Elena

Capítulo 18

El camino hacia la hacienda se extendía dorado bajo la luz de la tarde. El polvo se alzaba suave tras las ruedas del carruaje, y el aire traía el olor seco de los eucaliptos y la tierra caliente.

Elena había insistido en que María Luisa regresara a su propia casa. No era necesario que la acompañara. No después de un día tan largo.

Pero María Luisa no era mujer que aceptara negativas con facilidad.

—Una dama no vuelve sola cuando el ánimo pesa —había dicho con firmeza tranquila—. Y hoy pesa.

Y así, viajaban juntas.

Elena miraba hacia las colinas que se extendían más allá del camino. Las sombras comenzaban a alargarse. La hacienda aún no se veía, pero ella sabía cada curva del sendero.

María Luisa la observó unos minutos antes de hablar.

—Has estado callada todo el día.

Elena parpadeó, como si regresara de un lugar lejano.

—¿Sí? Perdóname. Estoy… pensando demasiado.

María Luisa arqueó una ceja, gesto leve pero elocuente.

—Eso nunca es buena señal. ¿Te preocupa algo?

Elena sostuvo la mirada un instante antes de apartarla.

—Me preocupa que Leonor no tenga la vida que merece.

El carruaje crujió al tomar una curva.

—Sabemos cómo es Rafael Ávila —continuó Elena con voz más baja—. No es hombre de indulgencias. Puede ser encantador cuando le conviene… y cruel

cuando nadie lo contradice. Temo que ella quede atrapada en un hogar donde la voluntad no sea suya.

María Luisa exhaló lentamente.

—Lo sé.

Hubo un silencio breve.

—No eres la única que está inquieta —añadió—. Es mi prima. La conozco desde niña. Leonor siempre quiso libertad, aunque no supiera nombrarla.

Elena apoyó la mano sobre su falda.

—Entonces sabes que no nació para obedecer sin respirar.

María Luisa inclinó apenas la cabeza.

—También sé que es más fuerte de lo que parece.

El carruaje avanzaba ahora entre campos abiertos. A lo lejos comenzaban a distinguirse los techos de la hacienda.

—¿Crees que hicimos lo correcto? —preguntó Elena, sin dramatismo, casi como si hablara consigo misma.

María Luisa no respondió de inmediato.

—Hicimos lo posible —dijo finalmente—. A veces eso es lo único que está en nuestras manos.

Elenaasintió despacio. Bajó la mirada hacia sus propias manos, apoyadas sobre la falda, como si esperara encontrar allí alguna respuesta.

—Sí… eso es lo único que está en nuestras manos.

Guardó silencio un momento. Luego levantó la vista.

—Pero si lo pensamos bien, son pocas las cosas que realmente podemos sostener. Nuestra voluntad siempre depende de la voluntad de otros. Desde niñas nos enseñan a caminar recto, a no mancharnos, a no equivocarnos. Nos crían entre normas, miradas y expectativas. Como si la vida fuera un salón lleno de espejos y tuviéramos que vernos perfectas desde todos los ángulos.

María Luisa no interrumpió.

—A veces me pregunto qué nos pertenece de verdad —continuó Elenacon voz baja—. Ni siquiera nuestros errores nos pertenecen. No se nos permite tropezar.

Vivimos bajo juicio constante… del qué dirán, de los hombres que deciden, de las familias que negocian. ¿Realmente elegimos algo? ¿O apenas aceptamos lo que ya fue dispuesto?

El carruaje avanzaba lento. El crujido de la madera acompañaba sus palabras.

—Cuando vi a Leonor… —Elenahizo una pausa—. Sé que nuestras historias no son iguales. Pero en algo me vi reflejada. Ambas tuvimos que aceptar un destino que no era el que soñábamos. Y eso pesa.

Se secó una lágrima discreta antes de que cayera por completo.

—La vida nos empuja por caminos que no elegimos. Y lo más duro no es avanzar… es no poder detenerse.

María Luisa la miró con una mezcla de compasión y admiración sincera.

—A veces me siento ingrata por quejarme —dijo—. Mi vida, comparada con la tuya, ha sido sencilla. No sé cómo haces para seguir en pie… y aún así ayudar a otros. Eso es lo que admiro de ti. No te rindes.

Elenasonrió apenas. No fue una sonrisa triunfal. Fue casi irónica.

—No es cuestión de querer. Es que no puedo dejarme apagar. Mi vida es mía, aunque el mundo insista en disponer de ella.

Su voz se suavizó al mencionar el nombre.

—Si algo amaba Francisco en mí era eso: que yo me amara lo suficiente para no desaparecer. Él no quería una sombra a su lado. Quería una mujer viva.

Miró por la ventanilla un instante.

—Seguir adelante no es vivir por él. Es vivir como él deseaba que yo viviera. Con dignidad.

María Luisa ya no pudo contenerse. Se inclinó y la abrazó.

—Vaya, Helena… sabes tocar el alma cuando hablas.

Elenaapoyó la frente en su hombro y rió suavemente.

—No era mi intención hacerte llorar.

—Lo lograste.

El ambiente dentro del carruaje cambió. Se alivianó. Como si algo se hubiese acomodado.

Helena, para no prolongar la emoción, cambió el rumbo de la conversación.

—Debes cuidarte —dijo con suavidad—. Pronto llegará tu bebé, y necesitará una madre fuerte.

María Luisa llevó la mano a su vientre con ternura.

—Y tú debes estar bien para el bautizo. Te he elegido como madrina.

Elenala miró sorprendida y luego sonrió.

—Es un honor que acepto con gusto.

—Y cuando llegue tu propio hijo o hija —añadió María Luisa—, espero que me concedas el mismo privilegio.

—Desde luego.

Hubo un instante de silencio cómplice. Luego María Luisa inclinó la cabeza con picardía.

—Propongo un juramento.

Elena entrecerró los ojos.

—Temo esa expresión. ¿Qué clase de juramento?

—Si tu bebé y el mío nacen uno varón y el otro mujer… que un día unan sus destinos.

Elena soltó una risa sorprendida.

—¿Y si ambos son niños? ¿O ambas niñas?

María Luisa entrelazó sus dedos con los de su amiga.

—Entonces los criaremos como hermanos de por vida. Que aprendan a cuidarse, a respetarse… a sostenerse cuando el mundo les exija demasiado.




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