Una extraña sensación la oprimía. No era llanto. Tampoco simple compasión. Era esa clase de impotencia que nace cuando la dignidad ha sido vulnerada y el mundo continúa girando como si nada hubiese ocurrido.
Miró hacia el jardín sin ver realmente nada.
Pensó en la joven que no pudo hablar… y que, aun así, encontró modo de decirlo todo.
¿Acaso no era también el silencio una forma de tejido?
Permaneció así largo rato, con el volumen reposando sobre su regazo, mientras la luz se extinguía por completo. El vaivén leve de la mecedora acompasó su respiración, ya más lenta.
El cansancio —ese aliado involuntario— terminó por rendirla.
Y allí, entre la penumbra y el murmullo distante de la noche, Elena se quedó dormida.
Mas el descanso no fue enteramente apacible.
Al poco tiempo, sus dedos se crisparon apenas sobre el volumen cerrado, como si en el sueño intentaran asir algo invisible.
Se vio en un salón vasto y vacío.
En el centro, un telar antiguo aguardaba. No había nadie más. Solo el rumor del hilo tensándose. Se acercó, y sin recordar cómo, comenzó a tejer.
Cada hebra que pasaba entre sus manos formaba palabras que no alcanzaba a leer. El tejido crecía, firme y ordenado… hasta que, de pronto, el hilo comenzó a deshacerse entre sus dedos, como si una mano invisible lo arrancara desde el otro extremo.
Entonces escuchó su nombre.
No con ternura. No con arrepentimiento.
Con autoridad.
—Elena.
Quiso alzar la vista. Quiso responder. Mas la garganta se le cerró como si una cinta invisible la oprimiera.
El telar crujió.
Y el tejido cayó al suelo, incompleto.
Despertó con una respiración entrecortada.
La estancia estaba en sombras. El libro aún reposaba sobre su falda. Durante un instante permaneció inmóvil, como si temiera que el telar siguiera allí.
Se llevó la mano al cuello, comprobando que nada la oprimía.
Nada exterior, al menos.
Se incorporó lentamente, cerró el libro con cuidado y lo dejó sobre la mesa contigua. Luego apagó la lámpara.
Cuando comenzaba a hundirse nuevamente en el sueño, un ruido seco sobre el techo la hizo abrir los ojos.
Permaneció inmóvil.
El sonido se repitió, leve pero inconfundible, como el roce de algo que se desplazaba sobre las tejas.
Elena se incorporó con cautela.
No llamó a Crescencia.
Se levantó por sí misma y tomó el candelabro antes de dirigirse hacia la puerta.
Cuando salió al patio, lo vio.
La misma figura imponente vestida de negro que había divisado semanas atrás se recortaba contra la penumbra. Descendía con agilidad desde los tejados, moviéndose con una destreza que no parecía improvisada casi fantasmagórica.
El desconocido saltó al suelo sin ruido.
Elena, al advertirlo, tomó con firmeza una de las horcas que descansaban junto a la escalera.
se detuvo en seco, sosteniendo la horca entre las manos (esa misma que se usaba para pinchar el heno, rígida y pesada, suficiente para disuadir a cualquiera). La elevó ligeramente, tensando los brazos con cuidado.
—¡Alto ahí! —exclamó, firme, pero con un temblor apenas perceptible en la voz—. ¿Pensó que, vistiéndose de negro, no lo vería? Ridículo… Supongo que creyó que la penumbra y su atuendo le permitirían colarse en esta casa sin ser advertido.
El hombre, con un saco de tela rústica negro cubriendo la cabeza, permaneció inmóvil, como evaluando la situación.
—Tenga cuidado con eso, señorita —dijo, en voz baja, con un dejo sarcástico—. Podría lastimarse… y veo que está encinta.
Elena tensó aún más el brazo, esbozando una sonrisa nerviosa, intentando aparentar más control del que sentía realmente.
—No es asunto suyo —respondió, dejando que la voz sonara firme y segura—. No logrará colarse en esta casa mientras yo esté aquí. Vuelva por donde vino, o le aseguro que esta horca se encontrará en su pecho.
El bandido asintió con calma, evaluando que la distancia era suficiente para retirarse sin riesgo, y aprovechando la oscuridad corrió hacia la pared, trepando hasta desaparecer entre las sombras de la noche.
Solo entonces Elena advirtió lo que su cuerpo había soportado.
El pulso le martillaba en los oídos y un zumbido persistente la desorientó por un instante. Las piernas le flaquearon y la horca cayó de sus manos. El valor que la había sostenido momentos antes se disipaba, dejando paso a un temblor incontrolable. Y entonces, de manera involuntaria y brutal, su cuerpo traicionó la compostura: un calor húmedo le recorrió las piernas. Se había orinado del miedo.
Un instante de vergüenza y humillación la atravesó, mezclado con un alivio extraño: ahora estaba segura de que había sobrevivido. Respiró hondo, intentando recomponerse. No despertó a Crescencia. Entró en la cocina y calentó agua, cada movimiento reafirmando su pulso y la firmeza que aún podía recuperar. Preparó un baño, y el calor del agua le permitió limpiar no solo el cuerpo, sino también recuperar algo del control que había perdido.
Pensaba mientras el vapor ascendía a su alrededor: ¿Quién era aquel hombre? ¿Qué buscaba? ¿Vigilaba la casa… o a ella? Sabía que acudir a las autoridades no era opción; el pueblo ya vivía suficientes tensiones. Su orgullo pesaba más que el temor.
Así, a pesar de la traición física de su cuerpo, se vistió con un traje verde oscuro y volvió a sentarse en la mecedora de su cuarto. El silencio parecía más espeso que antes, pero Elena lo enfrentaba con la certeza de quien ha aprendido a sobreponerse incluso en la humillación: había temido, sí, había perdido el control por un instante, pero no se había quebrado.
Decidió esperar. Y observar.
Los días pasaron después de aquella noche insólita, y Elena fingió transitar cada jornada con aparente normalidad. Sin embargo, no dejaba de pensar en aquella extraña situación,
aunque se resistía a acudir a las autoridades: temía volver a encontrarse con aquel hombre que la había ilusionado y luego la dejó manchada.