Elena permanecía seria, recogida en sus pensamientos, mientras Francisco la observaba con atención, como quien intenta descifrar algo que no desea quebrar.
Tras un instante de silencio, habló con voz grave, medida, apenas sostenida en el aire:
—Elena… ¿te encuentras bien?
Ella lo miró de frente, reuniendo valor, y dejó escapar un suspiro que le pesó en el pecho.
—No lo sé… quizá esto me cueste más de lo que imagino, pero ya no puedo seguir callando —hizo una pausa, como si la palabra le ardiera—. Ya no soy pura, Francisco… y entenderé si, después de esto, decides romper nuestro matrimonio.
Las lágrimas le surcaron las mejillas.
Francisco dejó escapar una risa breve, contenida, más de sorpresa que de burla.
—¿Y qué es lo que te resulta tan gracioso? —preguntó Elena, con la voz quebrada.
—No es burla —respondió él en voz baja—. Es la severidad con que te juzgas… como si ya hubieras dictado sentencia contra ti misma.
Elena frunció el ceño, aún herida en su desconcierto.
—No entiendo… ¿cómo puede parecerte ligero lo que para mí es tan grave?
—No he dicho que lo sea —replicó él, con calma medida, apenas matizada por una ironía leve—. Solo me sorprende con qué prontitud has decidido tu destino, antes de que nadie más diga palabra.
Elena entrelazó las manos, nerviosa.
—Sé que… no me condenarán por no ser pura —dijo, aunque la certeza no terminaba de afirmarse en su voz—. Pero mi temor no es solo mío: la deshonra en mi familia pesa más que yo misma… y no puedo desoírlo.
Francisco tomó sus manos con una firmeza serena, sin apresurarse, como quien resuelve algo sin anunciarlo. Su mirada se volvió más honda, más grave.
—Escúchame un momento, Elena. Yo no te prometí amor cuando acepté este matrimonio… y no voy a mentirte.
Aquellas palabras cayeron sobre Elena con la suavidad cruel de una verdad inevitable. Sintió el golpe en el pecho, breve pero hondo, aunque no dejó que nada cambiara en su expresión. Bajó apenas la mirada y permaneció en silencio.
—Pero sí puedo prometerte otra cosa —continuó él—. —Cuidaré de ti. Y mientras lleves mi apellido, nadie te faltará al respeto.
Hizo una pausa breve antes de añadir:
—En esto no hay dos varas. Ni para hombres ni para mujeres. No te adelantes al juicio del mundo… que a veces el mundo tarda en juzgar, y uno se castiga antes de tiempo.
Sus dedos apretaron apenas los de ella.
—No estás sola en esto, Elena.
Elena asintió lentamente, intentando contener el temblor de su respiración.
Al llegar a la hacienda, la celebración brillaba con una alegría propia, pero ella sentía sobre sí el peso de las miradas, los murmullos que le revolvían el estómago y despertaban recuerdos dolorosos. Aun así, sostuvo el porte, firme y contenido. Francisco, al advertir su inquietud, la rodeó con un brazo. Elena permaneció junto a él.
Cuando finalmente llegó el momento de retirarse a la habitación nupcial, aquel espacio que habría de ser testigo de su unión, Elena sintió un nudo frío en el estómago; los fantasmas del pasado insistían con fuerza, amenazando con quebrarla. Aun así, tomó aire y sostuvo la dignidad que el momento exigía.
Al cruzar el umbral, Francisco la atrajo hacia sí y la besó con lentitud. No había prisa en él, pero sí una intensidad que hasta entonces había mantenido bajo control. Elena tardó apenas un momento en responder, pero no se apartó.
Él la guio con cuidado hasta la cama, y ella no lo detuvo. La tensión que la acompañaba desde hacía horas fue cediendo poco a poco, en la medida en que la cercanía de Francisco se volvía más firme, más segura.
Elena cerró los ojos, aferrándose a ese único presente posible, mientras el resto del mundo parecía quedar lejos, fuera de aquella habitación.
El tiempo perdió contorno entre ellos, hecho de respiraciones entrecortadas y silencios que ya no pesaban.
Cuando finalmente se unieron, fue con lentitud, con cuidado. Sin prisa. Cada movimiento atento, como si ambos aprendieran el ritmo del otro.
Elena sentía cómo su cuerpo respondía, cómo cada contacto la devolvía con fuerza a lo que estaba ocurriendo.
Al terminar, quedaron juntos, respirando al mismo compás, todavía cerca.
Elena, agotada, intentaba recobrar el aliento. Francisco permaneció unos instantes en silencio. Luego, con discreción, tomó una pequeña cantidad de sangre y la dejó sobre las sábanas blancas.
—Ya está —dijo en voz baja—. Ahora nadie podrá poner en duda lo que eres dentro de mi casa.
Elena sonrió apenas, bajo la luz tenue de la vela. Cerró los ojos, respirando el aire cálido de la habitación, el perfume de Francisco mezclado con el suyo.
Y por primera vez desde el inicio de aquella noche, se sintió verdaderamente protegida.
El cuarto permaneció en silencio unos instantes más. Afuera, la música de la celebración llegaba amortiguada, distante, como si perteneciera a otro mundo.
Francisco observó a Elena recostada junto a él. Había algo en ella que seguía pareciéndole difícil de alcanzar incluso teniéndola tan cerca.
Entonces habló, con voz más baja.
—Hay algo que quisiera preguntarte.
Ella abrió apenas los ojos.
—¿Qué cosa?
Francisco dudó un instante antes de continuar.
—En los registros de la iglesia figura otro nombre además de Elena… Suplicios. ¿Por qué te llamaron así?
Elena permaneció callada unos segundos. Bajó la mirada hacia las sábanas, acomodando distraídamente un pliegue entre sus dedos.
—Porque así quiso llamarme mi madre adoptiva —respondió al fin—. Mi padre, en cambio, me llamó Elena.
Francisco guardó silencio, atento.
—Ese nombre nació del dolor —continuó ella con calma cansada—. Yo fui fruto de una historia difícil… y ella cargó durante años con heridas que nunca terminaron de cerrar. Cuando nací, decidió darme ese nombre como una forma de dejar marcado todo lo que había sufrido.