Elena

Capítulo 28

Los días que siguieron fueron de fiebre y debilidad.

Elena se desvanecía por momentos y apenas tenía fuerzas. Su cuerpo, herido y exhausto, luchaba lentamente por sanar.

Cuando por fin volvió en sí, no abrió los ojos de inmediato.

Primero percibió el olor tenue de hierbas y aceite, mezclado con el aroma tibio del café recién hecho. Luego sintió el peso áspero de las sábanas contra su piel y el leve ardor que recorría su cuerpo cansado.

A lo lejos escuchó voces bajas, murmurando con cautela, y el suave crujido de la madera de la casa al asentarse con la brisa de la mañana.

Entonces abrió los ojos.

La luz pálida del alba se filtraba por la ventana entornada, y los cortinajes se mecían suavemente con el aire fresco que entraba desde el patio.

Tardó un instante en enfocar la mirada. Frente a ella estaban el doctor y María Pané —la matrona indígena—. Los rostros de ambos se iluminaron al verla despertar.

Elena tardó un momento en comprender dónde estaba. Su respiración era débil, pero su mirada comenzó a buscar algo con urgencia.

—¿Mi hija…? —preguntó apenas, con un hilo de voz.

María Pané sonrió con serenidad.

—Está viva —dijo—. Está fuerte.

Los ojos de Elena se llenaron de lágrimas.

—Muchas gracias… muchas gracias, María Pané… —susurró conmovida—. Me salvaste a mí y a mi hija. ¿Cómo podré pagarte?

—Tranquila, hija —respondió la matrona con dulzura—. Solo hice lo que debía. No se aflija por eso.

—Además —añadió—, quien logró mantenerla a salvo y ayudarla a volver en sí fue el doctor.

—No, no —replicó el doctor con modestia—. No debe quitarse el mérito. Ha hecho usted un gran trabajo con esta mujer. La felicito.

Luego se dirigió a Elena con tono profesional.

—Durante estos días deberá guardar cama. Descansar y recobrar fuerzas. Está muy débil y ha perdido mucha sangre. Necesitará ayuda y cuidados. Con las medicinas que he dejado indicadas a Crescencia, en pocos días comenzará a recobrar las fuerzas.

El doctor hizo una breve pausa. Bajó un poco la mirada y luego la alzó nuevamente, con un tono más serio y respetuoso.

—Lo que sí, señora Elena… hay algo que debo decirle. Lamento comunicarle que su vientre ha quedado muy lastimado. La hemorragia fue grave y el parto demasiado anticipado. No podrá volver a tener hijos. Por eso deberá cuidarse y… procurar conservar la salud que le ha quedado.

Elena lo escuchó sin pronunciar palabra.

Sintió un leve temblor en el pecho, pero permaneció en silencio. Volvió lentamente la mirada hacia la ventana entornada, donde la luz suave del amanecer comenzaba a llenar la habitación. Los cortinajes se agitaban levemente con la brisa fresca de la mañana.

Suspiró.

Ya no llovía. Todo estaba en calma, como si el mundo también hubiese aguardado a que la tormenta pasara.

—Bien —prosiguió el doctor, recuperando su tono formal—. Si no hay nada más… me retiro, señora. Que tenga un buen día. Y si llegara a necesitarme, o si ocurre algo inesperado, mándenme llamar. Estaré al tanto.

Cuando el doctor salió de la habitación, el silencio volvió a posarse en la casa.

Crescencia se acercó a la cama con un pequeño bulto envuelto en un paño.

—Aquí está, señora… —dijo en voz baja.

Elena contuvo el aliento.

La niña dormía profundamente, con el rostro sonrosado y diminuto. Un mechón oscuro asomaba bajo el paño que la envolvía.

Con manos aún débiles, Elena la recibió en brazos. El cuerpecito era tibio y ligero contra su pecho, y su respiración suave apenas rozaba la piel de Elena.

La contempló largo rato, como si quisiera aprenderse cada rasgo.

Entonces la pequeña se movió un poco. Sus diminutos dedos se cerraron torpemente alrededor del dedo de Elena.

Aquel gesto simple le hizo estremecer el corazón.

Elena bajó la mirada hacia el rostro de la niña: la curva delicada de la frente, la sombra oscura del cabello, la forma de la boca.

Una sonrisa frágil se dibujó en su rostro mientras las lágrimas, todavía tibias, le surcaban las mejillas.

—Se parece demasiado a Francisco… —murmuró.

Crescencia, que había permanecido a su lado, preguntó con suavidad:

—¿Y, señora… cómo piensa llamar a la niña?

Elena no respondió de inmediato.

Bajó la mirada hacia el pequeño rostro rosado que dormía en sus brazos. La niña respiraba suavemente, ajena a todo, con una tranquilidad que parecía envolver también a su madre.

Elena acarició con el pulgar la diminuta mano de la bebé.

Luego habló, en voz baja.

—Penélope —dijo al fin.

—Un nombre muy hermoso, señorita —respondió Crescencia con una sonrisa.

Elena acarició la diminuta mano de la niña.

—Como la esposa de Ulises. Una mujer fiel y fuerte... Y espero que mi hija también sepa tejer su propio destino.

Crescencia la observó con admiración.

—Entonces ya tiene un destino pensado para ella.

Y Elena responder:

—No. Solo deseo que pueda elegir el suyo.

Elena cerró los ojos un instante y apoyó a Penélope contra su pecho. El calor diminuto del cuerpecito se sentía como una pequeña llama viva entre sus brazos.

Y por primera vez desde que perdió a Francisco, sintió que el futuro todavía podía guardar algo hermoso.

Al día siguiente, al despuntar el alba, Elena despertó sobresaltada. Los últimos vestigios del sueño se disolvían con lentitud, dejando un eco confuso: la terraza, un libro abierto, la luz que se colaba entre las cortinas… y la sensación de que alguien la observaba.

Recordó apenas, como a través de un velo, la presencia de Francisco. Lo vio incorporarse lentamente, abrir la ventana, descorrer las cortinas y acercarse a ella. Entonces una voz firme, profunda, resonó en su mente:

—Creí que partir bastaría para dejarte… pero hay cosas que ni la muerte consigue arrancar.

El beso, apenas sentido, la hizo estremecer, y luego… nada. La figura se desvaneció con el viento que entraba por la ventana abierta, dejando apenas un soplo de perfume, un rastro efímero que la confundió y la hizo dudar.




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