Transcurrió una semana desde aquella noche, desde el suceso que había dejado tras de sí un ánimo pesado, difícil de disipar, como si la casa misma lo retuviera entre sus muros.
Aquella mañana, Elena procuró distraer el espíritu de los recuerdos que la acosaban —las palabras no dichas, los silencios compartidos con María Luisa y Leonor, y la culpa que aún le oprimía el pecho— refugiándose en los asuntos prácticos. Se sentó al escritorio que había pertenecido a Francisco y se entregó a la revisión de documentos, cuentas y escrituras, con la esperanza de que el orden de los papeles impusiera alguna calma allí donde el corazón no la encontraba.
Estaba en ello cuando un ruido la obligó a alzar la cabeza.
El rodar de unas ruedas sobre la grava, seguido del golpe acompasado de cascos, interrumpió la quietud de la mañana. Un carruaje acababa de detenerse frente al portón.
Crescencia se acercó a observar, pero antes de que pudiera regresar, un llamado firme resonó en la puerta principal.
Elena descendió con paso contenido. Al abrir, se encontró frente a un hombre alto, de cabello oscuro y ojos verdes, cuyo porte recto imponía respeto sin necesidad de palabras. Vestía un abrigo azul marino, sobrio y bien dispuesto, y su presencia llenó el zaguán con una severidad que recordaba al ámbito castrense.
—Busco a la señora de Mendoza —dijo, con voz firme y medida.
Elena lo observó con cautela, cuidando el tono y el gesto.
—Soy yo —respondió—. ¿Con quién tengo el gusto de hablar?
—Esteban Navarro, señora —replicó, inclinando apenas la cabeza—.
He venido a reclamar lo que me pertenece.
Elena frunció levemente el ceño.
—No comprendo a qué se refiere, señor.
Navarro abrió su abrigo y extrajo una carta, que le tendió sin apresurarse.
—Soy acreedor de su difunto esposo, don Francisco de Mendoza.
Elena tomó el papel, sorprendida.
—No tenía noticia de deuda alguna.
El hombre desplegó el documento y señaló la firma al pie.
—Aquí consta su letra, así como la validación del notario del pueblo. Al enterarme de su fallecimiento, he venido a exigir el cumplimiento de lo pactado. Se trata de una suma considerable, a la cual se han añadido los intereses correspondientes.
Elena recorrió el texto con la vista. Las cifras, los bienes enumerados —la hacienda, el ganado, los caballos— parecían despojarla de todo de un solo golpe. Sintió un vacío en el pecho, pero se sostuvo y volvió a mirarlo.
—¿Cómo he de saber que esto es cierto y que no intenta engañarme? —preguntó, con voz tensa pero firme.
Navarro no se inmutó.
—La autenticidad del documento es incuestionable, señora. La firma de su esposo es clara, y el aval notarial, legítimo.
Elena guardó silencio unos instantes. Luego asintió, con una resolución frágil, pero digna.
—Muy bien, señor Navarro. Supongamos que todo es conforme… ¿qué pretende hacer, entonces?
Una leve sonrisa, contenida y fría, cruzó el rostro del hombre.
—Los bienes serán puestos en remate. Tendrá un plazo de dos meses para desalojar la propiedad.
—¿Dos meses? —repitió Elena—. Me temo que tal plazo no me es posible.
—¿Por qué motivo? —preguntó él, sin variar el tono.
—Porque me encuentro encinta —respondió—. Y no soy oriunda de estas provincias: provengo de las Provincias Unidas del Río de la Plata. El regreso es largo y arriesgado, y en mi estado no puedo emprender semejante viaje.
Hizo una breve pausa antes de continuar:
—Si se me concediera mayor tiempo, estaría dispuesta a compensarlo por la espera.
Navarro la observó en silencio, como sopesando no solo sus palabras, sino su entereza. Finalmente, habló:
—Un año. Al término de ese plazo, la hacienda y todos los bienes deberán ser restituidos. La casa habrá de quedar desocupada. Vendré a recoger lo que es mío.
Sin añadir más, se dio media vuelta, abrochó su abrigo y se marchó, dejando tras de sí un silencio espeso, cargado de presagio.
Mientras tanto, en el patio, Crescencia tendía la ropa sobre la soga, ajena por un momento al silencio pesado que envolvía la casa. El crujir de unas ruedas sobre la grava quebró de pronto la quietud.
El corazón le dio un salto.
Sin pensarlo, soltó las prendas dentro del canasto y se apresuró hacia la entrada. Una sombra de enojo cruzó su rostro al reconocer el carruaje; por un instante temió que se tratara, una vez más, de Esteban Navarro. Salió dispuesta a enfrentarlo si hacía falta.
Pero al detenerse frente a la verja, su expresión cambió por completo.
Del carruaje descendía María Luisa.
—¿Se encuentra Elena? —preguntó ella, con un dejo de inquietud que no lograba disimular del todo.
Crescencia parpadeó, sorprendida, y enseguida compuso el gesto.
—¡Señora María Luisa! Qué placer tenerla por aquí —exclamó—. Sí… sí, la señora está en casa.
María Luisa pareció aliviada, aunque su semblante no terminó de serenarse.
—¿Está bien? ¿Ella… y el niño?
—Ambos están bien, gracias a Dios —respondió Crescencia, bajando un poco la voz—. Aunque la casa no atraviesa un buen momento.
—¿Qué ha ocurrido? —preguntó María Luisa, clavando en ella una mirada atenta.
Crescencia dudó.
—No sé si me corresponde hablar de ello sin el permiso de la señora…
María Luisa arqueó apenas una ceja, con firmeza contenida.
—Crescencia, ya has empezado a decirlo. No me dejes en la incertidumbre.
Tras un instante de vacilación, Crescencia asintió.
—Está bien… pero le ruego que no le diga a la señora que fui yo quien se lo contó.
Se sentaron en la mesa de piedra del patio, y allí, con palabras medidas y suspiros inevitables, Crescencia le relató la situación. A medida que avanzaba el relato, el gesto de María Luisa se ensombrecía; la sorpresa daba paso al desagrado y, finalmente, a una sincera compasión.
Cuando Crescencia terminó, María Luisa guardó silencio unos segundos.