Elena

Capítulo 32

Aquella mañana, en el pueblo, Elena salió en busca de aceites, perfumes y jabones para la pequeña Penélope… y fue entonces cuando conoció a doña Isabel.

Iba en compañía de Rosario y María Luisa.

A cierta distancia, entre los puestos, Doña Isabel de Anzorreguy ya la había divisado.

La observaba sin prisa.

Y aquello que vio no dejó de causarle impresión.

Elena no era de aquellas mujeres que buscaban llamar la atención, pero había en su figura una armonía natural que no pasaba desapercibida. Su porte, sencillo pero

firme, dejaba ver una silueta bien formada, de cintura definida y movimientos suaves, casi serenos.

Su rostro, de facciones delicadas y expresión apacible, tenía esa dulzura que no es debilidad, sino temple contenido. Sus ojos, vivos y claros, guardaban más de lo que mostraban, y en ellos se adivinaba tanto la ternura como una pena antigua.

El cabello, oscuro y suelto, caía con naturalidad sobre sus hombros, enmarcando su semblante con una sencillez que realzaba, más que ocultar, su belleza.

No era una belleza destinada a reclamar miradas.

Era de esas que se descubren… y se recuerdan.

Isabel la midió en silencio.

Aquella era la mujer.

Aquella era la mujer por quien un hombre había llegado a desafiar cuanto se le había impuesto.

Y entonces… Elena alzó la mirada.

Sus ojos se encontraron.

Y en ese instante, sin palabra alguna, ambas comprendieron que aquel encuentro no era fruto del azar.

A pocos pasos, erguida, se hallaba Doña Isabel de Anzorreguy.

Su presencia no pedía atención… la reclamaba.

De figura bien trazada, de formas plenas y proporcionadas, llevaba el vestido ceñido con tal precisión que parecía hecho para seguir cada línea de su cuerpo. La cintura marcada, el porte altivo, el andar seguro: todo en ella hablaba de una mujer acostumbrada a ser mirada… y a no ser ignorada.

Su rostro, de facciones firmes y bien delineadas, tenía una belleza de carácter, de aquellas que no se dulcifican para agradar. Los pómulos definidos, la mirada profunda y oscura, sostenida sin titubeo, daban cuenta de una voluntad que no se doblegaba con facilidad.

Sus labios, de trazo decidido, guardaban una leve curva que no llegaba a ser sonrisa… sino más bien aviso.

El cabello, oscuro y cuidadosamente dispuesto, enmarcaba su semblante con esmero, sin dejar lugar al descuido. En ella, todo estaba medido. Todo, contenido.

No había en su porte inocencia alguna.

Había intención.

Y algo más… algo que no se nombraba, pero se sentía: una firme determinación, nacida no de la ternura, sino del deseo de imponer su voluntad.

Isabel avanzó hacia Elena sin disimulo alguno.

Al verla aproximarse, Rosario y María Luisa se pusieron en guardia. Se miraron apenas, cómplices, sabiendo bien cuál era su lugar en ese instante: no apartarse de Elena.

Cuando estuvo frente a ella, Isabel la recorrió de arriba abajo con una mirada lenta, cargada de desdén.

—Vaya… —dijo al fin, con una sonrisa que no alcanzaba a serlo—. ¿Esta es la indita de pueblo que se atrevió a poner las manos sobre mi hombre?

Hizo una leve mueca, como si algo le resultara casi ofensivo a la vista.

—Válgame el cielo… pero si no eres más que una mestiza.

Se inclinó apenas hacia ella.

—¿Qué hay en ti que merezca atención? ¿Qué pudiste darle tú que yo no pueda ofrecer?

Alzó el mentón con orgullo.

—No eres más que una indita de poca monta. No estás siquiera a mi altura.

Sostuvo su mirada.

—Y para que lo entiendas bien: él es mío. No hay lugar para ti… ni lo ha habido jamás.

Sus labios se tensaron.

—Mestiza.

Se volvió con elegancia fría y se marchó.

A lo lejos, Martín, que había presenciado la escena, se acercó con el gesto endurecido. La tomó del brazo y la condujo sin miramientos hacia el cuartel.

Elena permaneció en silencio.

—No es nada… —murmuró apenas.

Pero no era cierto.

Rosario y María Luisa la rodearon sin decir palabra.

—No es más que envidia —dijo Rosario con firmeza—.

María Luisa asintió, secándole una lágrima.

—Mírala bien… necesita herir para sostenerse. Tú no.

Rosario sostuvo el rostro de Elena con suavidad.

—Tienes una belleza que no se impone… se recuerda.

María Luisa añadió, con calidez:

—Nada más has menester para hacerte notar.

Elena respiró hondo. Y aunque la herida había sido profunda… no estaba sola.

Elena no regresó de inmediato a la hacienda.

Condujo el carruaje sin rumbo fijo, dejando que los caminos la llevaran lejos del bullicio del pueblo, lejos de las miradas… lejos de aquella voz que aún le resonaba en el pecho.

El sol caía con suavidad sobre los campos.

Cuando al fin detuvo el carruaje, lo hizo junto a un prado abierto, donde los naranjos se extendían en hileras ordenadas, perfumando el aire con ese aroma dulce y limpio que parecía prometer calma.

Descendió sin prisa.

El suelo crujió bajo sus pasos.

Caminó entre los árboles, rozando con la yema de los dedos algunas hojas, como si buscara asirse a algo real… algo que no doliera.

Pero los pensamientos no se someten con facilidad.

Las palabras volvían.

Mestiza.

Cerró los ojos un instante.

No era la primera vez que oía algo así… pero hacía tiempo que no la herían de ese modo. No después de todo lo vivido.

Y, sin embargo, allí estaba otra vez.

Esa sensación antigua.

Aquella antigua herida.

Respiró hondo.

—No es nada… —repitió, mas esta vez ni ella misma lo creyó.

Avanzó unos pasos más.

Y entonces… lo sintió antes de verlo.

Una presencia.

Un peso en el aire.

—No deberíais andar sola por aquí.

La voz cayó como un golpe seco.

Elena se volvió de inmediato.

Allí estaba Martín.

A pocos pasos.

El rostro tenso. La mirada cargada de algo que ya no era solo ira.




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