Elementales: el despertar

Epílogo Lo que queda cuando el fuego se apaga

La ciudad volvió a respirar.
Las calles fueron reparadas, los edificios reforzados, las grietas selladas. Para la mayoría, lo ocurrido fue una mezcla de rumores, imágenes borrosas y relatos que cambiaban según quién los contara.
Pero algunos sabían la verdad.
En un barrio tranquilo, cuatro figuras caminaban juntas rumbo a la escuela, como tantas veces antes. El trayecto era el mismo. Las risas también.
Benjamín ajustó la mochila en su hombro.
Dalma se quejó del frío de la mañana.
Briana hablaba sin parar.
Thiago caminaba con calma, sintiendo cada paso en el suelo.
Parecían chicos comunes.
Y lo eran.
Pero cuando el viento soplaba distinto, cuando el agua vibraba sin razón, cuando el fuego crepitaba en silencio o la tierra se tensaba bajo los pies… el mundo recordaba.
En lo profundo de la ciudad, Akróvan observaba desde las sombras.
—No despertaron para destruir —admitió—.
—Despertaron para proteger.
Sonrió apenas.
—Eso los hará sufrir más.
En el refugio, Gabriel cerró un viejo cuaderno. En la tapa, apenas visible, un símbolo elemental grabado a mano.
—No cometan nuestros errores —murmuró—. Sean más fuertes juntos.
A kilómetros de allí, el suelo se estremeció suavemente. No fue un ataque. Fue un aviso.
Thiago se detuvo un segundo.
—¿Lo sentiste? —preguntó Briana.
Él asintió.
—Sí —respondió—. Algo se está moviendo.
Benjamín apretó los puños. Dalma sonrió con determinación. Briana alzó la vista al cielo.
No con miedo.
Con decisión.
Porque el despertar había terminado.
Y ahora comenzaba la herencia.




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