Elena

Capítulo 24

Mientras el carruaje avanzaba por los caminos de tierra, Elena cerró los ojos un instante. Por primera vez en mucho tiempo, su cabeza estaba en absoluta paz. Paz con el entorno, con la naturaleza… consigo misma.

Levantó la vista hacia el horizonte y contempló el cielo. El mismo cielo de siempre, el mismo sol que iluminaba los campos de la hacienda, el mismo perfil de montes y riachuelos. Pero aquel día todo parecía distinto: más nítido, más luminoso, casi jubilosamente vivo. Era como si el mundo entero hubiese despertado de una larga noche… y le sonriera.

Ese paisaje renovado le pertenecía. Y a la vez, le recordaba que ella también se había renovado. Sintió un calor suave en el pecho, un cosquilleo de alegría que le recorrió la

espalda. Se permitió sonreír, y por primera vez en semanas, el cansancio no la aplastaba, sino que parecía disiparse en cada respiración.

Cuando el carruaje se detuvo frente a la casona, Crescencia se apresuró a ayudarla a descender.

—Con cuidado, señorita —murmuró, sosteniéndola por el codo con la fuerza firme y cálida de siempre.

Elena caminó por el corredor de madera, escuchando el eco de sus propios pasos sobre las tablas antiguas, hasta llegar a su habitación. Apenas cruzó la puerta, se dejó caer sobre la cama, sintiendo cómo la tela gruesa del colchón absorbía su peso y cómo sus pies descansaban finalmente sobre la alfombra de lana.

—Enseguida le traigo el almuerzo, señorita —dijo Crescencia desde el umbral, con su voz recia pero protectora.

—Muy bien —respondió Elena, con una suave sonrisa—. Gracias, Crescencia. Puede retirarse.

Cuando quedó sola, los recuerdos acudieron sin permiso. Penélope apareció en su mente: la mujer que no cedía ante nadie, la que tejía de día y destejía de noche para proteger lo que amaba. Astuta, paciente, fuerte. Elena se aferró a esa imagen, recordando que su paz era también un tejido delicado que debía cuidar con manos firmes.

Respiró hondo, acariciando el vientre con una mano. La sensación cálida y ligera de su hijo moviéndose en su interior le infundió fuerza. Estaba lista para defender su vida nueva, su futuro… y a aquel pequeño ser que crecía dentro de ella.

Mientras tanto, en el cuartel, Martín llegó a toda prisa. El golpe de los cascos contra el camino de tierra levantaba nubes de polvo que se mezclaban con el olor acre del cuero y del sudor de los caballos. Bajó del caballo con un salto que hizo tropezar a uno de los cabos, que apenas tuvo tiempo de reaccionar antes de perder el equilibrio.

—¡Con cuidado, estúpido! —espetó entre dientes, con la furia chispeando en sus ojos—. ¿No ves que podrías lastimar a mi caballo?

El cabo bajó la cabeza, mudo de miedo.

—Lo siento, señor… —balbuceó, tragando saliva.

—Llévalo al corral ahora mismo —ordenó Martín, la voz filosa como un látigo—. O te mandaré fusilar inmediatamente.

El hombre obedeció, arrastrando al animal sin mirar atrás, mientras el polvo y los sonidos del cuartel volvían a sumirse en un silencio tenso.

Martín avanzó hacia la puerta del despacho y la empujó con tal fuerza que golpeó contra la pared, enviando un eco que vibró entre las vigas de madera. Cerró de un portazo y se desplomó sobre su silla, quitándose el sombrero y dejándolo caer sin cuidado. Las manos

se entrelazaron con fuerza frente a su rostro, los nudillos tensos, la mente atrapada en un torbellino.

—Tú eres mía, Elena… —susurró, un pensamiento venenoso que escapó en voz alta.

Sus ojos se perdieron en un punto indeterminado mientras la mente se llenaba de recuerdos: ¿cómo podía retenerla? ¿Cómo volver a tenerla? ¿Cómo obligarla a ser suya otra vez?

Apretó los dientes.

—Haré que no puedas arrancarme de tu cabeza ni de tu corazón jamás… —cada palabra era una promesa. Una amenaza.

Mientras Martín seguía allí, encerrado con sus demonios, un recuerdo lo atravesó como un disparo: la primera vez que la vio, aquella fiesta en casa de su prima, lámparas encendidas, música y risas por todos los salones. Y ella… brillando más que cualquier joya.

El vestido rojo abrazaba su figura con elegancia, el collar de zafiros rozando su cuello como un cielo nocturno atrapado en gemas, y esa sonrisa… Dios, esa sonrisa. Cuando bailó con ella, el mundo desapareció. Conversaron, rieron, se contaron historias como si se conocieran de toda la vida. Recordó el instante de despedirse: ella bajando las escaleras, él quieto en el umbral, deseando que la noche no terminara nunca.

Luego llegó el segundo encuentro: el puerto, el aroma a café recién molido, el viento del mar jugando con el borde de su mantilla blanca, el cabello recogido a la mitad dejando ver la línea suave del cuello. El vestido verde esmeralda brillando con la luz del sol de la tarde. Cada detalle seguía vivo en su memoria, como una herida abierta que no cerraba.

Martín recordaba cada gesto de Elena como si la luz la persiguiera a propósito, resaltando cada movimiento suyo. Rememoró cómo la observó desde lejos antes de atreverse a acercarse, la sonrisa que le dedicó apenas lo reconoció, la conversación ligera y dulce que los unía sin esfuerzo. Incluso la compañía silenciosa de aquella joven india que siempre la cuidaba permanecía viva en su memoria.

Y luego vinieron los recuerdos más ardientes, aquellos que guardaba con obsesión: la noche en que se entregaron por completo, sus cuerpos enlazados, el calor y el sudor mezclados, las caricias de Elena, sus dedos deslizándose sobre la piel tersa y cálida. Los cabellos de Elena pegados a su cuerpo, húmedos por la pasión, lo hacían estremecerse de nuevo. La nostalgia se volvía rabia, la rabia se volvía obsesión.

—Elena… —susurró casi sin aire—. No vas a desaparecer de mí. No otra vez.

Sus dedos se crisparon sobre el escritorio, aferrándose a los recuerdos que se le escapaban como arena entre los dedos. Cada imagen de ella bailando, sonriendo, mirándolo sin miedo lo hundía más en su obsesión retorcida de recuperarla, de poseerla como antes.




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