Dos días después de haber despedido a la servidumbre, Elena sintió que el silencio de la hacienda comenzaba a pesarle más de lo conveniente. Comprendió entonces que no era prudente entregarse por entero a la soledad. Necesitaba aire, movimiento, voces distintas a las de sus propios pensamientos.
Fue ella quien envió recado a María Luisa y a Rosario, proponiéndoles un paseo por el pueblo. Nada ostentoso, nada extraordinario: tan solo caminar entre los puestos del mercado, saludar a conocidos y dejar que la tarde transcurriera con sencillez.
El día se presentó benigno. El sol caía claro sobre los tejados de teja roja, y una brisa ligera recorría la plaza principal, trayendo consigo el aroma mezclado de frutas maduras, pan recién horneado y tierra tibia. Las campanas de la misión repicaban a lo lejos con su acostumbrada serenidad.
María Luisa llegó primero, animada como siempre, con ese brillo vivaz en la mirada que parecía desafiar cualquier pesadumbre. Rosario apareció poco después, más contenida, aunque no menos atenta; su presencia tenía algo de firmeza discreta, como quien observa antes de hablar.
—Hacía falta que salieras, Elena —murmuró María Luisa con afecto apenas se encontraron—. El encierro no es buen consejero.
Elena esbozó una sonrisa suave.
—Tal vez tengas razón —admitió—. Un paseo no puede hacer daño.
Caminaron juntas entre los puestos, deteniéndose aquí y allá, comentando telas, probando frutas, intercambiando impresiones con los vendedores. Por un momento, la vida pareció adquirir una ligereza que hacía días no sentía.
Fue entonces cuando, al pasar frente a un tenderete modesto adornado con ramos frescos, algo llamó su atención.
Elena se detuvo frente al ramo de flores blancas, y por un instante, el bullicio del mercado pareció desvanecerse a su alrededor. Allí estaba, la misma flor que tantas veces había visto en manos de Francisco.
Atravesando mares de olvido, con la memoria suspendida como un suspiro, extendió la mano hacia los pétalos, disfrutando de su frescura y delicadeza.
—Vaya… —susurró, con una sonrisa ligera—. Nunca supe cómo se llamaba esta flor.
María Luisa, inclinando la cabeza con curiosidad, le lanzó una mirada divertida.
—¿De veras no lo sabes, Elena? —preguntó—. ¿Y sabes qué significa?
Elena frunció ligeramente el ceño, divertida y sorprendida.
—No… —respondió—. No lo sé.
—Señoras, lo siento… perdón —dijo Elena, forzando una leve sonrisa—. Me distraje un momento.
Rosario arqueó apenas una ceja.
—Sí, lo notamos.
María Luisa le apretó el brazo con suavidad.
—No tienes que disculparte.
Elena respiró hondo, aún sosteniendo el ramo.
—¿Les agradaría acompañarme esta tarde a tomar un café en mi casa? —preguntó—. La verdad… me haría bien un poco de compañía. Desde hace unos días la hacienda se ha vuelto demasiado silenciosa.
Rosario intercambió una mirada con María Luisa.
—¿Demasiado silenciosa? ¿Qué ha ocurrido?
Elena bajó la vista un instante antes de responder.
—Me vi en la penosa obligación de despedir a algunos de mis más fieles sirvientes. La situación económica no me permite sostener la casa como antes. Y es preferible dejarlos partir ahora, mientras aún pueden hallar acomodo seguro, que retenerlos y verse forzados a marcharse más adelante sin oportunidad alguna.
—¿De qué hablas? —preguntó Rosario con preocupación genuina.
María Luisa miró sus propias manos, entristecida.
Elena sostuvo el ramo con firmeza, como si necesitara algo tangible para continuar.
—Me quedan solamente seis meses en San Capistrano.
Hubo un silencio.
—¿SeIs meses? —repitió Rosario—. ¿Y luego?
—Regresaré a la casa de mis padres —respondió Elena con serenidad contenida—. Aquí ya no me quedará nada. Debo entregar la hacienda y los bienes. Por ahora me sostengo con mi dote. Mis padres fueron generosos al concedérmela, y gracias a ello podré subsistir estos meses y afrontar el viaje hacia las Provincias Unidas del Río de la Plata.
—¿Seis meses de travesía? —murmuró María Luisa.
—Aproximadamente —asintió Elena—. Será largo… pero necesario.
María Luisa levantó la vista.
—Entonces… ¿no tienes pensado volver?
Elena apretó discretamente el dedo meñique contra la palma, gesto casi imperceptible cuando necesitaba afirmarse.
—No. No volveré a San Capistrano. Tal vez, algún día, cuando mi hijo crezca, lo traiga a conocer la tumba de su padre… y la de su abuelo. Pero eso pertenece al porvenir. Y el porvenir, ya lo saben, depende también de la voluntad de mis padres y de mis abuelos.
Rosario asintió lentamente.
—Comprendemos.
—Y deseamos que todo se disponga para tu bien —añadió María Luisa con afecto.
Elena respiró con mayor firmeza, como quien ha dicho en voz alta una verdad que ya no admite vuelta atrás.
—Sea como fuere… hoy aún estamos aquí. Compremos algunas cosas dulces y regresemos a la hacienda. Tomaremos un chocolate.
Rosario asintió con una leve sonrisa.
—Eso suena mucho mejor que seguir hablando de despedidas.
María Luisa enlazó su brazo con el de Elena.
—Sí. Un buen chocolate siempre ayuda a ordenar el corazón.
Y así, entre frutas confitadas, bizcochos y almendras azucaradas, emprendieron el regreso, mientras la tarde caía lentamente sobre San Capistrano.
Cuando llegaron a la hacienda, Rosario y María Luisa se sentaron en la mesa de piedra del patio. Crescencia anunció que en breve servirían el café. El aire de la tarde traía olor a tierra tibia y a hojas recién regadas.
Elena permaneció de pie unos segundos, sosteniendo el ramo de romneya.
—¿Me disculpan un momento, por favor? Debo poner las flores en agua antes de que se marchiten.
Ambas asintieron sin darle mayor importancia. Rosario retomó la conversación casi de inmediato; María Luisa la escuchaba con atención, aunque su mirada se desvió un instante hacia Elena, como si percibiera algo más en ese gesto.