La ciudad ya no era la misma. El asfalto estaba quebrado, los edificios marcados por impactos de lava y hielo, y el cielo parecía más bajo, cargado de humo y energía oscura.
PAYRO, AKUA y AURA resistían.
No ganaban.
No dominaban.
Pero no caían.
PAYRO atacaba sin descanso, lanzando llamaradas controladas para abrirse paso entre los meta humanos. Cada explosión de fuego iluminaba su rostro marcado por el cansancio y la determinación.
AKUA giraba a su alrededor, creando barreras líquidas, amortiguando impactos, desviando ataques que ya no podía bloquear del todo. El agua le respondía… pero su cuerpo empezaba a fallar.
AURA se movía por encima de ellos, usando el viento para sostenerlos, empujarlos fuera del alcance, cubrir retiradas. Pero cada segundo el aire se volvía más denso, más difícil de controlar.
Entonces ocurrió.
Un golpe combinado.
Lava desde el frente.
Hielo desde el costado.
AKUA fue lanzada contra un auto volcado. El impacto la dejó sin aire.
AURA intentó reaccionar, pero una ráfaga ascendente la golpeó de lleno y la estrelló contra una pared.
—¡Dalma!
—¡Briana!
PAYRO gritó, pero no se detuvo.
Avanzó.
Solo.
Frente a él, una multitud de meta humanos se reorganizaba, cerrándole el paso. El calor de sus propias llamas le quemaba la piel, pero no aflojó. Respiró hondo.
—No… —murmuró—. No hoy.
Un ataque lo golpeó de lleno. Rodó por el suelo, el fuego apagándose por un segundo. El silencio fue ensordecedor.
PAYRO apoyó una mano en el suelo.
Temblaba.
Dolía todo.
Pero se levantó.
Con dificultad.
Con rabia.
Con fe.
Alzó los brazos lentamente, cruzándolos frente a su pecho. Las llamas regresaron, más intensas, más densas, girando en espiral alrededor de sus antebrazos. El fuego ya no era solo poder: era voluntad.
—Aunque pierda… —dijo entre dientes—. No me voy a rendir.
Corrió hacia ellos.
Y entonces…
BOOM.
Un muro de tierra emergió del suelo frente a él. Más de tres metros de alto, sólido, imponente, bloqueando el ataque enemigo de golpe. La vibración recorrió toda la calle.
PAYRO se detuvo en seco.
Una voz habló detrás de él.
Tranquila.
Firme.
Conocida.
—Tranquilos, chicos…
—No se olviden de lo que entrenamos.
PAYRO giró.
AKUA levantó la cabeza.
AURA, apoyada contra la pared, abrió los ojos de par en par.
Ahí estaba.
De pie entre grietas y fragmentos de asfalto elevado, con una banda azul cubriéndole los ojos, su cuerpo envuelto en una armadura natural de piedra y raíces.
—¿Thiago…? —susurró Briana.
—No —respondió él, dando un paso al frente mientras la tierra vibraba bajo sus pies—.
Mi nombre es KENJI.
El muro de tierra se expandió, rodeándolos, protegiéndolos.
Por primera vez desde que comenzó el ataque, el enemigo retrocedió.
PAYRO sonrió, exhausto, pero con los ojos brillando.
—Llegaste tarde… —dijo—. Pero justo a tiempo.
AKUA sintió el suelo estabilizarse bajo sus pies.
AURA sintió el viento volver a fluir con claridad.
El grupo estaba completo.
Y en algún lugar, muy lejos de allí, Akróvan apretó los puños.
Porque ahora sí…
la verdadera batalla acababa de comenzar.