En cuanto llegó a la hacienda, afuera la esperaba un joven con un mensaje que traía buenas noticias desde las Provincias Unidas del Río de la Plata.
—¿Esperaste mucho tiempo? —preguntó Elena, mientras descendía del carruaje.
—No, señora, acabo de llegar hace apenas unos minutos —respondió el muchacho.
—Bien, aquí tienes algunas monedas por tu servicio —dijo Elena, depositándoselas en la mano con un gesto amable.
Al entrar, observó los alrededores de la casa, cada vez más vacía, como si la hacienda se apagara lentamente. Sintió una punzada de culpa, pero no quiso quedarse atrapada en ese sentimiento. Guardó la carta y subió directamente a su alcoba.
Se quitó los zapatos, se desprendió del vestido y se puso ropa cómoda. Luego se acomodó en la mecedora junto a la ventana y, mientras sostenía el sobre, recordó el día en que decidió escribir la carta. Era de esos días tan cansados y tediosos.
Observó a Crescencia avanzar despacio por el corredor, con su cuerpecito debilitado cumpliendo con quehaceres que ya eran demasiado para una mujer de su edad. Y aun así, seguía, sin quejarse, sin detenerse más de lo necesario. Elena, consciente de su movilidad limitada, sintió un pequeño dolor que no era físico: la incomodaba ver a la pobre Crescencia forzarse de esa manera mientras su cuerpo pronto se sentiría más pesado por los meses de gestación. Además, había tenido que despedir con penosa obligación a algunos sirvientes; cada adiós le pesaba en el pecho, aunque sabía que era lo correcto.
Recordó entonces a Aramí, su doncella india en las Provincias Unidas del Río de la Plata. La imagen de la muchacha le llegó como una idea tranquila, casi lógica en medio de aquella situación tan desesperanzadora. Decidió escribir a sus padres pidiéndoles que enviaran a Aramí para que la asistiera en California.
No mencionó en la carta la muerte de Francisco ni la de don Adolfo. Tampoco habló de las deudas, ni de la inminente ruina, ni del silencio incómodo que comenzaba a ocupar los rincones de la casa. Prefirió guardarse todo eso. No quería intranquilizar a su familia, puesto que sabía que sus abuelos ya eran demasiado mayores para enfrentar tales noticias y tenían suficiente con la pérdida de su tío y el hecho de cuidar de su viuda y sus hijas. Además, por las últimas cartas de su padre, sabía que su madre estaba delicada de salud, y no quería preocuparla ni a ella ni a su padre. Su intención era enfrentarlo sola y recién contar la verdad cuando estuviera a punto de regresar a las Provincias Unidas del Río de la Plata, cuando ya no habría forma de ocultarlo. Por ahora, sólo quería que nada se sumara al peso que ya cargaban.
Cuando al fin decidió abrir la carta, Elena sintió un alivio profundo: su familia había aprobado que Aramí viniera a California. La alegría la llenó; Aramí estaba a tres meses de llegar a San Juan Capistrano. Sin embargo, un amargo sabor la acompañaba: había imitado una carta a nombre de su suegro, imitando su caligrafía de algunas misivas antiguas que encontró entre las pertenencias de don Adolfo. Alegaba a sus padres que el difunto le había concedido el permiso para que Aramí viajara, puesto que la extrañaba demasiado y Elena no quería dejarla sola cuando se trasladaran a Santa Mónica con Francisco. Además, recordaba que su embarazo recién comenzaba y que el médico había aconsejado esperar antes de comunicarlo. Mientras recordaba estos hechos, las lágrimas se escapaban de sus ojos: mezcla de culpa y satisfacción al pensar que pronto vería un rostro conocido después de tanto tiempo.
Tras una tarde de descanso, se levantó y ayudó a Crescencia a continuar empacando. Elena observaba cómo, poco a poco, los objetos de la casa se reducían a ecos, a polvo, a ausencia.
Apoyó una mano en la baranda del corredor y aspiró profundamente. La brisa del final del día traía el olor a tierra y naranjos, tan característico del valle. Antes le parecía promesa y nuevas posibilidades; ahora se mezclaba con una nostalgia suave y persistente.
Su vientre, amplio ya por los meses de gestación, se movió apenas cuando cambió de posición, recordándole que dentro de ella aún había vida, empuje y continuidad. Una vida que no entendía de despedidas, y que, sin saberlo, la sostenía.
—La casa se está apagando… —murmuró casi sin darse cuenta.
Entró lentamente al interior. El eco de sus pasos por el corredor la sorprendió; nunca había notado cuánto ruido hacían antes otras voces, otras risas, otras conversaciones que llenaban cada rincón. Ahora, hasta su propio caminar parecía recordarle lo sola que estaba quedando.
En el salón principal, la penumbra comenzaba a expandirse. El fuego de la chimenea, que Crescencia solía encender al caer la tarde, ardía más pequeño, más débil, como si también estuviera cansado. Elena se detuvo frente a los baúles cerrados. Pasó la mano sobre uno de ellos, el que contenía los objetos de Francisco. El cuero estaba frío.
—Parece que todo se va —susurró—. Todo excepto esta casa… y yo.
La melancolía no la derrumbó; más bien la envolvió como una manta pesada, cálida por momentos, asfixiante por otros. No era tristeza pura, sino ese cansancio largo que deja el duelo cuando empieza a asentarse.
Crescencia apareció en el umbral, silenciosa como siempre.
—¿Se encuentra bien, señorita Elena? —preguntó con voz suave.
Elena tardó un instante en responder. Luego levantó el rostro, intentando sonreír, aunque el gesto le temblaba.
—Sí, Crescencia… solo que la casa se siente más grande que nunca.
La institutriz bajó la mirada, comprendiendo sin necesidad de más palabras.
—Puedo quedarme un rato con usted, si lo desea.
Elena asintió. Era lo único que necesitaba en ese momento: no conversación, no distracciones… solo la presencia de alguien que conociera su historia desde el principio, alguien que entendiera que el silencio también podía acompañar.
El silencio entre ambas se volvió cómodo, casi necesario. Movían algunos objetos en el salón, acomodaban pequeñas cosas de un sitio a otro o revisaban que todo estuviera en