La lluvia no había cesado cuando el carruaje llegó a la hacienda.
Al descender, Elena casi perdió el equilibrio.
Crescencia, que había salido al oír el carruaje, corrió hacia ella. Pero al verla de cerca, se quedó helada: el rostro de Elena estaba pálido como la cera, y sus manos temblorosas estaban manchadas de humedad y… sangre.
—¡Señorita! ¡Ay, santo Dios! —gritó Crescencia—. ¡Está en labor… el niño viene!
—No… no puedo más… —balbuceó Elena, doblándose sobre sí misma.
—¡Pascual! ¡A buscar a la matrona, ya! ¡Rápido! —ordenó Crescencia.
—¡Sí, señora! —respondió el cochero, y salió disparado bajo la lluvia.
Dentro de la casa, Crescencia sostenía a Elena como podía. La llevó a su cuarto mientras los gemidos de dolor se volvían cada vez más intensos.
—Señora… todavía no es tiempo… —dijo angustiada—. Es un parto muy anticipado… es peligroso para usted y para el niño.
Elena apretó la mano de Crescencia, con los ojos llenos de un único y desesperado ruego.
—Por favor… —jadeó—. Salven a mi hijo. Yo no importo… salven a mi bebé… por favor…
El siguiente grito se perdió en el estruendo de un trueno que sacudió toda la hacienda.
En la habitación, Elena gritaba desgarradoramente. El miedo le oprimía el pecho. Las contracciones se sucedían cada vez con más fuerza; era evidente que la criatura quería nacer.
Entre lágrimas y gemidos sentía un dolor abrasador entre las caderas. Las piernas comenzaban a entumecérsele y la fuerza parecía abandonarla poco a poco.
La cabeza le daba vueltas.
Elena apenas lograba mantenerse consciente.
—¡La matrona! —gritó Elena, aterrorizada—. ¿Dónde está? Ya debería estar aquí…
Crescencia le habló con voz temblorosa, procurando transmitir calma, aunque ella misma estaba presa de los nervios:
—Tranquila, señorita… yo la comprendo, señora, la comprendo… pero debe sosiegarse. Recuerde que está lloviendo con fuerza y no hace mucho que Pascual fue a buscar a la matrona.
Elena, asustada, con lágrimas inundándole los ojos, suplicaba entre gemidos:
—Por favor, Crescencia… ayúdeme… no puedo más… Este dolor es insoportable…
Sus gritos se mezclaban con el estallido de los truenos, que resonaban en toda la hacienda.
Cuando por fin llegó la matrona, Elena estaba ya al límite: exhausta, mareada, apenas sostenida por la fuerza de la desesperación.
María Pané —la matrona india de la misión, cuyo nombre en la lengua de su pueblo significaba “lugar junto al agua”— se acercó con paso firme. Su rostro curtido por los años apenas mostró emoción mientras apartaba las mantas y alzaba con rapidez la falda de Elena.
Pero al ver la sangre que corría por sus piernas, sus ojos se abrieron con alarma.
—¡Esto no es cosa buena! —exclamó con gravedad.
—¡Dios mío! ¿Qué hacemos? —dijo Crescencia con la voz quebrada.
La habitación giraba lentamente a su alrededor y Elena apenas lograba escuchar las voces.
—¡Vaya y ponga agua a hervir! —ordenó con firmeza María Pané—. ¡Prepare paños… y tráigame una navaja bien afilada!
—¡Sí… sí, señora! —respondió Crescencia con premura—. Traigo una navaja bien afilada y una botella de alcohol.
Y salió casi corriendo a cumplir lo que la matrona había ordenado.
Mientras tanto, la sangre en las piernas de Elena no dejaba de fluir y el olor metálico llenaba la habitación. La matrona respiró hondo, se arremangó las mangas y le habló a Elena mirándola directamente a los ojos:
—Elena. Mira mi cara.
Sé fuerte por tu hijo. El niño quiere nacer.
Haz fuerza. Yo te ayudo.
—Está… bien… —jadeó Elena, con voz casi apagada.
—Toma —dijo María Pané—. Te daré este paño para que lo muerdas. Apriétalo con fuerza… te ayudará a contener el dolor.
—De… acuerdo —susurró Elena.
Abrió la boca y la matrona metió el paño entre sus dientes. El tejido sabía a humedad, a algo viejo y a desesperación.
Luego, María Pané sacó una pequeña botellita de aceite que llevaba consigo y lo untó con cuidado entre los muslos de Elena.
—Así saldrá mejor.
—Ahora. Fuerza. ¡Puja!
Elena gritó con más fuerza, con todas las lágrimas y el aire que le quedaban. El dolor era tan profundo que parecía partirla en dos. Aun así, siguió empujando… siguió luchando.
Durante dos o tres horas que parecieron eternas —como si el tiempo hubiese dejado de existir—, el llanto de Elena y sus jadeos llenaron el cuarto.
Una contracción más.
Luego otra.
Elena gritó con lo último de su fuerza.
Y entonces…
nació.
Un instante de silencio.
Un vacío absoluto.
Y entonces, el llanto.
Un llanto fuerte, vivo, desgarrado.
María Pané le dio unas palmadas, y la criatura respondió con más fuerza.
—¡Es una niña! —anunció la matrona.
Elena, al escuchar aquello, simplemente se dejó caer contra las sábanas. Sonrió cansada… y su cuerpo se abandonó al agotamiento.
—Crescencia, toma… llévala y lávala. Necesito hacer volver en sí a la madre —ordenó María Pané con urgencia.
Le untó menta en la nariz a Elena y la sacudió un poco.
—¡Despierte, señorita! ¡Despierte! ¡Vamos! ¡Despierte por su hija, señora! ¡Vamos! ¡Usted puede! ¡Abra los ojos! —imploraba.
Pero el vientre de Elena seguía soltando sangre, interminable, amenazante.
La matrona corrió a la cocina y gritó:
—¡Crescencia, cuide de la señora!
—De acuerdo —respondió ella, mientras sostenía entre sus brazos a la niña envuelta en un paño verde, su llanto suave haciéndose cada vez más fuerte.
Cuando María Pané llegó a la cocina, sacó de su bolsa unas hierbas: hierba mansa y encino. Las mezcló en una olla y preparó una infusión humeante, amarga y espesa. El aroma terroso llenó el aire.
Luego volvió con rapidez. Empapó un paño en la mezcla caliente y lo aplicó sobre Elena, presionando con firmeza para intentar detener la hemorragia.
Durante largo rato colocó compresas de hierba mansa y encino, una tras otra.