El lugar olía a humedad, óxido y algo más espeso.
Thiago dudó antes de tocar la puerta del galpón. La dirección había costado semanas de preguntas incómodas y silencios largos. Cuando finalmente la consiguió, supo que no iba a encontrar lo que buscaba… pero igual vino.
Golpeó.
La puerta se abrió apenas lo suficiente como para mostrar un rostro consumido, ojos hundidos, mandíbula tensa.
—¿Qué querés? —gruñó el hombre.
Thiago lo miró fijo.
—Sos mi viejo.
El hombre soltó una carcajada seca.
—¿Eso te dijeron?
La puerta se abrió del todo. El interior era un desastre: colchones en el piso, botellas, bolsas, gente que ni levantó la mirada.
—No tendrías que haber venido —dijo el hombre, dándose vuelta—. Acá no hay nada para vos.
Thiago avanzó igual.
—Necesito respuestas.
El hombre se detuvo y lo miró por encima del hombro.
—Yo no tengo hijos —dijo—. Y vos no sos nada mío.
Las palabras le pegaron más fuerte que cualquier golpe.
—Yo… —empezó Thiago—. Algo me pasa. Algo raro. Pensé que—
—¿Qué? —se burló el hombre—. ¿Que eras especial?
Un par de tipos se acercaron, sonriendo.
—¿Te sigue molestando este pibe? —preguntó uno.
El hombre suspiró, fastidiado.
—Saquen esto de acá —dijo—. Y que no vuelva.
Thiago retrocedió un paso.
—Esperá… —dijo—. No vine a—
El primer golpe lo tiró al piso.
El segundo le sacó el aire.
Intentó levantarse, cubrirse, defenderse… pero no tenía nada. Ningún poder. Ninguna respuesta. Solo dolor.
—Pará… —tosió—. Por favor…
Uno de los hombres levantó el brazo para el golpe final.
El impacto nunca llegó.
Un sonido seco cortó el aire.
Una fuerza invisible detuvo el puño a centímetros de la cara de Thiago.
—Ya basta.
La voz fue firme. Innegociable.
Gabriel estaba ahí.
Se interpuso entre Thiago y los hombres como si el peligro no existiera. Sus ojos brillaban con una luz contenida, antigua.
—Retírense —dijo.
Uno de los tipos rió nervioso.
—¿Y vos quién sos?
Gabriel levantó la mano.
El aire del galpón se tensó. Las paredes vibraron. Una presión brutal cayó sobre todos menos sobre Thiago.
En segundos, los hombres estaban en el suelo, inmovilizados, gimiendo.
El padre biológico retrocedió, aterrorizado.
—¿Qué… qué sos?
Gabriel no lo miró.
Se agachó junto a Thiago.
—¿Estás bien?
Thiago apenas podía respirar.
—Yo… no tengo nada —murmuró—. No soy como ellos.
Gabriel lo sostuvo con cuidado.
—No digas eso nunca más.
En ese momento, se escucharon pasos apresurados.
—¡Thiago!
Benjamín fue el primero en entrar. Luego Dalma, Briana, Esteban y Eloy.
La escena los congeló.
—Llegamos tarde —dijo Dalma, con la voz rota.
—No —respondió Gabriel—. Llegaron justo.
Thiago cerró los ojos, agotado.
Por primera vez entendió algo con claridad dolorosa:
No todas las raíces sostienen.
Algunas solo empujan hacia abajo.
Y mientras el grupo se reunía a su alrededor, algo en la oscuridad se removió, atento.
Porque Akróvan había visto todo.
Y ahora sabía exactamente dónde tocar.