Los días pasaban como se escurre el agua entre los dedos, y Elena dedicaba sus horas a guardar cuidadosamente los recuerdos de Francisco. Había bajado sus pertenencias, doblado su ropa, atado con cordeles las mantas de las noches frías, y colocado sus cartas dentro de un cofre. Todo quedaba ahora alineado contra la pared, como si los baúles guardaran en silencio un destino que nadie se atrevía a nombrar.
Pero había un lugar que no se animaba a tocar: el despacho de Francisco. Cada vez que pensaba en desmontarlo, sentía que el alma se le arrugaba. Crescencia lo mencionaba con suavidad, y Elena siempre encontraba excusas para posponerlo. Era como si confiar en que aquel espacio permaneciera intacto pudiera, de algún modo, mantener a Francisco cerca.
Cada día, sin falta, colocaba flores frescas en el despacho. Romneyas que compraba en el mercado del pueblo, y cuando se marchitaban, enviaba a traer nuevas. Las dejaba cuidadosamente sobre el escritorio, entre los papeles y los libros, como un gesto silencioso que renovaba la presencia ausente de Francisco.
El despacho seguía allí, inmóvil y expectante, con sus papeles, su escritorio y sus libros en calma, como un refugio detenido en el tiempo. Y Elena se permitía, en esa pausa, un pequeño consuelo: mientras permaneciera tal cual, y con las romneyas frescas en el aire, la sensación de que él podía volver no desaparecía por completo.
Esa noche, mientras acomodaba las romneyas recién traídas sobre el escritorio de Francisco, un crujido ligero la hizo levantar la vista. Venía de la grava del patio, rápido y distinto al andar habitual de los animales o al susurro del viento entre los naranjos.
Elena parpadeó y entrecerró los ojos. Algo parecía moverse por los tejados, apenas un destello oscuro, ágil y silencioso. No pudo distinguir detalles; desapareció antes de que pudiera enfocar.
Un escalofrío recorrió su espalda, y contuvo la respiración. «Seguramente estoy cansada…», pensó, aunque no pudo evitar que un hilo de curiosidad se quedara en su pecho. La brisa nocturna volvió a llenar la habitación con el aroma de las romneyas frescas, y el silencio retomó su calma habitual.
Se acomodó de nuevo en la mecedora, dejando que el corazón recuperara su ritmo. No había certezas, solo la sensación fugaz de que alguien, rápido y silencioso, se movía en la noche, y que tal vez, solo tal vez, la hacienda no estaba completamente sola.
La mañana comenzó sin estridencias.
Cuando amaneció, Elena abrió los ojos con una fatiga que no admitía excusas. No era desvelo pasajero: era el peso de una noche fragmentada, interrumpida por incomodidades que ya se habían vuelto habituales. Permaneció unos segundos mirando el dosel, respirando con lentitud, antes de reunir voluntad para incorporarse.
Al hacerlo, una tensión firme le recorrió la espalda baja. La cintura le dolía como si hubiese caminado leguas la víspera. Se sentía pesada —jamás se permitiría esa palabra—, pero sí más lenta, más consciente de cada movimiento.
Se sentó al borde del lecho y apoyó ambas manos sobre su vientre ya evidente. Seis meses. No era un secreto ni una sospecha: era presencia. El niño —o la niña— ocupaba espacio, reclamaba postura, modificaba su equilibrio. Dormir de corrido se había vuelto un lujo distante.
Intentó ponerse de pie sin ayuda y tuvo que apoyarse en la columna de la cama. Una leve punzada en la espalda la obligó a detenerse.
—Con calma —se dijo en voz baja, más orden que queja.
Crescencia entró poco después, como si intuyera el momento exacto. No preguntó de inmediato; primero acercó la bata y sostuvo el brazo de su señora con naturalidad, sin dramatizar.
—Hoy el aire está fresco —comentó, en tono práctico.
—Será un alivio —respondió Elena.
Vestirse tomó más tiempo que antes. El corsé se ajustó con criterio, sin rigidez excesiva. Elena ya había aprendido que la elegancia no exige martirio. Eligió un vestido que permitiera movilidad, aunque su porte seguía siendo impecable.
Al descender la escalera principal, cada peldaño le recordó que su centro de gravedad ya no era el mismo. Sujetó la baranda con firmeza, sin permitir que nadie más lo notara. La dignidad, pensaba, no consiste en fingir fortaleza, sino en administrar la debilidad con prudencia.
Había prometido acudir esa mañana a la misión para colaborar con el mantenimiento del templo del Padre Tomás. Y una promesa, en su casa, no se posponía por cansancio.
El aire del patio le despejó ligeramente la mente. Aun así, al subir al carruaje, sintió esa pesadez persistente en las piernas. No dolor agudo. Más bien una carga constante, como si llevara el día entero antes de haberlo comenzado.
Durante el trayecto, apoyó la mano sobre su vientre casi sin pensarlo. El movimiento del carruaje arrancó una protesta suave en su espalda, y cerró los ojos un instante. No era fragilidad. Era resistencia cotidiana.
La misión apareció blanca y serena bajo el sol.
Elena enderezó los hombros, con esa compostura que no dependía del ánimo sino de la voluntad. El cansancio la acompañaba, sí; la espalda le recordaba cada hora de la noche mal dormida; el peso de su estado era ya una presencia constante que modulaba cada paso.
Pero nada de ello alteraba su resolución.
Y aquella mañana, entre muros frescos y olor a cera encendida, buscaría el recogimiento necesario para ordenar sus pensamientos y aquietar el cuerpo.
Desde hacía algunas semanas, el embarazo comenzaba a reclamar territorio. Ya no podía inclinarse con la ligereza de antes. Al bajar del carruaje, apoyó la mano en el brazo de Crescencia —que había aprendido a anticiparse sin que su señora tuviera que pedirlo— y descendió con una dignidad tranquila, aunque un leve mareo le nubló la vista por un segundo.
Entró despacio. El interior estaba fresco. El perfume de incienso antiguo y madera pulida le devolvió el aliento.
—Buenos días, hija —la saludó el padre Tomás desde el altar lateral, con esa voz templada que parecía no alterarse jamás.