Elena

Capítulo 31

Que opinas de este capítulo?Había pasado apenas una semana desde aquel día en que Penélope cumplió su primer mes. En la misión de San Capistrano, se celebraba su bautizo bajo la solemne mirada del padre Tomás. Los rayos del sol atravesaban los vitrales y el murmullo de las oraciones llenaba la iglesia, mientras Elena sostenía a su pequeña en brazos, el corazón lleno de un orgullo contenido y de una ternura que apenas podía expresar.
La ceremonia concluyó y Elena salió con Penélope envuelta en mantos suaves, acompañada de María Luisa y Rosario, quienes, con devoción y alegría, la rodeaban. Algunos peregrinos de la misión se acercaron a mirar, pero la gran mayoría se mantuvo a distancia; Elena, mestiza y viuda, despertaba respeto y cierta reserva entre ellos. Sin embargo, las madrinas de la niña permanecieron cerca en todo momento, asegurándose de que Penélope estuviera segura y confortable en sus brazos diminutos.
Una vez hechas las despedidas, cada una regresó a su hogar. Al llegar a la hacienda, Elena dejó caer el pesado vestido y los zapatos, dejando que sus pies tocaran el suelo con alivio. Se acomodó en la mecedora, meciendo suavemente el moisés de Penélope mientras abría un libro que Francisco le había dejado años atrás: Romeo y Julieta, escrito en francés. La lectura era un refugio, un pequeño santuario de calma, y mientras leía, la tranquilidad parecía abrazarla, acompañada del suave vaivén de la mecedora.
Pero aquella paz, tan preciada, no duraría mucho. Esa misma tarde, en el puerto de San Capistrano, un navío se aproximaba a la costa. Entre las brumas del mar, emergió la figura de una dama distinguida, vestida con un aire de autoridad y misterio. Era la señora que muchos conocían como la mujer de Martín, recién llegada desde Zorreguí, y su arribo anunciaba que algo iba a romper la serenidad de la tarde, algo que cambiaría para siempre el rumbo de Elena.
En el cuartel, Martín Anzorreguy daba órdenes con precisión y firmeza, su voz cortando el aire mientras los soldados se movían a su alrededor con disciplina. De pronto, una voz se alzó entre los murmullos de la tropa, clara, familiar… inconfundible.
Martín se giró con el corazón tenso y, al instante, sus ojos se encontraron con los de una mujer. La ira brillaba en ellos, intensa y fulminante. Allí estaba ella: Doña Isabel de Anzorreguy. Sin pensarlo, se lanzó hacia él con intención de abrazarlo, pero él levantó la mano, deteniendo su avance con firmeza. El puño de Martín se apretó, la vena en la sien inflamada, y con voz profunda y contenida, le dijo:
—¿Qué haces aquí?
Isabel, desconcertada, dio un paso atrás, intentando recomponerse. Con una sonrisa fingida y voz entrecortada, respondió:
—Vine hasta aquí… porque quería darte una sorpresa. Hace un año y dos meses que no nos vemos… desde que partiste de España y llegaste a San Capistrano… y quería darte… una sorpresa.
Martín, con la mano aún firme frenando cualquier acercamiento, la miró con fría severidad:
—¿Quién te dio permiso de venir? ¿Acaso yo pedí que vinieras?
—No… —murmuró Isabel, bajando ligeramente la mirada, tratando de sostener un ápice de dignidad, aunque la voz le temblaba.
Martín se dio la vuelta, ignorándola, y señaló hacia la puerta de su despacho:
—Vamos. Entremos ahora mismo.
Isabel lo siguió, bajando la cabeza y conteniendo el orgullo, mientras entraban y cerraban la puerta tras ellos. Una vez solos, Martín la miró con intensidad y dijo, con voz que no admitía réplica:
—Esto es lo que va a suceder. En dos semanas, un barco zarpa de regreso hacia España. Lo tomarás, lo abordarás y regresarás a Valencia.
—No —dijo Isabel, con voz firme y decidida—. Tú eres mi esposo. ¿Qué tiene de malo que viva contigo aquí? ¿Acaso te parece normal que yo esté allá en Valencia mientras tú permaneces aquí? Después de todo… tenemos un matrimonio.
Martín la fulminó con la mirada, la voz cargada de reproche:
—Eso debiste pensarlo cuando tu familia me obligó a casarme contigo. Sabías que mi corazón pertenecía a otra. Y aun así seguiste adelante. Eso jamás voy a perdonártelo.
Isabel quiso replicar, pero él levantó la mano, firme, y la detuvo:
—No voy a permitir que te quedes aquí. Muy bien… muy bien sabes que no estoy enamorado de ti, que no te deseo, y que no estoy enamorado de ti, no te deseo y no puedo soportar tu presencia.
Las lágrimas comenzaron a surcar el rostro de Isabel. Con voz temblorosa, trató de mantenerse:
—Aun así, ya hemos consumado el matrimonio. Y ese hermoso cargo de comandante interino lo tienes gracias a las influencias de mi familia. Así que no te las des de superior ante mí. No olvides que sin mi familia no habrías llegado a este puesto.
Martín la miró con una sonrisa sarcástica y fría:
—Sin ti sería el hombre más feliz de la tierra. Estaría en brazos de la mujer que amo… de aquella mujer que es mi obsesión. Tú no eres más que una enorme viga en mi ojo.
Martín hizo una pausa, la respiración controlada, la mirada fija en Isabel. Esbozó una sonrisa breve, casi burlona, y luego replicó con voz firme y cortante:
——¿Y alegas que ya hemos consumado el matrimonio? Yo fui suyo antes que tuyo. Ella fue la única mujer a quien me entregué de verdad. Llevo grabado en mi piel el calor de la suya. Le pertenezco a ella… y jamás te admitiré como mía.
—¿Y eso qué? —respondió Isabel, con voz más firme, tratando de imponerse—. Nosotros nos conocemos desde la infancia. —Sabes que, si no hubiese ocurrido lo de las Provincias Unidas del Río de la Plata en 1816, si nos hubiésemos casado, hubiésemos seguido compartiendo casa… hubiésemos seguido siendo cercanos. Ella apareció años y años después. Así que tú fuiste mío antes que de ella.
Martín la fulminó con la mirada, conteniendo la rabia, y replicó:

—¡Claro que no! ¿Qué tiene que ver un lazo de infancia? Mi amor, mi corazón, mi vida le pertenece a Elena —dijo, sin poder contenerse—. Entiende que no voy a tocarte, entiende que no voy a amarte, entiende que jamás te aceptaré como mi esposa. Lamentablemente tuve que sucumbir ante este matrimonio… a tus garras y a las de tu familia, por presión, por amenaza. ¿Que simplemente porque tú eras su hija amada, yo debía tratarte igual que ellos te trataban? ¿También debía considerarte un tesoro para mí? ¡Claro que no!
—Mira, Martín —dijo finalmente Isabel, alzando la voz, procurando imponerse—. Dijiste que estaba demasiado entrada en carnes… que debía adelgazar, y lo hice. Tomé esos remedios para purgar el cuerpo… pasé días enteros enferma, todo por complacerte.
Hizo una breve pausa, conteniendo el temblor de su voz.
—Luego dijiste que era tosca. Tomé lecciones de trato y compostura… por complacerte. Dijiste que no era de tu agrado mi manera de vestir… y mandé a hacer vestidos con los mejores modistas.
Su respiración se volvió más agitada.
—Y cuando aún así no te bastó, cuando dijiste que mi cintura seguía siendo ancha… apreté mi cuerpo en un corsé hasta no poder apenas respirar.
Lo miró, herida, pero firme.
—Y al final… te quejaste de que soy estéril.
Un silencio breve, cargado.
—Dime, entonces… ¿qué más he de hacer para complacerte?
Martín la observó con dureza. Por un instante, algo parecido a la compasión cruzó su mirada. Alzó la mano y posó los dedos sobre el ceño fruncido de Isabel, como quien intenta —sin lograrlo— apaciguar una tormenta que ya es tarde para detener.
—Yo jamás te pedí tales cosas —dijo al fin, con voz grave—. Lo hiciste por tu propia voluntad. Yo siempre fui claro contigo. Siempre te hablé de frente. Te dije que amaba a Elena… y no a ti.
Su voz se tensó, cargándose de una ira vieja.
—Te lo dije… te lo supliqué, incluso. Te pedí que me dejaras volver con ella.
Retiró la mano con brusquedad.
—¿Y tú qué hiciste? Me amenazaste. Me sometiste. Me obligaste. Moviste a tu familia contra mí… y fueron ellos quienes me doblegaron.
Apretó la mandíbula.
—Me hicieron pagar con golpes… y me forzaron a casarme contigo.
Dentro del despacho, el silencio se hizo espeso, casi irrespirable. Ninguno de los dos habló por un instante. Isabel, con el rostro aún húmedo, bajó la mirada… pero en el fondo de sus ojos comenzaba a encenderse algo distinto, más frío, más calculado.




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