Dos días habían pasado desde entonces. Aquella tarde, Elena se detuvo un instante antes de salir y acomodó el vestido con un cuidado tranquilo, como quien se dispone a cumplir una invitación esperada, aun cuando el ánimo no acompañe del todo.
Tomó su chal y la mantilla, y luego se dirigió hacia el carruaje.
—Enseguida regreso —le dijo a Crescencia antes de partir.
—Sí, señora. Mandaré un carruaje a retirarla cuando termine —respondió la criada.
El carruaje comenzó a rodar lentamente, y Elena, acomodándose en el asiento, se permitió por primera vez en días sentir que un poco de peso se aligeraba de sus hombros.
Cuando Elena cruzó el umbral de la casa de los Sepúlveda, el mundo pareció cambiar de ritmo. El gran salón se desplegaba ante ella como un escenario cuidadosamente dispuesto: cortinados pesados en tonos marfil, arreglos florales rebosantes y una sucesión de damas sentadas en delicadas sillas, con las tazas de porcelana en alto y las lenguas aún más elevadas.
El murmullo era constante, casi musical, aunque Elena sabía bien que no se trataba de armonía, sino de cotilleo. Comentarios lanzados como dardos suaves, sonrisas que ocultaban evaluaciones minuciosas, miradas que medían vestidos, apellidos y reputaciones con la misma severidad.
María Luisa, erguida y resplandeciente en un vestido claro que anunciaba sin pudor su protagonismo, fue la primera en advertir su presencia.
—Elena, bienvenida —dijo con entusiasmo sincero—. Me alegra mucho que hayas decidido venir.
Elena inclinó apenas la cabeza, con la compostura que la ocasión exigía, y respondió:
—Claro que sí. No me iba a perder por nada tu fiesta de cumpleaños, María Luisa.
Mientras hablaban, Elena dejó que su mirada recorriera el salón… y entonces la vio.
Rosario.
Sentada a un extremo del grupo, ligeramente apartada pero no invisible, acompañada por un par de damas que parecían debatirse entre la curiosidad y la cautela. Rosario sostenía la taza con elegancia, el rostro sereno, aunque sus ojos —atentos, despiertos— revelaban que estaba plenamente consciente de cada susurro que la rodeaba.
La sorpresa cruzó el rostro de Elena antes de que pudiera disimularla.
—¿Invitaste a Rosario? —preguntó en voz baja, inclinándose hacia María Luisa.
María Luisa sostuvo su sonrisa, pero algo en su mirada se volvió más afilado, más consciente del peso de esa pregunta.
—Sí, Elena, la invité.
Elena alzó las cejas, incapaz de ocultar su asombro.
—Vaya… me parece impresionante. Pensé que no te caía bien.
—Lo sé —respondió María Luisa, con un gesto sereno—. Antes no me agradaba. Llegué a creerla una mujer desagradable y frívola. Sin embargo, después de aquella última conversación en la posada del pueblo, descubrí en ella a alguien muy distinto. Más amable… más cálida.
Hizo una breve pausa, como quien mide cada palabra.
—Al escuchar su historia comprendí algo que, quizá, solemos olvidar: nosotras, las mujeres, debemos apoyarnos entre nosotras, y no convertirnos en la comidilla ajena. Por eso consideré justo invitarla.
Elena asintió con aprobación.
—Me parece muy acertada tu decisión, María Luisa. Habla bien de ti. Me alegra sinceramente.
María Luisa respondió con una sonrisa cortés, aunque breve. El número de invitados aumentaba sin cesar, y varias damas aguardaban ya su atención.
—Dispénsame, Elena —dijo—. Debo continuar recibiendo a los demás.
—Desde luego —respondió Elena, inclinándose levemente.
María Luisa se alejó, absorbida por las exigencias del salón. Elena quedó por un momento sola. Recorrió el lugar con la mirada, buscando dónde acomodarse.
Así que esta era la reunión discreta, pensó, no sin cierta ironía.
Tomó asiento finalmente, aunque pronto advirtió que, a su alrededor, las conversaciones se apagaban o cambiaban de rumbo. Nadie se dirigía a ella. Las miradas eran medidas, cautelosas; algunas, abiertamente incómodas.
Dos damas, sentadas a escasa distancia, intercambiaron una mirada significativa. Una de ellas llevó el pañuelo a la nariz con gesto deliberado, como si el aire del salón se hubiese vuelto repentinamente desagradable. La otra frunció el ceño, acompañando la mueca con una leve inclinación de cabeza.
Elena lo notó. No reaccionó.
No era una novedad.
Aquel ambiente le resultó dolorosamente familiar. Le recordó los banquetes de otros tiempos, cuando sus abuelos la presentaban en sociedad con la esperanza de asegurarle un porvenir conveniente. Nunca había resultado. Siempre era lo mismo: la observaban, la evaluaban… y luego la apartaban con cortesía.
Respiró hondo, procurando no dejar traslucir el cansancio. Había aprendido que ciertas preguntas no se formulan en voz alta.
Entonces distinguió un gesto entre la concurrencia.
Rosario, sentada a cierta distancia, le hacía una discreta seña con la mano. Elena se levantó y se acercó.
—Elena —dijo Rosario con una sonrisa franca—. Qué gusto verte. Hace tiempo que no coincidíamos.
—Así es —respondió Elena—. Mis ocupaciones han sido muchas. Desde el fallecimiento de Francisco, los asuntos de la hacienda han quedado enteramente a mi cargo.
—Lo comprendo —asintió Rosario—. Más de lo que imaginas.
Mientras hablaban, Rosario advirtió el gesto de las damas del pañuelo. Sus ojos se entornaron apenas. No bajó la voz; tampoco la alzó en exceso. Habló con claridad, como si comentara algo trivial.
—Es curioso —dijo— cómo algunas personas temen mancharse con los orígenes ajenos, cuando cargan consigo historias bastante más turbias. Y aun así, se conducen como si exhalaran perfume de rosas.
Hubo un leve silencio alrededor. No absoluto, pero sí incómodo.
Elena la miró, sorprendida. Rosario sostuvo su expresión con serenidad, sin dirigir la vista a nadie en particular.
Fue entonces cuando Elena sintió una mano apoyarse con familiaridad sobre su espalda.