Mientras el carruaje avanzaba por los caminos de tierra, Elena cerró los ojos un instante. Por primera vez en mucho tiempo, su cabeza estaba en absoluta paz. Paz con el entorno, con la naturaleza… consigo misma.
Levantó la vista hacia el horizonte y contempló el cielo. El mismo cielo de siempre, el mismo sol que iluminaba los campos de la hacienda, el mismo perfil de montes y riachuelos. Pero aquel día todo parecía distinto: más nítido, más luminoso, casi jubilosamente vivo. Era como si el mundo entero hubiese despertado de una larga noche… y le sonriera.
Ese paisaje renovado le pertenecía. Y a la vez, le recordaba que ella también se había renovado. Sintió un calor suave en el pecho y se permitió sonreír. Por primera vez en semanas, el cansancio no la aplastaba.
Cuando el carruaje se detuvo frente a la casona, Crescencia se apresuró a ayudarla a descender.
—Con cuidado, señorita —murmuró, sosteniéndola por el codo con la firmeza cálida de siempre.
Elena caminó por el corredor de madera hasta llegar a su habitación. Apenas cruzó la puerta, se dejó caer sobre la cama.
—Enseguida le traigo el almuerzo, señorita —dijo Crescencia desde el umbral.
—Muy bien. Gracias, Crescencia. Puede retirarse.
Cuando quedó sola, los recuerdos acudieron sin permiso. Penélope apareció en su mente: la mujer que tejía de día y destejía de noche para proteger aquello que amaba. Astuta, paciente, fuerte.
Elena respiró hondo y apoyó una mano sobre el vientre. El leve movimiento de su hijo le infundió una serenidad nueva.
Estaba lista para defender su vida, su futuro… y a aquel pequeño ser que crecía dentro de ella.
Mientras tanto, en el cuartel, el golpe de los cascos contra el camino levantaba polvo mientras Martín desmontaba con violencia.
—¡Con cuidado, estúpido! —espetó al cabo que casi tropezó con el caballo—. ¿No ves que podrías lastimarlo?
El hombre bajó la cabeza de inmediato.
—Lo siento, señor…
—Llévalo al corral ahora mismo.
Martín avanzó hacia el despacho y empujó la puerta con brusquedad. Cerró de un portazo y se desplomó sobre la silla.
—Tú eres mía, Elena… —susurró.
Sus ojos se perdieron en un punto indefinido mientras los recuerdos comenzaban a cercarlo.
Recordó la primera vez que la vio, aquella fiesta iluminada por lámparas y música. El vestido rojo abrazando su figura, el collar de zafiros brillando sobre su cuello, aquella sonrisa capaz de borrar todo lo demás.
Luego recordó el puerto, el aroma a café recién molido, el viento jugando con el borde de su mantilla blanca y el vestido verde esmeralda moviéndose bajo el sol de la tarde.
Cada detalle seguía vivo dentro de él.
Y después llegaron los recuerdos más peligrosos: la intimidad compartida, las noches en las que Elena lo había amado sin reservas, el calor de sus caricias, los susurros, la cercanía de sus cuerpos.
La nostalgia terminó convirtiéndose en obsesión.
—Elena… —murmuró con la voz rota—. No vas a desaparecer de mí.
Mientras tanto, en la hacienda, Elena buscaba refugio en la lectura. Se acomodó en la mecedora y abrió Las Metamorfosis de Ovidio.
El capítulo hablaba de Narciso y Eco.
Entonces escuchó la lluvia.
Después de tanto tiempo, el cielo de California finalmente se abría. Las gotas golpeaban con fuerza los tejados y los ventanales, mientras el perfume de tierra mojada invadía la habitación.
Elena observó a Crescencia correr por el patio recogiendo la ropa de los tendederos.
Volvió a sentarse.
La historia de Eco y Narciso comenzó a mezclarse con sus propios recuerdos.
Ella también había amado sin ser correspondida.
La traición de Martín y la pérdida de su primer hijo parecían resonar en cada página.
Las lágrimas comenzaron a deslizarse por sus mejillas.
Cuando recordó las promesas de Martín, sus besos y sus juramentos vacíos, una náusea violenta la obligó a cerrar el libro.
Corrió hacia la vacinica y vomitó varias veces.
Luego permaneció inclinada sobre la palangana, respirando con dificultad.
—Me abandonaste… —susurró con rabia contenida—. ¿Y todavía pretende vivir dentro de mi memoria?
Se lavó el rostro y guardó el libro.
Después volvió a la mecedora y se cubrió con la manta de lana.
Permaneció un largo rato allí, dejando que los pensamientos feos la invadieran, que la memoria jugara con la imagen de Martín y su traición.
Finalmente, el cansancio, ese aliado silencioso, la venció.
Esa noche soñó nuevamente con las Provincias Unidas del Río de la Plata.
Con Martín.
Con la pérdida de su hijo.
Veía la sangre entre sus dedos mientras una voz repetía:
—El niño se ha ido… no pudimos retenerlo.
El dolor era insoportable.
—¡Mi hijo! —gritó desesperada.
Despertó sobresaltada.
Las lágrimas corrían por su rostro mientras llevaba las manos al vientre y comprobaba que el bebé seguía allí.
Vivo.
La puerta se abrió de golpe.
—¡Señora! ¿Está bien? —preguntó Crescencia alarmada.
—Sí… solo fue un mal sueño.
Crescencia la abrazó suavemente.
—Vamos, señora. El desayuno ya está listo.
Los días siguientes transcurrieron bajo la lluvia.
Elena permaneció dentro de la hacienda ordenando armarios, doblando ropa del bebé, leyendo, bordando y ayudando a Crescencia.
La calma de aquellos días parecía frágil, pero real.
Fue en una de esas tardes lluviosas cuando llegaron María Luisa y Rosario.
El sonido del carruaje sobre el barro alertó a Elena antes de que tocaran la puerta.
Las recibió en el umbral con una sonrisa cansada.
—Vinimos a visitarte —dijo María Luisa—. Ya falta poco para que nazca tu niño.
Elena acomodó un mechón de cabello detrás de la oreja.
—Ahora solo sigo empacando. En cinco meses regresaré a las Provincias Unidas del Río de la Plata.
Miró las cajas acumuladas en los rincones.