y se detuvo en Thiago un segundo más.
—Bueno —dijo—. Supongo que llegó el momento de hacer las cosas bien.
El viento se levantó suave en el patio.
Y por primera vez, los cuatro sintieron que el entrenamiento acababa de empezar de verdad.




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