Akróvan se detuvo.
No fue un gesto teatral.
Fue instinto.
El pulso del complejo subterráneo se alteró de golpe, como si las paredes hubieran respirado mal. Los monitores, los conductos de energía, los sellos grabados en los anillos de contención… todo vibró al mismo tiempo.
—No… —susurró.
Cerró los ojos.
Y entonces lo sintió.
No uno.
Tres despertares simultáneos.
El aire se volvió denso a su alrededor, como si algo invisible lo presionara desde todas las direcciones. La energía no era salvaje, ni imperfecta como en otros sujetos. Era clara. Alineada. Evolucionada.
—Imposible… —murmuró con los dientes apretados—. Todavía no.
Las proyecciones a su alrededor se activaron solas, mostrando lecturas imposibles de ignorar. Los niveles elementales habían superado el umbral previsto. No estaban reaccionando… estaban ascendiendo.
Akróvan golpeó la mesa con violencia.
El metal se dobló como si fuera arcilla.
—¡LOS ESTÁN DESPERTANDO! —rugió.
Las sombras del recinto se agitaron. Las entidades ligadas a su energía se contrajeron, inquietas.
—No debían llegar a ese punto juntos… —dijo, respirando con dificultad—. No aún.
Caminó en círculos, rápido, furioso. Su mente, siempre precisa, estaba desbordada por una emoción que no toleraba: pérdida de control.
—Si creen que pueden crecer… —murmuró—. Entonces aprenderán el precio.
Se detuvo frente al panel central.
Y activó el protocolo final.
En la superficie, la ciudad comenzó a cambiar.
Primero fue el cielo.
Las nubes se arremolinaron con violencia, oscureciéndose en segundos. Un zumbido profundo recorrió las calles, haciendo vibrar ventanas, faroles, estructuras enteras.
Las personas levantaron la vista, confundidas.
—¿Escuchaste eso?
—¿Qué está pasando?
El suelo tembló.
Desde distintos puntos de la ciudad, columnas de energía oscura emergieron como heridas abiertas. El pavimento se resquebrajó, los edificios más antiguos crujieron bajo una presión invisible.
Criaturas comenzaron a manifestarse.
No todas tenían forma definida. Algunas parecían sombras sólidas, otras construcciones imperfectas de carne y energía, arrancadas de un diseño incompleto.
Gritos.
Sirenas.
Caos.
—Esto es solo el principio —dijo Akróvan desde las profundidades—. Corran. Sufran. Aprendan.
En el refugio improvisado, el impacto se sintió como una ola.
Briana abrió los ojos de golpe.
—La ciudad… —dijo—. Está en peligro.
Dalma sintió el agua a su alrededor agitarse sin que ella lo ordenara.
—No es un ataque aislado —añadió—. Es una declaración.
Benjamín apretó los puños, y el fuego respondió de inmediato, envolviendo sus brazos con una intensidad nueva.
—Quiere que salgamos —dijo—. Quiere probarnos.
Esteban los observó, serio.
—No los está probando —corrigió—. Los está desafiando.
Un estruendo sacudió el aire. A lo lejos, una explosión iluminó el cielo nocturno con un resplandor antinatural.
Briana dio un paso adelante.
El viento se arremolinó bajo sus pies.
—Entonces no le demos lo que quiere —dijo—. Démosle lo que necesita perder.
Dalma asintió, el agua elevándose a su alrededor como una marea obediente.
—La gente no tiene por qué pagar esto.
Benjamín respiró hondo.
—Si este es nuestro despertar… —dijo—. Que sea defendiendo algo real.
Los tres se miraron.
No había miedo.
Había decisión.
El aire estalló cuando Briana se elevó por completo, guiando el movimiento. Dalma avanzó envuelta en una corriente líquida que no tocaba el suelo. Benjamín caminó entre llamas que no consumían, solo iluminaban.
El grupo salió al encuentro del desastre.
Muy por encima, en las pantallas de Akróvan, las señales se movían rápido.
Demasiado rápido.
—Vengan… —susurró, con una sonrisa tensa—. Muéstrenme si son dignos de sobrevivir a mi mundo.
La ciudad ardía.
Y por primera vez desde que comenzó todo,
Akróvan no estaba seguro de ganar.