Elena

Capítulo 7

Al escuchar aquella determinación, Francisco sintió que el mundo se estrechaba a su alrededor. Vencido por el impulso, la tomó del brazo y la acercó a sí; sus dedos rozaron la quijada de Elena con firmeza y cuidado.

Ella cedió apenas a su cercanía pero pronto buscó apartarse. No pudo hacerlo: su asimiento era firme y decidido, y le impedía desprenderse. El aroma de la madera y la cercanía de sus cuerpos los envolvía, cada respiración compartida un susurro silencioso de necesidad contenida.

Sin soltarla, la condujo hasta el lecho y la recostó con urgencia contenida. La mente de Elena, desbordada, dejó de oponer resistencia; en lo más profundo de su ser tampoco deseaba que aquello se detuviese.

El tenue perfume de las velas y el aroma de la madera volvían la habitación sofocante e íntima. Francisco se inclinó hacia ella con una cautela extraña, como si todavía temiera quebrar algo entre ambos. Sus miradas se encontraron. Elena quiso apartarse apenas, pero él volvió a besarla antes de que pudiera hacerlo. Los dedos de Francisco temblaron al desatar las últimas cintas de su vestido.

Cuando por fin le desató el corset, Francisco inclinó el rostro hacia su pecho con un anhelo que ya no podía disimular. Sus manos recorrieron la cintura de Elena lentamente, como si aún temiera que ella pudiera apartarse. La besó otra vez, más hondo, más desesperadamente, y por un instante tuvo que detenerse apenas para recuperar el aire.

Elena se arqueó contra él, aferrándose a su camisa como si temiera que volviera a alejarse. Francisco apoyó la frente contra la de ella antes de besarla de nuevo. Hubo un instante torpe cuando sus manos se buscaron al mismo tiempo; ambos soltaron una respiración entrecortada y una leve risa nerviosa quebró la tensión apenas un segundo, suficiente para volver todo más íntimo, más humano.

La seda de las sábanas rozaba sus pieles mientras la luz vacilante de las velas dejaba sombras suaves sobre los muros. Francisco parecía debatirse entre la urgencia y el cuidado; Elena lo percibía en cada pausa breve, en cada respiración irregular, en la manera en que él volvía a mirarla como si todavía no terminara de comprender cómo había llegado hasta allí.

Cada movimiento terminó volviéndose más intenso, más inevitable. Elena sintió que el aire le faltaba por momentos; Francisco enterró el rostro junto a su cuello, abrazándola con una fuerza contenida que parecía nacer de algo mucho más profundo que el deseo.

Cuando la pasión cedió, quedó un sosiego pesado y tibio, como el que permanece después de una tormenta de verano. Permanecieron abrazados, sin decir palabra, escuchando apenas el murmullo lejano de la noche y el latido aún irregular de sus respiraciones. Elena sentía el cuerpo rendido, la piel sensible, y el alma todavía suspendida entre el desconcierto y la ternura.

Cuando al fin cedieron al cansancio, Francisco recostó a Elena sobre su pecho, abrazándola con fuerza contenida. Su voz, baja y temblorosa, se abrió paso entre el silencio:

—No me abandones, Elena. Estoy dispuesto a intentarlo, si permaneces a mi lado. —La estrechó un poco más contra sí—. No deseo que te vayas.

Aquellas palabras desarmaron cualquier resistencia. Elena cerró los ojos un instante antes de responder, con voz baja y emocionada:

—De acuerdo. No me iré.

Permanecieron largo tiempo en silencio, acariciándose apenas, como si el mundo exterior hubiese dejado de existir. Francisco sentía que algo en su interior, contenido durante demasiado tiempo, comenzaba finalmente a ceder.

Al cabo, rompió el silencio con voz más serena:

—Elena, conviene que te asees y te vistas, para que podamos desayunar; luego habremos de partir.

Ella asintió con delicadeza. Con ayuda de una sirvienta, se aseó y vistió un miriñaque color vino, mantilla negra y horquillas doradas en el cabello; cada detalle parecía devolverle algo de compostura después de la intensidad de la madrugada.

Al sentarse a la mesa, encontraron a don Adolfo ya dispuesto para salir hacia el campo. Se acercó con su habitual firmeza cordial.

—Hija, he dado dinero a Francisco para que lo tengas a tu disposición. Que te sirva para tus gastos personales.

Elena inclinó la cabeza con respeto.

—Gracias, padre. Que Dios guarde vuestra jornada y le sea próspera.

El desayuno transcurrió en una calma silenciosa, distinta a las anteriores.

Al concluir, Elena y Francisco partieron hacia la hacienda de los Sepúlveda. Francisco había decidido acompañarla personalmente; sabía que debía aclarar lo sucedido antes de que las versiones ajenas terminaran deformándolo todo.

El carruaje avanzó por el camino polvoriento hasta la imponente propiedad. Los jardines, perfectamente cuidados, resplandecían bajo la luz de la mañana.

Al descender, Francisco ofreció su brazo a Elena con una elegancia natural, sin afectación. Apenas María Luisa los divisó, reaccionó de inmediato: tomó la espada que reposaba junto a la silla de su esposo y la desenfundó con determinación, apuntando directamente hacia Francisco.

Elena se sobresaltó y, sin pensarlo, se interpuso entre ambos.

—¡Espera, María Luisa! ¡Hay una equivocación!

La punta de la espada quedó suspendida a escasos centímetros de ella. María Luisa la miró, atónita.

Francisco rodeó a Elena con un brazo firme y protector.

—Tranquila —murmuró junto a su oído—. Yo explicaré todo.

María Luisa seguía sin bajar el arma.

—¡Por desgracia! —exclamó con furia contenida—. ¡Si no hubieras traído a Elena, te cortaría la lengua ahora mismo!

José Antonio apenas logró contener una sonrisa.

Francisco levantó una mano con calma.

—María Luisa… fue un malentendido.

Guardó silencio un instante antes de continuar:

—Rosario me besó por sorpresa. No fui yo quien la buscó. Lo ocurrido no fue correcto, pero jamás dañaría a Elena de esa manera.

María Luisa entrecerró los ojos, desconfiada todavía. Elena permanecía junto a Francisco, aún agitada.




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