Elena y Leonor no volvieron a encontrarse ni tuvieron ocasión de retomar conversación alguna después de aquel día. La proximidad del casamiento —impuesto, inevitable— se sentía como una presencia constante, aun cuando nadie lo nombrara. Elena había hablado cuando correspondía y había callado cuando comprendió que debía hacerlo. No era familia; no tenía derecho a intervenir más allá del consejo ofrecido.
Los días pasaban con una lentitud que a ratos parecía cerrarle el pecho. Para no dejarse arrastrar por pensamientos que no podía resolver, volcó su ánimo en los quehaceres cotidianos, en el orden repetido, en las tareas que exigían atención y no dejaban espacio para la inquietud. Pero al caer la noche, cuando la casa se aquietaba y el mundo parecía recogerse, la curiosidad regresaba. Pensaba en Leonor, en el destino que otros habían decidido para ella, en ese afecto que debía ocultarse porque no convenía.
Para defenderse de aquello, Elena decidió refugiarse en la lectura. No como distracción ligera, sino como resguardo.
Una noche se detuvo frente al escritorio de madera de pino oscuro, marcado por los años y el uso. Allí permanecían los libros que Francisco le había dejado antes de morir. Su último legado. El obsequio final, silencioso y definitivo, junto con la cadenita que ella conservaba siempre consigo. Sobre el escritorio ardía un candil de aceite, cuya llama serena proyectaba sombras suaves sobre las paredes encaladas y perfumaba el aire con un leve olor a aceite y resina.
Elena desató el pequeño saquito de tela y fue retirando los volúmenes con cuidado. Había libros de mitología griega en español, de tapas gastadas y páginas gruesas, cargadas de historias antiguas sobre destinos impuestos y voluntades enfrentadas. Luego descubrió otros en francés: una obra de Shakespeare y una recopilación reciente de cuentos populares alemanes, llegados desde Francia como una novedad discreta.
El detalle la conmovió. Francisco había recordado que ella hablaba francés. Algo que para él pudo haber sido apenas un recuerdo; para ella, una señal profunda. Un gesto que confirmaba que había pensado en ella incluso al despedirse del mundo.
Tomó el libro de Shakespeare. Hamlet.
Se quitó los zapatos y se recostó sobre la cama, cubierta por un edredón de tono vino oscuro, pesado y bien tejido. Colocó dos almohadas tras la espalda y se acomodó con lentitud, dejando que el cuerpo encontrara descanso. El candil,
dispuesto sobre una pequeña mesa baja junto al lecho, iluminaba apenas lo necesario.
Abrió el libro.
Leyó sobre una vigilia nocturna, sobre un padre que regresaba desde la muerte y sobre un deber que caía como una sombra. Avanzó por las primeras páginas, donde la sospecha se instala, donde la obediencia se exige en nombre del orden, y donde otros deciden mientras quien debe cargar con las consecuencias guarda silencio. Elena sintió una incomodidad difícil de nombrar: había destinos administrados desde voluntades ajenas, afectos que debían ocultarse para no perturbar conveniencias mayores.
Cerró el libro por un instante. No porque no comprendiera la historia, sino porque la comprendía demasiado bien.
Volvió a abrirlo y leyó un poco más, hasta que la intriga comenzó a mezclarse con el cansancio. Sin darse cuenta, el sueño la fue venciendo. El libro quedó reposando sobre su regazo cuando la vigilia se disipó y la llama del candil se redujo a un temblor tenue.
Al amanecer, los primeros rayos de luz se filtraron por los cristales de la ventana que había quedado entreabierta y dieron en su rostro. Elena despertó cubierta por las sábanas y el edredón, acomodados con cuidado. Hamlet descansaba ahora sobre la pequeña mesa junto al lecho, cerrado.
A un costado, Crescencia dormía en la mecedora de madera, vencida por la vigilia, las manos cruzadas sobre el regazo. La casa estaba en calma. Elena permaneció inmóvil unos instantes, consciente de que aquella quietud era frágil.
Al despertar, Elena fue consciente de la quietud de la habitación antes incluso de abrir los ojos. La luz temprana entraba tamizada por los cristales, suave, sin prisa. Al girar apenas el rostro, vio a Crescencia dormida en la mecedora junto al lecho, el cuerpo vencido hacia un costado, las manos recogidas sobre el regazo. Aquella imagen le despertó una ternura silenciosa.
Decidió incorporarse con cuidado, procurando no hacer ruido. Apoyó primero los pies en el suelo, buscando equilibrio. No advirtió, sin embargo, que al moverse rozó la pequeña mesa junto al lecho. Un vaso de vidrio cayó y se hizo añicos contra el suelo, rompiendo el silencio con un sonido seco y abrupto.
Crescencia despertó sobresaltada.
—¿Señorita? —dijo, poniéndose de pie—. ¿Está bien?
Elena asintió de inmediato.
—No es nada, Crescencia. Sin querer he tirado el vaso que estaba junto a la cama, en la mesa —respondió con calma—. No se alarme.
—Tranquila, señorita —dijo Crescencia, acercándose.
—No te preocupes —añadió Elena—. Llamaré a Rosa para que recoja los fragmentos y me ayude a asearme y a cambiarme. Tú sigue descansando.
La respuesta fue inmediata y firme.
—Claro que no, señorita —replicó Crescencia con un tono que no admitía discusión—. Yo estoy aquí para cuidar de usted… y de lo que Dios ha puesto bajo su cuidado. Así que ahora mismo me levanto y la ayudo.
Elena la miró unos segundos y luego asintió, esbozando una sonrisa suave, agradecida.
Crescencia se ocupó de todo con la diligencia que le era natural. La ayudó a bañarse, la secó con esmero, la vistió con prendas limpias y livianas. En medio de aquel ir y venir silencioso, Elena llevó la mano al pecho casi sin darse cuenta y rozó, bajo la tela, la pequeña medalla en forma de luna. El contacto frío del metal la sostuvo. Aunque pronto tendría que despedirse del negro del luto, comprendió que no estaba dejando atrás a Francisco. Mientras llevara consigo aquel recuerdo, su pena no se extinguía: simplemente encontraba otra forma de acompañarla.