Fue en una de esas tardes lluviosas, cuando el cielo parecía no tener intención de aclarar, que llegó María Luisa, cargando en brazos a su pequeño hijo envuelto en una manta gruesa. El sonido de las ruedas del carruaje deteniéndose sobre el barro alertó a Elena antes de que tocaran a la puerta.
Detrás de María Luisa venía Rosario, sosteniendo el borde de su falda para no mancharla con el lodo del patio.
Elena las recibió en el umbral. La luz gris de la tarde perfilaba sus rostros y el aroma a tierra mojada se colaba en el interior de la casa.
—Bienvenidas, señoras —dijo con una sonrisa breve, sincera pero cansada.
—Gracias, Elena —respondieron ambas con calidez—. Vinimos a visitarte, a saber cómo estabas… y si necesitabas algo. Ya estás tan cerca de tener a tu niño, y no has vuelto a contactarnos desde la última vez que nos vimos.
Elena se acomodó el cabello tras la oreja, un gesto pequeño que delataba su incomodidad más que cualquier palabra. Su mano descendió casi instintivamente hasta su vientre.
—No quería molestar —susurró—. Pero estoy bien, de verdad. Ahora solo sigo empacando. En cinco meses regresaré a las Provincias Unidas del Río de la Plata, así que debo apresurarme.
Miró alrededor. Las paredes comenzaban a verse desnudas. Algunas cajas apiladas contra el corredor, muebles cubiertos con telas claras, cajones abiertos mostrando recuerdos a medio guardar.
—Esta panza no me deja hacer demasiado —añadió con una leve sonrisa, intentando restarle peso a lo evidente—. Y Crescencia ya está grande para tantos esfuerzos. Pero vamos bien… la casa ya casi está vacía. Preferimos estar tranquilas, no importunar a nadie.
Rosario intercambió una mirada con María Luisa. No era molestia lo que veían en Elena. Era aislamiento.El pequeño volvió a balbucear en brazos de María Luisa mientras la lluvia golpeaba suavemente los ventanales. Elena levantó su taza y tomó un sorbo de café caliente.
Rosario, que parecía tener siempre alguna novedad en la punta de la lengua, miró a su amiga con una sonrisa curiosa.
—Ah, por cierto… ¿se enteraron de lo del nuevo comandante interino de San Capistrano?
Elena, que en ese preciso instante estaba bebiendo, se atragantó con el café. Tosió de repente, llevándose una mano al pecho.
—¡Elena! —exclamó María Luisa, inclinándose hacia ella—. ¿Estás bien?
Elena asintió rápidamente mientras intentaba recuperar el aliento. Sus dedos se cerraron alrededor de la taza.
—Sí… sí, estoy bien —dijo al fin—. Solo bebí demasiado rápido.
María Luisa aguardó un instante, observándola con cierta preocupación. Cuando vio que Elena volvía a respirar con normalidad, Rosario retomó la conversación.
—Bueno… ¿qué es lo que dicen?
María Luisa bajó un poco la voz, como quien comparte un secreto.
—Pues, según cuentan las malas lenguas… el comandante dejó a su esposa en España.
Rosario alzó las cejas.
—¿Cómo así?
Elena no levantó la mirada de su taza. Con la uña del pulgar comenzó a recorrer distraídamente el borde de la porcelana.
—Al parecer no quiso traerla —continuó María Luisa—. Dicen que no se llevan nada bien.
—Vaya… —murmuró Rosario.
—Y hay más. Mi esposo escuchó en la taberna que el comandante no puede olvidar a un antiguo amor que tuvo hace años. Parece que por eso su matrimonio es un desastre.
Rosario se llevó una mano a la boca.
—¡Santo cielo!
Elena permaneció inmóvil. Solo el leve temblor de sus dedos delataba que la taza ya no estaba tan firme en sus manos.
—Sí —prosiguió María Luisa—. Dicen que su esposa incluso le rogó varias veces que la trajera con él a California… pero él se negó. Le dijo que vendría cuando él lo dispusiera.
—Pobre mujer… —murmuró Rosario.
—Y para colmo, parece que ella no puede tener hijos.
—¿De verdad?
—Eso dicen. Según cuentan, se llevan peor que perros y gatos.
Elena dejó la taza sobre la mesa con un movimiento muy cuidadoso, casi demasiado lento.
Afuera la lluvia seguía cayendo con paciencia infinita.
—¿Y cómo se enteró tu esposo de todo eso? —preguntó Rosario.
María Luisa sonrió con picardía.
—Porque el otro día en la taberna el comandante bebió más de la cuenta… y ya sabes cómo son los hombres cuando el vino les suelta la lengua.
Rosario soltó una breve risa.
—Vaya… las cosas que se enteran los hombres.
Elena no dijo nada.
Solo volvió la vista hacia la ventana, observando cómo la lluvia resbalaba por el vidrio, como si el cielo mismo quisiera borrar algo que el tiempo se empeñaba en traer de regreso.
Elena sonrió y pudo sentir cómo las tensiones se dispersaban un poco. Ya no se sentía tan incómoda.
María Luisa observó el vientre de Elena con una ternura casi maternal.
—A juzgar por el tamaño de esa panza, ese niño no tardará en anunciar su llegada.
Rosario rió suavemente.
—Sí, y seguro será un muchacho fuerte. Mira cómo se mueve.
Elena bajó la mirada hacia su vientre justo cuando el bebé se agitó levemente. Instintivamente apoyó una mano sobre él.
—Parece que quiere participar de la conversación —dijo con una pequeña sonrisa.
—Eso es buena señal —comentó María Luisa—. Los niños que se mueven así nacen con carácter.
—Pues espero que también tenga paciencia —añadió Elena con humor—, porque su madre aún tiene mucho que aprender.
Las tres rieron con suavidad, y el ambiente volvió a llenarse de esa calidez sencilla que solo nace entre mujeres que comparten confidencias.
Fue entonces cuando María Luisa acomodó a su pequeño en brazos y se puso de pie.
—Bueno, Elena… creo que ya hemos abusado bastante de tu hospitalidad.
Elena se levantó, apoyando una mano sobre su vientre y respirando hondo, sintiendo el leve temblor de la emoción mezclado con la humedad de la lluvia que golpeaba los ventanales.
—Gracias por venir —murmuró, con sinceridad—. Me alegra haberlas tenido aquí.