No había testigos innecesarios.
Solo el patio de Gerardo, la noche cerrada y ellos cinco: Esteban, Eloy, Gerardo y los cuatro chicos. Nada más. Nadie que pudiera intervenir si algo salía mal.
—No fuercen nada —repitió Eloy—. El miedo no despierta el poder. Lo rompe.
Benjamín respiraba rápido. El fuego le latía en el pecho como una jaula demasiado chica. Dalma mantenía los ojos cerrados, contando el ritmo de su respiración. Briana observaba cada movimiento, tratando de memorizarlo todo.
Thiago se quedó atrás, con los brazos cruzados.
—Empezamos —dijo Gerardo.
Benjamín fue el primero.
Cerró los ojos y dejó que el fuego subiera. El calor lo envolvió de golpe, demasiado fuerte, demasiado rápido. Las llamas brotaron sin forma, desordenadas, lamiéndole los brazos y la espalda.
—¡Pará! —ordenó Gerardo.
Pero el fuego no escuchó.
Por un segundo, algo intentó cambiar en el cuerpo de Benjamín: la piel tensándose, los huesos ardiendo desde adentro. El proceso se quebró antes de completarse.
Benjamín cayó de rodillas, jadeando, con marcas rojizas en la piel y los ojos encendidos de un brillo peligroso.
—Eso fue un intento de transformación incompleta —dijo Eloy, serio—. Si seguía, se quemaba desde adentro.
Dalma avanzó sin decir nada.
El aire se llenó de humedad al instante. El agua respondió con violencia, rodeándola como un remolino irregular. Su cuerpo perdió consistencia por un segundo, como si se volviera translúcido.
Dalma gritó.
El agua se desplomó contra el suelo y ella cayó, temblando, empapada y pálida.
—Hipotermia leve —dijo Gerardo—. Está de vuelta.
Briana apretó los labios.
—Yo quiero intentar.
—Con cuidado —dijo Eloy.
El viento giró a su alrededor, levantando hojas y polvo. Sus ojos se aclararon, casi plateados. Durante un instante, el aire pareció obedecerle.
Luego perdió estabilidad.
Una ráfaga la empujó hacia atrás. Esteban la sostuvo antes de que golpeara el suelo.
—Todavía no —dijo Eloy—. Sos muy chica. El cuerpo no aguanta.
Tres intentos.
Tres fracasos.
El silencio cayó pesado.
Thiago sintió todas las miradas sobre él.
—No sirve —dijo—. Ya saben que no va a pasar nada.
—Intentá —dijo Esteban, sin presión.
Thiago avanzó con bronca.
Cerró los ojos. Buscó algo adentro. Lo que fuera.
Pensó en las historietas, en los héroes, en los entrenamientos que había imaginado mil veces. Pensó en Benjamín envuelto en fuego, en Dalma dominando el agua, en Briana flotando con el viento.
Pensó en él mismo.
Nada.
No calor. No vibración. No respuesta.
Abrió los ojos, desesperado.
—Dale… —susurró—. Por favor.
El suelo no se movió.
El aire no reaccionó.
Thiago cayó de rodillas.
—¡Nada! —gritó—. ¡No hay nada!
El silencio fue insoportable.
—Basta —dijo Eloy con firmeza.
Thiago se puso de pie de golpe.
—¿Ven? —escupió—. Ustedes nacieron con esto. Yo no.
Nadie respondió.
—Sigan entrenando —dijo—. Yo no sirvo.
Se dio vuelta y caminó hacia la salida del patio sin mirar atrás.
—Déjenlo —dijo Gerardo—. Necesita caer solo.
Eloy observó la oscuridad por donde Thiago había desaparecido.
—El peligro no es que no tenga poder —dijo en voz baja—. El peligro es que alguien le haga creer que lo necesita.
Esteban apretó los puños.
Benjamín sentía todavía el fuego desordenado bajo la piel. Dalma no dejaba de temblar. Briana miraba el suelo, confundida.
Y en algún lugar, lejos de ahí, algo había sentido la grieta abrirse.