El carruaje avanzaba con paso sereno, haciendo crujir la madera bajo el peso de la tarde. A ambos lados, la llanura se abría vasta y silenciosa, dorada por los últimos rayos del sol que descendía lentamente sobre los cerros. El aire tibio entraba por la ventanilla, llevando consigo olor a pasto seco y tierra caliente.
Elena viajaba erguida, las manos juntas sobre el regazo, mirando hacia el horizonte sin fijarse en nada en particular. Había en su quietud una tensión apenas contenida.
Francisco, sentado frente a ella, la observaba de reojo. No con descaro, sino con atención prudente. Durante un buen trecho no dijo palabra.
Finalmente, habló.
—Elena… —dijo, con voz baja y medida—. Si no te resulta impertinente… quisiera conocerte un poco más. Saber algo de tu vida antes de venir a estas tierras.
Ella no respondió de inmediato. Bajó los ojos y comenzó a jugar con los pliegues de su falda. La pregunta quedó suspendida entre ambos.
El carruaje siguió su marcha. El silencio volvió a instalarse entre ambos.
—No es sencillo hablar de ello —dijo al fin Elena, sin levantar la vista—. Hay cosas que una guarda en lo más hondo, no porque hayan dejado de doler, sino porque así se sobrevive.
Francisco no la interrumpió.
—Todo comenzó en mi niñez —dijo Elena, sin levantar la vista—. Crecí con la certeza de un destino ya trazado. Un afecto prometido. Un nombre que se repetía con naturalidad.
Hizo una pausa breve.
—Ese nombre era el tuyo, Francisco.
Él se incorporó apenas, sorprendido, pero no la interrumpió.
—Desde pequeña se me dijo que, llegada la edad, habríamos de unirnos —prosiguió—. Yo crecí con esa idea como otras crecen con rezos. Cuando cumplí los años convenidos, aguardé. Primero con ilusión. Luego con inquietud.
El paisaje parecía deslizarse más lento.
—Pasó el tiempo. No hubo cartas. No hubo noticias. Mi padre escribió al tuyo, temiendo alguna desgracia. La respuesta fue clara: estabas bien. Simplemente… no deseabas casarte aún.
Elena apretó los dedos entre sí.
—No hubo enojo al principio. Solo el paso del tiempo sin respuesta. Cumplí diecisiete, dieciocho, diecinueve años… y cada cumpleaños repetía lo mismo: nada cambiaba.
Francisco bajó la mirada.
—Mi abuelo, al ver que nada cambiaba, decidió que era prudente buscar otra salida. Pensaba en mi porvenir, en mi nombre, en lo que el mundo exige. Yo… —hizo una pausa breve— yo ya había aprendido a resignarme.
El carruaje avanzaba, firme, inexorable.
—Y entonces comprendí algo que ya estaba allí, aunque no lo miraba: mi piel. Mi origen. El lugar que la sociedad me concede, aunque yo no lo nombre.
Su voz se endureció apenas.
—Soy mestiza, Francisco. Y en este mundo eso pesa más que cualquier virtud. No importa cuán correcta seas, cuán obediente, cuán discreta: siempre hay un límite que no se cruza.
Guardó silencio un instante.
—Fue después de eso… cuando todo cambió.
Elena guardó silencio un instante antes de continuar.
—Acudimos mis padres, mis abuelos y yo —dijo Elena, suspirando con un dejo de nostalgia—. Ellos aguardaban que hallara un partido digno… pero aquella noche conocí a alguien que no debo recordar: Martín Anzorreguy. Me invitó a bailar y conversamos largamente. No lo vi durante dos meses, pero su recuerdo no me soltaba. Para distraer mi mente, salí con mi sirvienta Arami al puerto, a tomar café en La Virginia, mi refugio favorito. Allí lo encontré nuevamente. Fue él quien se acercó primero… y en aquel instante, ingenua, creí que yo le interesaba.
—Nos veíamos cada sábado —continuó—, tomando café durante casi dos meses. Su atención parecía sincera… y yo le creí.
—La noticia llegó en una carta: la esposa de mi tío anunciaba su muerte por tuberculosis. Mis padres y abuelos partieron hacia Granada, dejándome en la casa bajo la vigilancia de mi institutriz, Amélie Laurent. Aquella noche, Martín entró por el jardín. Yo estaba sentada en el balcón, bordando junto a Arami. Al verlo oculto tras el sauce, le hice una seña y envié a Arami a preparar café. Una vez dentro, lo llevé al estudio, con el corazón desbocado, y le pregunté:
—¿Qué haces en mi casa? ¿Cómo sabías dónde encontrarme?
—Le pregunté a Mariquita, mi prima —respondió él, en voz baja—. Te extrañé, Elena. Más de lo que debería. No he podido sacarte de mi cabeza…
(se inclinó apenas hacia mí)
—Chaque nuit je rêve de te faire l’amour au clair de lune.
Francisco, sorprendido, intervino:
—¿Qué significa eso?
—Sueño todas las noches con hacerte el amor a la luz de la luna —dijo Elena, sintiendo el calor subir a su rostro, pero sin apartar la mirada—.
—Es una forma bastante directa de decirlo —comentó Francisco, con una mezcla de curiosidad y leve reproche—. ¿Ambos hablan francés?
—Sí —respondió Elena, suavizando la mirada—. Nuestras familias eran amigas de los Dubois, y nos educaron con institutrices francesas. Por eso hablamos francés. Aquel instante… me desarmó; pensé que estaba enamorado de mí… ¡qué ilusa fui!
De pronto, Arami golpeó la puerta. Como alma que lleva el diablo, ocultó a Martín bajo el escritorio, conteniendo la respiración mientras la sirvienta entraba.
—¿Dejo aquí su café? —preguntó Arami.
—No, llévalo a mi habitación. Luego puedes retirarte —dijo Elena, con voz firme.
Martín emergió de su escondite y, al mirarla, su rostro se iluminó con una sonrisa.
—Menudo susto —dijo, sonriendo—. Elena, eres la mujer más hermosa que he visto.
Se acercó con cautela, sin apresurarse. Tomó su rostro entre las manos y la besó.
Ella no se apartó.
Sus manos se buscaron. El aire pareció volverse más denso entre ambos. No hubo palabras, solo una cercanía que terminó por imponerse.
—Él me poseyó —dijo ella, ruborizándose y agachando la cabeza—.
El silencio se extendió.
Francisco no respondió de inmediato. Su expresión cambió apenas; la mandíbula se le tensó y apartó la mirada por un instante. Había algo en aquellas palabras que le resultaba difícil de escuchar, aunque él mismo no habría sabido explicar por qué.