Elena

Capítulo 3

Don Adolfo entró al salón con porte solemne y, con una leve inclinación de cabeza, confirmó que el matrimonio se había consumado adecuadamente. Un murmullo de satisfacción recorrió la sala, seguido de aplausos y algunas risas contenidas. Pronto, las copas se alzaron en un brindis efusivo, celebrando con alegría el acontecimiento.

Elena sonrió con cortesía y levantó su copa junto a los demás. Sin embargo, no tardó en percibir ciertas miradas y risitas discretas entre algunas damas presentes. Flotaban comentarios disfrazados de cortesía, pequeñas burlas dichas apenas por debajo del murmullo de la fiesta.

La música llenaba el salón, las conversaciones se mezclaban con el sonido de las copas y el perfume del vino y las flores comenzaba a volverse pesado en el ambiente. Pero Elena sentía cada instante más largo que el anterior.

Francisco notó entonces que ella había quedado más callada.
La sonrisa seguía allí, correcta, educada… pero algo en su mirada parecía distante.

Se inclinó apenas hacia ella.

—¿Ocurre algo?

Elena tardó un instante en responder.

—Nada… solo extraño a mi familia.

Francisco la observó unos segundos y asintió lentamente.

—Comprendo —dijo con serenidad—. Cuando tuve que ir a estudiar a España, también extrañaba mucho a mi padre… más de lo que estaba dispuesto a admitir.

Hubo una pequeña pausa.

Luego la atrajo suavemente hacia él, rodeándola con un brazo en un gesto sobrio, protector.

—Pronto acabará todo esto —murmuró.

Elena apoyó apenas la cabeza contra él, permitiéndose aceptar el consuelo. Y, sin embargo, algo dentro de ella permanecía inquieto, silencioso, difícil de nombrar.

La celebración continuó durante horas. Algunos invitados reían con entusiasmo; otros conversaban animadamente alrededor de las mesas. Pero para Elena, el tiempo parecía avanzar más lento.

Cuando la noche comenzaba a acercarse al alba, los invitados empezaron a retirarse poco a poco. Algunos bostezaban discretamente; otros prolongaban las despedidas con lentitud, como si se resistieran a abandonar la fiesta.

Finalmente, el salón quedó casi vacío.

El cansancio de la jornada pesaba sobre ambos cuando regresaron a sus habitaciones. El silencio entre ellos no era incómodo, pero sí prudente, contenido.

Al despertar, ya entrada la siesta, Elena descubrió que don Adolfo había partido temprano hacia el campo para atender asuntos de la hacienda, mientras Francisco aún dormía profundamente a su lado.

Con sigilo, se incorporó de la cama. Se vistió con calma, tomó una taza de té y salió hacia uno de los patios interiores de la hacienda.

El aire tibio de la tarde le rozó el rostro apenas se sentó en la mecedora. Permaneció allí, contemplando el horizonte en silencio.

Vestía un traje verde profundo, de mangas amplias y delicados encajes, mientras la luz del atardecer parecía encender pequeños reflejos dorados sobre la tela. El cabello, recogido parcialmente con sencillez elegante, dejaba escapar algunos mechones que el viento movía suavemente.

Había algo en ella —quieta, distante, envuelta en aquella luz dorada— que detenía la mirada.

Cuando Francisco despertó y no la encontró a su lado, recorrió la casa buscándola hasta cruzarse con Pedro.

—Pedro, ¿has visto a la señora?

—Sí, señor. Está en el patio, tomando té.

Francisco asintió y siguió la dirección señalada.

Al verla, se detuvo un instante.

Permaneció allí unos segundos antes de acercarse.

—No era necesario que se levantara—dijo en voz baja— Podía haber descansado más.

Elena giró apenas el rostro.

—Preferí hacerlo.

Francisco asintió.

—Haré que dispongan todo para que no tengas que ocuparte de nada. Será lo más conveniente.

Ella sostuvo su mirada un breve instante.

—Como usted disponga.

Volvió la vista hacia el horizonte.

La mecedora continuó su vaivén pausado, aunque sus dedos se tensaron apenas alrededor de la taza.

Más tarde, descendieron juntos hacia el pueblo.

Las calles bullían de actividad: vendedores pregonando mercancías, niños corriendo entre los puestos y aromas de pan recién horneado mezclándose con especias y flores secas.

Caminaban sin demasiada prisa, compartiendo comentarios breves y silencios prudentes.

Fue entonces cuando Elena se detuvo ante un pequeño puesto de perfumes y aceites aromáticos. Los frascos de vidrio teñido captaron su atención de inmediato.

Tomó una pequeña muestra y la colocó con delicadeza sobre su muñeca. Luego aspiró el aroma lentamente.

Flores. Resina. Algo dulce… y algo amargo.

Sonrió apenas.

Pero al alzar la vista, descubrió que Francisco ya no estaba a su lado.

Lo buscó entre la multitud hasta encontrarlo a pocos metros.

Hablaba con una mujer.

Era hermosa, de una belleza firme y segura. Vestía un brocado rojo carmesí adornado con detalles dorados y encajes oscuros. Su postura desprendía confianza natural.

Francisco sonrió apenas al reconocerla.

Y luego la abrazó.

No fue un gesto frío ni protocolar. Fue cercano. Familiar.

Comenzaron a conversar con soltura, inclinándose uno hacia el otro entre sonrisas y recuerdos compartidos.

Elena permaneció inmóvil.

Esperó, quizá, que Francisco volviera la vista. Que notara su ausencia.

Pero él no lo hizo.

A su alrededor, el mercado continuó latiendo con normalidad.

Entonces escuchó las voces.

—Mira… ¿no es aquella la mestiza que llegó ayer en barco para contraer nupcias con el joven de Mendoza?

—Sí… una ilusa ambiciosa.

La otra mujer soltó un leve suspiro.

—Pobre mujer. Le ha tocado beber un trago amargo… ser exhibida así por su propio esposo delante de todos.

Elena sintió que el pecho se le endurecía.

Y, peor aún, sintió celos.

Un dolor silencioso y humillante que no quería reconocer.

Porque aquellas palabras de Francisco durante el viaje regresaron de golpe a su memoria.




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