El camino de regreso a la casa de Gerardo estuvo en silencio. Ninguno de los chicos quería hablar demasiado, como si cada palabra fuera demasiado frágil para sostenerla en el aire.
Thiago caminaba entre ellos, pero no del todo con ellos. Sus hombros estaban tensos, los puños apretados y la mirada fija en el suelo. Cada paso parecía pesado, cargado de rabia, miedo y una mezcla extraña de alivio.
—Thiago… —empezó Dalma con suavidad—. Estoy contenta de que estés bien.
Él no respondió. Simplemente respiró hondo y siguió caminando.
Benjamín lo observaba desde un lado, el fuego latente bajo la piel, como un recordatorio de que cada uno llevaba algo dentro. Quiso decir algo, aconsejar, pero nada parecía suficiente.
—No fue tu culpa —intervino Eloy, rompiendo el silencio—. Nadie puede juzgar lo que pasó allá adentro.
Thiago levantó la cabeza por un instante, pero sus ojos seguían llenos de rabia contenida.
—¡Mi culpa! —gritó de repente—. Todo es culpa mía. No tengo poderes. Nunca voy a ser como ustedes.
El grupo se detuvo. Incluso Briana, con su aire inquieto, pareció encogerse un poco ante la intensidad del momento.
—Eso no es verdad —dijo Esteban—. ¡Mirá lo que hiciste! Te enfrentaste a algo que yo ni siquiera habría podido imaginar, aunque no tengas un poder… y lo soportaste. Eso ya es heroico.
Thiago lo miró, pero no dijo nada. Sus manos seguían temblando, no de miedo, sino de frustración.
Gabriel caminó junto a él, en silencio al principio. Luego colocó una mano firme sobre su hombro.
—Thiago —dijo con voz baja—, lo que pasó allá no define quién sos. Ni tu padre ni nadie puede darte eso. Lo que sos se construye con lo que elegís hacer ahora.
Thiago cerró los ojos, dejando escapar un hilo de aire. Quiso gritar, llorar, golpear algo… pero nada salió. Solo un peso enorme se le cayó encima y se quedó quieto, respirando.
—No sé si puedo… —murmuró finalmente.
—No tenés que hacerlo solo —dijo Gabriel—. Y no estás solo, aunque sientas que sí.
Briana lo miró con decisión. Su aire se calmó a su alrededor, casi como si tratara de envolverlo con su presencia.
—Vos sos parte de esto —dijo—. Y aunque no tengas poderes como nosotros, eso no te hace menos importante.
Thiago bajó la cabeza, intentando procesarlo. Algo en su interior se removió. La rabia seguía ahí, la frustración también, pero empezaba a mezclarse con algo que no había sentido antes: un mínimo hilo de pertenencia.
—Tal vez… —susurró— tal vez no sea tan inútil…
Benjamín dio un paso adelante y le dio un golpe suave en el hombro.
—No lo sos. Nunca lo fuiste.
El grupo siguió caminando en silencio el resto del trayecto. Pero esta vez, aunque invisible, había un lazo nuevo entre ellos.
Aun así, la noche estaba viva y los ojos que los habían observado aquella madrugada no se habían ido. Akróvan había tomado nota de todo.
Y mientras Thiago respiraba intentando calmarse, una certeza crecía en su interior: el verdadero desafío apenas comenzaba.