Elena

Capítulo 4: “De lo que fuimos y ya no seremos”

El carruaje avanzaba con paso sereno, haciendo crujir la madera bajo el peso de la tarde. A ambos lados, la llanura se abría vasta y silenciosa, dorada por los últimos rayos del sol que descendía lentamente sobre los cerros. El aire tibio entraba por la ventanilla, llevando consigo olor a pasto seco y tierra caliente.

Elena viajaba erguida, las manos juntas sobre el regazo, mirando hacia el horizonte sin fijarse en nada en particular. Había en su quietud una tensión apenas contenida, como si su cuerpo se hubiese aquietado, pero no así su espíritu.

Francisco, sentado frente a ella, la observaba de reojo. No con descaro, sino con la atención prudente de quien advierte que algo pesa y no sabe aún cómo nombrarlo. Durante un buen trecho no dijo palabra. Sabía que, a veces, el silencio es la única antesala posible de una verdad.

Finalmente, habló.

—Elena… —dijo, con voz baja y medida, como quien tantea el terreno antes de avanzar—. Si no te resulta impertinente… quisiera conocerte un poco más. Saber algo de tu vida antes de venir a estas tierras.

Ella no respondió de inmediato. Bajó los ojos y comenzó a jugar, casi sin darse cuenta, con los pliegues de su falda. El corazón le latía con fuerza, no por sorpresa, sino porque intuía que esa pregunta abría una puerta que llevaba tiempo manteniendo cerrada.

El carruaje siguió su marcha. El silencio volvió a instalarse entre ambos, pero ya no era cómodo: era expectante.

—No es sencillo hablar de ello —dijo al fin Elena, sin levantar la vista—. Hay recuerdos que una aprende a acomodar en lo más hondo, no porque hayan dejado de doler, sino porque así se sobrevive.

Francisco asintió levemente, sin apurarla.

Ella respiró hondo.

—Pero has sido correcto conmigo —continuó—. Y sería injusto de mi parte ocultarte aquello que forma parte de quien soy.

Alzó la mirada apenas, lo justo para no parecer frágil.

—Todo comenzó en mi niñez. —Su voz se volvió más firme, aunque conservaba un temblor contenido—. Crecí con la certeza de que había un destino trazado para mí. Un afecto prometido. Un nombre que se repetía con naturalidad, como si el porvenir fuese algo seguro.

Hizo una pausa breve.

—Ese nombre era el tuyo, Francisco.

Él se incorporó apenas, sorprendido, pero no la interrumpió.

—Desde pequeña se me dijo que, llegada la edad, habríamos de unirnos —prosiguió—. Yo crecí con esa idea como otras crecen con rezos: sin cuestionarla. Cuando cumplí los años convenidos, aguardé. Primero con ilusión. Luego con inquietud.

El paisaje parecía deslizarse más lento.

—Pasó el tiempo. No hubo cartas. No hubo noticias. Mi padre escribió al tuyo, temiendo alguna desgracia. La respuesta fue clara: estabas bien. Simplemente… no deseabas casarte aún.

Elena apretó los dedos entre sí.

—No puedo explicarte lo que fue eso para mí. No fue enojo. Fue algo peor: fue comprender que había esperado sola. Cumplí diecisiete, dieciocho, diecinueve años… y cada cumpleaños era un recordatorio de que la promesa se había desvanecido sin ruido.

Francisco bajó la mirada.

—Mi abuelo, al ver que nada cambiaba, decidió que era prudente buscar otra salida. Pensaba en mi porvenir, en mi nombre, en lo que el mundo exige. Yo… —esbozó una sonrisa triste— yo ya había aprendido a resignarme.

El carruaje avanzaba, firme, inexorable.

—Y entonces fue cuando comprendí algo que siempre había sabido —añadió—, pero que hasta entonces había logrado ignorar: mi piel. Mi origen. El lugar exacto que la sociedad me concede, aunque yo finja no verlo.

Su voz se endureció apenas.

—Soy mestiza, Francisco. Y en este mundo eso pesa más que cualquier virtud. No importa cuán correcta seas, cuán obediente, cuán discreta: siempre hay un límite que no se cruza.

Guardó silencio un instante antes de seguir.

—Fue después de eso… cuando ocurrió lo demás.

Y allí, recién allí, la historia estaba lista para avanzar.

—Acudimos mis padres, mis abuelos y yo —dijo Elena, suspirando con un dejo de nostalgia—. Ellos aguardaban que hallara un partido digno… pero aquella noche conocí a un ser ruin y despreciable que empañó mi ánimo y mancilló mi esperanza: Martín Mansilla. Me invitó a bailar y conversamos largamente. No lo volví a ver durante dos meses, y sin embargo su recuerdo no me abandonaba. Para distraer mi mente, salí con mi sirvienta Arami —“Cielito” en guaraní— al puerto, a tomar café en La Virginia, mi refugio favorito. Allí lo encontré nuevamente. Fue él quien se acercó primero… y en aquel instante, ingenua, creí que yo le interesaba.

—Nos veíamos cada sábado —continuó, la voz quebrada por la mezcla de emoción y amargura—, tomando café durante casi dos meses. Su atención parecía sincera… y yo me dejé seducir por ella.

Un día llegó una carta de la esposa de mi tío, recién fallecido por tuberculosis. Mis padres y abuelos partieron hacia Granada, dejándome al cuidado de la casa, acompañada de mi institutriz Amélie Laurent. Aquella noche, Martín se coló por el jardín para verme. Yo estaba sentada en el balcón, bordando junto a Arami. Al verlo oculto tras el sauce, hice una seña y envié a Arami a preparar café, para poder introducirlo sin ser descubierto. Una vez dentro, lo conduje al estudio y, con el corazón palpitante, le pregunté:

—¿Qué haces en mi casa? ¿Cómo sabías dónde encontrarme?

—Le pregunté a Mariquita, tu prima —respondió él, con voz cálida y profunda—. Te he estado extrañando, Elena. Mi corazón se agita al verte, y siento dolor cuando no estás. Paso mis días pensando en ti. Te he vuelto mi obsesión más intensa… Chaque nuit je rêve de te faire l’amour au clair de lune.

Francisco, sorprendido, intervino:

—¿Qué significa eso?

—Sueño todas las noches con hacerte el amor a la luz de la luna —dijo Elena, sonrojada, pero firme, como si declarara su verdad sin titubear—.

—Vaya… suena muy romántico —comentó Francisco, con una mezcla de curiosidad y leve reproche—. ¿Ambos hablan francés?




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