Elementales: el despertar

Capítulo 27 Bajo tierra

El acceso al complejo subterráneo estaba oculto detrás de una vieja estructura de hormigón, cubierta de grafitis y óxido. Nadie había entrado ahí en años. O eso creían.
—Entramos, miramos y salimos —susurró Esteban—. Nada de confrontar.
Thiago asintió.
—Si Akróvan nos detecta, no pelea. Nos prueba.
Bajaron por una escalera metálica que crujía con cada paso. El aire era frío, húmedo, cargado de una energía que no pertenecía a ningún elemento conocido.
Briana tragó saliva.
—El viento… no responde bien acá abajo.
—Eso es una señal —murmuró Eloy—. Está bloqueando los flujos naturales.
Avanzaron con cuidado, iluminándose apenas. El lugar era enorme: túneles ramificados, viejas salas técnicas, cables colgando como venas secas.
Thiago se detuvo de golpe.
—Esperen.
Se agachó y señaló el suelo.
—Huellas. Recientes. Y no humanas.
No terminaron de reaccionar cuando el pasillo se cerró detrás de ellos con un estruendo metálico. El suelo vibró.
—Emboscada —dijo Gerardo.
De las paredes emergieron figuras deformes: no eran las de lava e hielo. Eran híbridas, incompletas, como prototipos fallidos. Algunas chisporroteaban, otras congelaban el aire a su alrededor.
La voz de Akróvan resonó desde todas partes.
—Aprenden rápido.
Benjamín encendió fuego, pero Thiago levantó el brazo.
—¡No todavía! ¡Esto es lo que quiere!
—Exacto —respondió la voz, divertida—. Que reaccionen.
Las criaturas atacaron al mismo tiempo.
—Formación cerrada —ordenó Thiago—. Dalma, contención. Briana, empuje lateral. Benjamín, solo para abrir paso.
Funcionó… apenas.
Cada paso costaba energía. Las criaturas no caían: se recomponían, adaptándose.
—No busca matarnos —dijo Dalma, jadeando—. Nos está encerrando.
—Nos está midiendo —corrigió Thiago—. Quiere ver cuánto resistimos.
El suelo empezó a fracturarse. Una barrera de hielo bloqueó la salida alternativa.
—Estamos perdiendo tiempo —gruñó Benjamín.
Thiago cerró los ojos un segundo.
—Cambio de plan.
Todos lo miraron.
—No vamos a escapar —dijo—. Vamos a hacerle creer que ganó.
—¿Qué? —exclamó Briana.
—Confíen.
Thiago corrió hacia una consola antigua cubierta de polvo.
—Benjamín, fuego mínimo. Dalma, evaporá el agua del suelo. Briana, empujá el aire hacia ese conducto.
El efecto fue inmediato: vapor denso llenó el túnel, ocultándolo todo.
—¡Ahora! —gritó Thiago—. Retrocedan tres pasos y silencio total.
Las criaturas avanzaron a ciegas… y cayeron en un pozo que nadie había notado, oculto bajo el vapor.
Silencio.
La voz de Akróvan volvió, esta vez sin burla.
—Astuto.
Una presencia se retiró, como una marea que baja.
—Hoy no —dijo—. Pero aprendí lo que necesitaba.
Las salidas se reabrieron.
El grupo no perdió tiempo. Salieron a la superficie, respirando aire limpio como si fuera la primera vez.
A lo lejos, en la oscuridad subterránea, Akróvan observaba datos, patrones, reacciones.
—Confirmado —susurró—. El estratega es real.
Y eso…
cambiaba todo.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.