Elena

Capítulo 2

Elena permanecía seria, sumida en sus pensamientos, mientras Francisco la observaba con atención, como quien lee un manuscrito delicado. Tras un instante de silencio, habló con voz grave y medida, cada palabra apenas un susurro que parecía acariciar la estancia:

—Elena… ¿te encuentras bien?

Ella lo miró de frente, reuniendo coraje, y exhaló un suspiro profundo:

—No sé… si mi cabeza rodará después de esto, pero ya no puedo callar más —hizo una pausa, tragando el nudo que le oprimía la garganta—. Ya no soy pura, Francisco, y comprendo… comprendo si, tras esta confesión, deseas anular nuestro matrimonio.

Las lágrimas surcaban sus mejillas en silencio, traicioneras, como un río que no espera permiso para abrirse paso.

Francisco, al verla, soltó una risa corta, apenas contenida, suave, como el roce de un terciopelo:

—¿Pero qué te resulta gracioso? —preguntó Elena, perpleja, con la voz quebrada.

—Que yo tampoco lo soy —contestó él, con suavidad, y un brillo travieso apenas perceptible en sus ojos—.

—No logro entender… ¿qué tiene de gracioso? —dijo ella, frunciendo el ceño—. ¿Acaso me tomas por tonta?

—Oh, no, en absoluto —repuso él—. Lo que ocurre es que tu expresión, la manera en que te preocupas, me pareció encantadora; y confieso que, de algún modo, me resultó curioso lo de que tu cabeza rodaría.

—Sé bien que no me sacrificarán por no ser pura —dijo Elena, entrelazando nerviosa sus manos—. Era solo una expresión… Pero mi temor no nace de mí sola: sé que mi familia sería deshonrada, y por ello me muestro tan severa, tan extrema en mis palabras.

Francisco la tomó de las manos con firmeza, y su mirada se tornó solemne, casi un juramento silencioso que se extendía más allá del tiempo:

—Comprendo, Elena, que la mujer es más juzgada que el hombre en estas cosas. Pero debés saber… ante mis ojos, hombres y mujeres se miden con la misma vara. No temas; seguiremos adelante. No os desampararé.

Elena bajó la vista unos instantes, dejando que la tensión en su pecho se suavizara apenas. Luego lo miró de nuevo, y un hilo de sonrisa, tenue y agradecida, se dibujó en sus labios. Francisco apretó suavemente sus manos, transmitiéndole seguridad, y por un momento, la incertidumbre se disolvió, dejando solo la confianza compartida entre ambos.

—Mas cuando llegue el momento de consumar nuestro matrimonio, y vuestro padre entre en la cámara… a buscar las sábanas manchadas, ¿qué haremos? —preguntó ella, con voz temblorosa, el rubor ascendiendo a sus mejillas.

—No temas —respondió él con resolución—. Hay algo de lo que puedes estar segura: no te dejaré sola. Aunque no te ame, he hecho un juramento ante Dios de cuidarte, de protegerte. Marido y mujer son una sola carne; debemos apoyarnos mutuamente.

Elena asintió, con un alivio profundo que le estremecía el pecho. Al llegar a la hacienda, la celebración brillaba con una luz propia, pero ella sentía sobre sí todas las miradas y los murmullos que removían su estómago y sus recuerdos dolorosos. Aun así, su porte se mantuvo firme, elegante en la contención. Francisco, percibiendo su tensión, la rodeó con un brazo, ofreciendo un refugio silencioso, un lugar donde todo parecía más seguro.

Cuando por fin llegó el momento de retirarse a la cámara que sería testigo de su unión, Elena sintió un nudo en el estómago; los fantasmas del pasado golpeaban su alma con insistencia. Mas se serenó, sosteniendo la compostura, manteniendo la dignidad que el momento exigía.

Al entrar a la cámara, Francisco la sorprendió con un beso lento, cargado de promesas apenas susurradas. Cada roce de sus manos, cada mirada cargada de deseo, parecía detener el tiempo. Elena se sentía suspendida, como flotando, aferrándose apenas a la seguridad que le ofrecía su abrazo.

Cuando quedaron desnudos, él la tumbó sobre la cama, pero Elena lo detuvo con delicadeza:

—Francisco… aunque ya no soy pura, te ruego… sé gentil conmigo —susurró, su rostro reflejando temor y una dulzura que partía el alma.

—Está bien —respondió él, con suavidad—. Seré gentil contigo, como si fueras la más frágil de las flores en primavera.

Sus manos y labios exploraban su cuerpo con cuidado, cada roce medido como quien teme romper un cristal. La calidez de su piel se fundía con la suya, y el aroma de su perfume, mezclado con el de la madera de la cama y el incienso tenue de la vela, la envolvía en un halo íntimo. Cada suspiro de él se colaba entre sus sentidos, y cada latido de su corazón parecía responder al suyo, como dos notas perfectas de un mismo compás.

Elena cerró los ojos y se dejó llevar por la suavidad de sus dedos sobre su cuello, sobre sus brazos, mientras el cabello se deslizaba entre sus manos. Podía sentir la respiración de Francisco acariciando su oreja, el calor de su cuerpo cercano y firme, la firmeza de su abrazo que la sostenía sin aprisionarla. Su piel se erizaba al contacto, un estremecimiento que la recorría de la nuca hasta la punta de los pies. Cada beso, cada caricia, hablaba de deseo y ternura a la vez

El sonido de sus respiraciones entrelazadas llenaba la habitación, mezclándose con el murmullo de la vela y el leve crujido de la madera bajo su peso. La luz de la llama acariciaba su piel, reflejándose en sus ojos y haciendo que cada gesto pareciera un secreto compartido solo entre ellos.

Cuando finalmente se unieron, fue con lentitud y cuidado, conscientes de cada latido, de cada estremecimiento. La pasión era un hilo invisible que los ataba, y la intimidad de aquel momento los envolvía como un refugio secreto. Elena sentía cómo su cuerpo respondía a cada roce, cómo cada susurro de él la recorría como un fuego suave, cómo cada caricia la anclaba al presente y borraba la distancia del mundo exterior.

Al concluir, permanecieron entrelazados, respirando al unísono, el pulso aún acelerado, los cuerpos tibios y pegados. Elena, exhausta y temblorosa, apenas podía controlar la respiración, mientras Francisco se mordía un dedo y dejaba caer un hilo de sangre tibia sobre las sábanas, un gesto extraño que la hizo sonreír entre la incredulidad y la ternura.




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