Elena

Capítulo 13

Al día siguiente, por la mañana, Elena acompañó a María Luisa hasta el carruaje. Asintió en silencio, esbozando una sonrisa cansada, y la despidió con un gesto suave, observando cómo el carruaje se alejaba por el camino de los naranjos.

Cuando cruzó nuevamente las puertas de la hacienda Mendoza, una sensación pesada la envolvió. El aire parecía más denso, y cada rincón guardaba el eco de un silencio profundo. Había gente, sí… pero no había presencia. La casa estaba habitada, y al mismo tiempo vacía. Porque faltaban ellos. Faltaban las dos almas que daban sentido a aquel lugar: don Adolfo y Francisco.

Elena se detuvo un momento en el zaguán, cerró los ojos y respiró hondo. No dijo nada. No pensó. Simplemente caminó hasta su habitación, dejó que el peso del día cayera sobre sus hombros, y al recostarse en la cama, el cansancio la venció.

El silencio de la hacienda la envolvió por completo. Y, por primera vez desde la tragedia, Elena durmió sin lágrimas. El invierno se hacía más crudo en su corazón. Sentía que el frío era más duro dentro de la hacienda que en el mismo campo.

Aun así, Elena se las arregló para organizar todo: las cuentas, los capataces, las tierras. Los días se sucedían con un peso constante. La rutina la mantenía en pie, pero la soledad se le hacía un peso insoportable.

Al caer la noche no pudo pegar ojo; permaneció en vela mientras los recuerdos y la nostalgia la abrumaban. Se levantó, aún con la bata puesta, y salió al patio. Se sentó en la misma piedra donde aquella noche había llorado por Francisco y Rosario, mirando hacia el mismo lugar.

Recordó el modo en que Francisco la sostenía, la certeza con que la reclamaba como suya, la intimidad que solo existe entre dos cuerpos que se conocen de verdad. Las lágrimas comenzaron a deslizarse por sus mejillas mientras ponía la mano sobre su vientre aún pequeño. Cuando llegó el amanecer, se puso de pie y volvió a su habitación, con el corazón cargado pero decidida.

Se aseó, se vistió con un imponente vestido negro y bajó al pueblo. Debía organizar la sepultura de su esposo y de su suegro, darles una cristiana despedida.

En la iglesia del padre Tomás hizo una leve reverencia y besó su mano con respeto.
—Bienvenida seas, hija —dijo el sacerdote con voz serena—. ¿Qué deseas?

—He venido a pedir su consentimiento para oficiar la sepultura de mi esposo y de mi suegro —dijo Elena, luego de respirar hondo.

El padre Tomás asintió, compasivo:

—Será un honor. Y como ellos han sido fieles y devotos, deseo que puedan descansar en los patios del templo.

Elena inclinó la cabeza en señal de agradecimiento, besó nuevamente la mano del sacerdote y se marchó para ocuparse de las invitaciones y de los preparativos necesarios para la sepultura.

Esa misma noche, antes de recostarse, Elena comprendió que el sueño no habría de llegarle con facilidad. Algo dentro de ella se resistía a soltar a su esposo. Sabía que, una vez que su cuerpo descendiera a la fosa y quedara cubierto por la tierra, ya no habría retorno: no volvería a verlo, no volvería a oír su voz. Aquel sería el adiós definitivo.

La angustia le oprimió el pecho, y por un instante el desasosiego la venció. Sin embargo, también sabía —aunque le doliera admitirlo— el espíritu de Francisco ya había abandonado su cuerpo.

Respiró hondo. Su larga cabellera suelta reposaba sobre la almohada. Llevó una mano a su vientre y permaneció así, inmóvil, mientras la luz de la luna se filtraba por la ventana del cuarto. Pequeñas lágrimas descendieron por sus mejillas. Cerró los ojos, intentando entregarse al descanso.

Al día siguiente, por la mañana, la comunidad se reunió en el patio de la iglesia, bajo el suave tañer de las campanas. El padre Tomás habló con solemnidad:

—Hoy recordamos a don Francisco y a don Adolfo de Mendoza. Don Francisco fue valiente, noble y generoso; su padre, don Adolfo, un ejemplo de honor y sabiduría. Ambos ayudaron sin medir esfuerzos y dejaron una huella imborrable en nuestra tierra.

Miró hacia Elena, con las manos sobre su vientre:
—Hoy solo queda la viuda de don Francisco y la criatura que lleva en su seno. Bien sé que algunos, al mirarla, permiten que su sangre y su origen pesen más que su virtud. Pero os lo digo con claridad: ante Dios no hay diferencia que excuse la crueldad ni el desprecio. Ella es mujer cristiana, amada por el Señor, y como tal merece respeto, amparo y protección.

El padre Tomás alzó la mirada al cielo y concluyó:
—Que sus almas descansen en paz y gloria eterna. Les ruego, hermanos, que colaboren con esta mujer y recuerden: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo.”

Trazó la señal de la cruz sobre las cajas. El silencio llenó el patio, roto únicamente por los sollozos de Elena y el murmullo del viento. Poco a poco, los invitados se retiraron, y pronto quedaron solos Elena, Crescencia y el padre Tomás, quien hizo una reverencia y se retiró discretamente.

Crescencia asintió en silencio y se apartó con discreción.

—Señorita, ¿y yo qué hago?

Elena le respondió con suavidad, sin alzar la voz:

—Espérame en el carruaje. No tardaré; enseguida vuelvo.

Crescencia asintió y se apartó discretamente.

Cuando Elena quedó sola, se dejó caer de rodillas sobre la tierra húmeda del patio del templo. La mañana fría le calaba los huesos; el aire helado enfriaba sus lágrimas y le partía los labios, mientras amasaba la tierra floja entre los dedos. La voz se le entrecortaba; el corazón le latía con fuerza, y el olor de la tierra mojada se le metía en los sentidos como un recuerdo antiguo.

—Francisco —susurró entre sollozos—, ¿lo sabes? A ti te he amado como no supe amar a nadie más.

Te amaré aunque el tiempo pase y la distancia se interponga entre nosotros.

Quería decirte que, dentro de diez meses, regresaré a las Provincias Unidas del Río de la Plata… y ya no volveré aquí.

Pero no temas. Ni el tiempo ni la distancia podrán arrancarte de mi corazón. Te llevo conmigo, como aquello que no se quita ni se entrega.




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