Elena

Capítulo 33

El silencio pesó entre los dos.

—Pero eso no cambia lo que es —añadió con suavidad firme—.

—Usted es un hombre casado.

Martín negó, con tensión contenida.

—Ese matrimonio carece de valor para mí.

—Significa más de lo que quisiera —replicó Elena—, aunque no lo sienta así.

El viento volvió a recorrer el prado.

Elena dio un paso atrás, marcando la distancia.

—Y bien sabe… o habrá llegado ya a oídos suyos… que yo nunca la amé.

Martín alzó la vista.

—Siempre fuiste tú… tú a quien creí destinada para mí.

El aire se volvió denso.

—Tú con quien imaginé un porvenir.

Sus palabras no llevaban impulso… sino verdad.

—Pero eso ya no es lo que rige mi vida.

Bajó la mirada un instante.

—Lo que fue… ha quedado atrás.

El silencio cayó nuevamente.

Más hondo.

Más definitivo.

El viento volvió a moverse entre los naranjos.

Y por primera vez desde que había llegado…

Elena sintió que no estaba del todo a salvo.

Martín no se movió de inmediato.

La observaba.

Con una fijeza que ya no era la de antes.

Entonces, dio un paso.

Y luego otro.

Hasta quedar demasiado cerca.

Elena no retrocedió al instante… pero su cuerpo se tensó apenas, como si un instinto le ordenara apartarse.

Martín alzó la mano.

Y tomó su brazo.

No con brusquedad.

Pero tampoco con la distancia que la decencia exigía.

Sus dedos se cerraron alrededor de ella… y luego, con una lentitud que no era casual, deslizó la yema de sus dedos sobre la piel de Elena.

Un gesto mínimo.

Pero indebido.

Elena contuvo el aliento.

Y entonces lo miró.

De verdad lo miró.

Y fue allí donde lo vio.

Algo que nunca antes había estado en él. Ni siquiera en sus peores discusiones.

Había en sus ojos un fuego. Un fuego sombrío. Indómito.

No supo nombrarlo… pero lo sintió.

Y ese sentir no fue duda.

Fue temor.

Un estremecimiento silencioso le recorrió el cuerpo.

—Martín… —dijo Elena en voz baja, firme—. Suélteme.

Él no lo hizo.

Sus dedos se afirmaron un poco más sobre su brazo.

Y entonces habló.

—¿Y por qué habría de soltarte?

Elena sintió el pulso en la garganta.

—Si mal no recuerdo… aquella vez —continuó, acercándose apenas—, cuando estábamos desnudos… no solo me pedías que no te soltara…

Su voz bajó, más íntima, más perturbadora.

—Me lo implorabas.

El aire se volvió pesado.

—Te aferrabas a mí… sin reservas.

Una pausa.

—Entonces dime… ¿por qué habría de soltarte ahora?

Elena se quedó inmóvil un instante.

El miedo ya no era duda.

Era claro.

—Será mejor que me suelte —dijo, con la voz apenas temblorosa, intentando sostenerse—. Debo marcharme… y lo que está haciendo no está bien.

Reuniendo fuerzas, tiró de su brazo con decisión.

Esta vez logró soltarse.

Sin esperar, se volvió y echó a correr hacia el carruaje.

Subió con prisa, tomó las riendas con manos aún temblorosas. Elena apenas alcanzó a sujetarlas cuando percibió el movimiento a su espalda. Fue un instante breve, casi imperceptible, pero suficiente para que el cuerpo se le tensara.

El golpe fue seco.

Durante un instante, Martín quedó inmóvil.

No supo cuánto tiempo pasó.

Mientras tanto, el mundo permaneció suspendido en una quietud extraña, como si el aire mismo se hubiera quedado sin aliento.

Martín la observó.

Elena yacía serena sobre el asiento del carruaje, ajena a cuanto ocurría a su alrededor. El cabello se había desordenado durante la caída y algunos mechones oscuros descansaban sobre su rostro, como sombras que se aferraban a ella. Una de las mangas se había deslizado apenas sobre el hombro, dejando al descubierto la piel clara que el sol filtrado por los árboles alcanzaba por momentos, un destello que para él no era más que un fragmento de aquello que durante años había imaginado como suyo.

Parecía frágil.

Demasiado frágil. Y esa fragilidad no le despertaba ternura, sino una especie de hambre retorcida, una necesidad oscura de marcarla, de hacer que todo lo que ella era quedara grabado solo en su memoria, en sus manos.

Durante un instante permaneció inmóvil, contemplándola.

Había pasado años imaginando volver a verla. Años alimentando recuerdos deformados por la distancia, conversaciones que él mismo había inventado en su cabeza, futuros que jamás llegaron a existir pero que para él eran más reales que lo que realmente había pasado. Había soportado la distancia, la pérdida, el matrimonio impuesto, la certeza insoportable de que otro hombre había ocupado el lugar que él había considerado suyo —aunque ella nunca se lo hubiera prometido, aunque nunca hubiera sido suyo para empezar—.

Y ahora ella estaba allí.

Tan cerca.

Por primera vez en mucho tiempo, sin barreras físicas entre ambos.

Una parte de él comprendía que debía marcharse. Que aún estaba a tiempo de alejarse, de dejarla estar, de no romper lo poco que quedaba de lo que alguna vez habían sido.

Pero aquella voz era cada vez más débil, ahogada por otra que llevaba demasiado tiempo creciendo en silencio, alimentada por la soledad y el rencor.

La misma que durante meses le había repetido, una y otra vez, que le habían arrebatado lo que le pertenecía.

Aquella voz que durante tanto tiempo había confundido el amor con el derecho de reclamar aquello que nunca le había pertenecido.

La misma que ya no distinguía entre deseo y obsesión, entre querer estar con alguien y querer que esa persona fuera solo para él, sin voluntad propia.

Martín cerró los ojos un instante, y en la oscuridad de sus párpados, todo lo que sentía se mezclaba en una niebla espesa y confusa.

Y cuando volvió a abrirlos, la lucha había terminado.

No porque hubiese encontrado paz.

Sino porque había dejado de combatir contra sí mismo, contra aquella sombra que finalmente había vencido su voluntad.




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