Elementales: el despertar

Capítulo 23 El error imperdonable

Akróvan observaba desde la oscuridad.
No necesitaba estar cerca. Nunca lo hacía. Las superficies reflejantes, las vibraciones elementales, incluso el aire mismo le servían como ojos. Allí estaban: los herederos, entrenando, torpes pero creciendo.
—Interesante… —murmuró.
Las cuatro creaciones permanecían inmóviles detrás de él, como estatuas vivientes de lava y hielo. No hablaban. No pensaban. Solo obedecían.
Akróvan levantó una mano y la escena cambió. La visión se centró en uno solo.
Thiago.
No emitía energía. No manipulaba ningún elemento. No brillaba.
Pero ordenaba.
—Ese —dijo Akróvan, con una mueca que no era sonrisa— no estaba en los cálculos.
Recordaba bien a los antiguos Elementales. Eran poderosos… y caóticos. Cada uno confiaba demasiado en su fuerza. Por eso habían caído. Por eso había sobrevivido.
—El fuego sin control se consume —continuó—. El agua se dispersa. El aire se disipa. La tierra se quiebra.
Se inclinó hacia adelante, apoyando los codos en algo que no existía físicamente.
—Pero la mente… —susurró— la mente une.
Uno de los seres de hielo inclinó apenas la cabeza.
—¿Eliminar? —preguntó, con voz hueca.
Akróvan negó lentamente.
—No todavía. Antes… hay que quebrarlo.
La imagen mostró a Thiago corrigiendo a Benjamín. Señalando a Dalma. Dándole indicaciones a Briana.
—No busca poder —dijo Akróvan—. Busca pertenecer. Y eso… eso lo vuelve peligroso.
Se incorporó.
—Cambien el objetivo.
Las creaciones reaccionaron de inmediato.
—La próxima vez —ordenó— no ataquen al fuego. Ni al agua. Ni al aire.
Hizo una pausa.
—Ataquen al que piensa.
La habitación se llenó de un frío antinatural.
—Porque si cae él —agregó—, el grupo volverá a ser lo que siempre fue: elementos sueltos, creyéndose invencibles.
Akróvan giró lentamente, mirando hacia la nada.
—Y esta vez… no cometeré el error de subestimarlos.
En ese mismo instante, a kilómetros de distancia, Thiago sintió un escalofrío recorrerle la espalda.
No sabía por qué.
Solo supo una cosa:
alguien lo había visto.
Y por primera vez, Akróvan no sonreía por el poder que enfrentaba…
sino por el desafío que había encontrado.




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