La noche había caído sobre la ciudad.
Las calles seguían marcadas por la batalla, pero el silencio ya no era amenaza, sino descanso. Las luces de emergencia parpadeaban a lo lejos, y el viento nocturno barría el humo lentamente.
En el refugio improvisado, los cuatro descansaban.
PAYRO estaba sentado en el suelo, apoyado contra una pared, con las manos aún tibias. AKUA le sostenía una botella de agua fría sobre el cuello. AURA dormitaba cerca, envuelta en una corriente de aire suave que ella misma mantenía sin darse cuenta.
KENJI estaba apartado.
Sentado en el borde de una camilla, con la espalda recta, las manos apoyadas sobre las rodillas. La banda azul cubría sus ojos, inmóvil. No veía… pero sentía todo.
Pasos suaves se acercaron.
—¿Puedo? —preguntó Gabriel.
KENJI asintió.
Gabriel se sentó a su lado. Durante unos segundos no dijo nada. No hacía falta.
—Cuando te levantaste de esa cama… —comenzó—, pensé que había fallado como padre.
KENJI giró apenas la cabeza.
—No fallaste.
—Te dejé sufrir —continuó Gabriel—. Te vi frustrado, sintiéndote menos… y no supe cómo ayudarte.
KENJI respiró profundo. El suelo bajo ellos vibró apenas, como respondiendo a su pulso.
—Yo tampoco lo entendía —dijo—. Pensé que no tener poderes significaba no pertenecer. Que era un error en esta familia.
Gabriel bajó la mirada.
—Nunca lo fuiste.
KENJI apretó los puños.
—Cuando me dijiste que me habías elegido como hijo… —su voz tembló apenas—. No fue el poder lo que despertó. Fue eso. Saber que no tenía que demostrar nada.
Gabriel tragó saliva.
—Desde el primer día —dijo—. No eras “el hijo de otro”. Eras mío. Y lo sos.
El silencio se volvió espeso. No incómodo. Profundo.
KENJI inclinó la cabeza.
—Por eso la tierra respondió —dijo—. No por la sangre. Por la raíz.
Gabriel sonrió, con los ojos húmedos.
—Siempre fuiste el más firme… incluso cuando pensabas que eras el más débil.
KENJI se puso de pie lentamente. A pesar del cansancio, su postura era segura. La banda azul brilló levemente.
—No puedo ver —dijo—. Pero nunca estuve tan claro.
Gabriel también se levantó y apoyó una mano en su hombro.
—Entonces quedate cerca —le dijo—. No como soldado… como hijo.
KENJI asintió.
Del otro lado del refugio, PAYRO observaba en silencio. AKUA se acercó a AURA y la despertó suavemente.
—Ey… —susurró Briana—. ¿Todo bien?
PAYRO sonrió.
—Ahora sí.
Los cuatro se reunieron en el centro del lugar. No como guerreros. No como armas. Sino como lo que siempre fueron antes de todo esto.
Familia.
A lo lejos, bajo toneladas de concreto y metal, Akróvan planificaba su siguiente movimiento.
Pero por primera vez…
sabía que ya no luchaba contra poderes.
Luchaba contra algo más difícil de romper.
Un vínculo.