Elementales: el despertar

Capítulo 15 Las marcas que no se apagan

El dolor no apareció de inmediato.
Fue al amanecer, cuando Benjamín intentó levantarse de la cama y el mundo se le volvió rojo. Un calor seco le recorrió el brazo izquierdo, desde el hombro hasta la mano, como si las venas ardieran por dentro.
—¡Ah…! —gruñó, apretando los dientes.
La piel no estaba quemada. No había ampollas ni cicatrices visibles. Pero debajo… algo no estaba bien.
En el baño, al abrir la canilla, el vapor se elevó de golpe. El agua comenzó a hervir levemente sin razón.
Benjamín cerró la llave de inmediato, asustado.
—No… no ahora…
En la habitación de al lado, Dalma se sentó en la cama con un escalofrío violento. Tenía las manos heladas. El piso alrededor de sus pies estaba húmedo, como si el aire sudara.
Se envolvió en una manta, pero el frío no cedía.
Cada respiración parecía arrastrar agua a los pulmones.
—Esto no es normal… —susurró.
Briana estaba peor de lo que parecía.
Mientras desayunaba, una brisa constante giraba alrededor de su cabeza, moviendo el cabello, haciendo vibrar los vidrios. No importaba cuán quieta se quedara: el aire no la soltaba.
—¡Pará! —dijo, tapándose los oídos.
El viento obedeció… a medias.
Esteban observaba todo sin decir una palabra.
—Son residuos —explicó Eloy más tarde, cuando los reunió—. El cuerpo intentó transformarse y no pudo cerrar el proceso.
—¿Eso se va a ir? —preguntó Dalma.
Eloy no respondió enseguida.
—Algunas cosas sí —dijo—. Otras… no.
Gerardo se acercó a Benjamín y le sostuvo el brazo con cuidado.
—El fuego quedó desalineado —dijo—. Por ahora, va a responder incluso cuando no lo llames.
Benjamín apretó el puño y una chispa escapó entre sus dedos.
—Genial —murmuró.
Dalma tragó saliva.
—¿Y yo?
—El agua te reconoce como canal —respondió Gerardo—. El problema es que todavía no sabés cerrar la compuerta.
Briana levantó la mano, nerviosa.
—¿Y si no puedo apagarlo nunca?
Eloy la miró fijo.
—Por eso entrenamos —dijo—. Para que el poder no los consuma.
El silencio se volvió espeso cuando alguien preguntó lo que nadie quería decir en voz alta.
—¿Y Thiago?
Nadie lo había visto desde la noche anterior.
—No responde el teléfono —dijo Esteban.
Eloy frunció el ceño.
—Eso sí es un problema.
En una calle alejada del barrio, Thiago caminaba con las manos en los bolsillos, sin rumbo. Cada paso le pesaba como si el suelo lo rechazara.
Se detuvo frente a una vidriera de cómics. Observó las portadas: héroes, trajes, transformaciones gloriosas.
—Mentira —murmuró.
Apoyó la mano contra el vidrio.
Por un segundo, sintió algo.
No calor. No viento. No agua.
Una presión profunda, antigua, que lo empujaba desde abajo.
Thiago retiró la mano de golpe, asustado.
Miró el suelo.
—No… —susurró—. Yo no.
Pero algo, muy lejos, había respondido.
Y no pertenecía a ningún elemento.




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