Pasaron dos días de relativa quietud antes de que Elena resolviera visitar a María Luisa para felicitarla y conocer al pequeño.
La mañana amaneció despejada. Su vientre ya avanzado la obligaba a medir cada paso, mas no consintió en permanecer recluida en la hacienda como si fuese inválida. Llegó a la casa con compostura serena, esa misma que solía encubrir una determinación firme.
María Luisa, al verla atravesar el umbral, la examinó de arriba abajo con severidad apenas disimulada.
—Elena… mírate. En tu estado, y aun así empeñada en salir de casa. ¿No te sería más prudente guardar reposo?
Elena inclinó levemente la cabeza, con una sonrisa que no pedía disculpas.
—¿Y quién me habla de prudencia? Cuando te hallabas en igual condición, ninguna amonestación lograba retenerte.
María Luisa intentó sostener el gesto adusto, pero terminó por ceder.
—Tal vez tengas razón… —admitió con dignidad resignada—. Dime, ¿te fue fatigoso el trayecto?
—Podría decirse que fue una pequeña odisea —respondió Elena, con gravedad deliberada.
Una risa leve escapó de sus labios, clara y breve.
—¿A qué viene esa risa? —preguntó María Luisa.
—De que la frase me recordó a un libro que leo… —se llevó una mano al pecho con fingida solemnidad—. Ulises y la Odisea. Hay viajes que parecen escritos por los dioses para probar la paciencia de las mujeres.
—Ay, tú y tus libros… —replicó María Luisa, aunque la curiosidad asomó en su voz—. Confiesa que encuentras consuelo en ellos.
—Encuentro estrategia —corrigió Elena con suavidad—. Y a veces, esperanza.
—Concede descanso a los héroes de los libros, Elena, y ven a rendir honores al que hoy gobierna esta casa con más autoridad que todos los relatos.
María Luisa se acercó al moisés y tomó al niño con cuidado reverencial.
—Francisco José Antonio Sepúlveda —dijo con orgullo sereno.
El nombre quedó suspendido en el aire como una campanada.
Elena se quedó inmóvil. Primero no comprendió. Luego, la verdad la alcanzó con la fuerza de un disparo limpio. Las lágrimas descendieron sin permiso.
María Luisa palideció.
—Elena… Perdóname. No sabíamos si deseabas reservar ese nombre. José Antonio insistió. Dijo que no podía permitir que el nombre de Francisco se extinguiera. Que un hombre de honor merece memoria. Si te he herido…
Elena la abrazó antes de que terminara.
—No me has herido. Me has devuelto algo que temía perder.
Se separó apenas, sus ojos brillando con una firmeza nueva.
—La muerte arrebata el cuerpo, pero no
—Pues deja a Ulises donde está y ven a conocer al verdadero héroe de esta casa.
María Luisa no respondió. Se acercó al moisés y tomó al niño con cuidado reverente.
—Francisco José Antonio Sepúlveda —pronunció.
El nombre cayó en la estancia como campana grave.
Elena quedó inmóvil. La comprensión llegó despacio, pero certera. Sus manos temblaron apenas antes de llevarse una al pecho.
Las lágrimas acudieron, no con desconsuelo, sino con emoción profunda y contenida.
María Luisa palideció.
—Elena… si he sido imprudente, te ruego que me lo digas. José Antonio sostuvo que era justo honrar la memoria de su amigo.
Elena se adelantó y la abrazó con firmeza.
—No hay imprudencia en la lealtad —respondió con voz baja, pero firme—. Han hecho lo que corresponde a hombres y mujeres de honor.
Se apartó apenas.
—Temí que el tiempo hiciera su labor silenciosa… que su nombre quedara reducido a un recuerdo. Pero al escucharte mencionarlo hoy me hizo sentir agradecida con la vida, al ver que no soy la única que mantiene los recuerdos de Francisco vivos.
Sus lágrimas ya no eran de duelo, sino de gratitud serena.
—Gracias por no permitir que se apague.
María Luisa la sostuvo mientras el niño dormía.
Elena besó con suavidad la frente del pequeño y luego tomó las manos de su amiga entre las suyas.
—Descansa, María Luisa. Ahora tu deber está aquí.
—Y el tuyo también —replicó ella, mirando de reojo el vientre de Elena—. No lo olvides.
Una leve sonrisa cruzó el rostro de Elena.
—No lo olvido.
Se abrazaron una vez más, sin palabras innecesarias. Entre ellas bastaban las miradas.
Crescencia aguardaba ya en el zaguán, discreta como siempre.
—¿Está listo el carruaje? —preguntó Elena.
—Sí, señora. El camino está despejado.
Elena echó un último vistazo a la estancia, a su amiga, al niño. Luego salió con paso sereno.
El aire de la tarde era tibio. Crescencia la ayudó a subir al carruaje con cuidado. Elena se acomodó, sostuvo su vientre por un instante y respiró hondo.
—Crescencia —dijo Elena mientras se cubría con el chal—, en pocos días será la misa del niño de María Luisa. Debemos comprarle un regalo para el bautizo.
—Así es, señorita —respondió Crescencia con su voz pausada—. Ya tengo preparada la lista.
—Bien —continuó Elena—. Vamos al pueblo, hagamos esas compras y regresemos cuanto antes a la hacienda. Aún tengo mucho por organizar. Solo me quedan seis meses antes de mi partida.
Crescencia la miró en silencio, con una mezcla de tristeza y resignación.
—Bien, señorita… como usted diga.
Al llegar, Elena observaba los escaparates con calma, escogiendo algunos presentes, cuando de pronto se escucharon disparos.
El primer estampido quebró el murmullo de la calle. Luego vinieron más, secos y cortantes, como látigos de fuego. La gente gritó, corrió, y Elena cayó de rodillas, protegiendo instintivamente su vientre abultado. Su espalda chocó contra las piedras del empedrado y contuvo un gemido, congelándose hasta que todo pareció detenerse.
El polvo se levantaba en remolinos, mezclado con gritos y el olor a pólvora. Entre el humo y el desconcierto, algunos hombres del pueblo corrieron hacia el centro de la calle. Elena, temblando, logró incorporarse con ayuda de Crescencia.