Martín no se apartó.
Permanecía allí, aferrado a ella, con una urgencia que desbordaba toda razón. En su mirada no había duda, ni culpa, ni conciencia de la ofensa que cometía. Solo una convicción enfermiza, obstinada: la de estar, por fin, donde creía pertenecer.
Elena, en cambio, sentía el quiebre.
Cuando al fin logró reunir fuerzas, se movió. No con violencia, sino con una determinación fría, desesperada. Empujó, se apartó, se arrancó de él como pudo. El contacto se rompió de golpe.
Se incorporó con torpeza, temblorosa, cubriéndose con prisa, como si cada instante le quemara la piel. No lo miró. No dijo nada.
Martín tardó un momento en reaccionar, como si se negara a aceptar esa distancia.
—Elena…
Su voz fue baja, contenida, pero no había arrepentimiento en ella.
Dio un paso hacia ella.
—Mírame.
Elena no obedeció. Sus manos apenas lograban responderle mientras acomodaba su ropa.
—He aguardado este momento durante demasiado tiempo… —continuó él, con una calma que resultaba más inquietante que cualquier arrebato—. Demasiado.
Elena se detuvo apenas, no por él, sino por lo que esas palabras le despertaban.
—No fue un error —añadió Martín—. Tú lo sabes.
El silencio se volvió espeso.
Irrespirable.
Elena alzó la mirada entonces, y lo que había en sus ojos no era amor ni duda.
Era algo distinto.
—No me toque —dijo en voz baja, firme.
Martín se detuvo. Dudó, apenas.
—Eres mía —murmuró.
Elena negó con suavidad, retrocediendo un paso.
—No. Eso no lo decide usted.
Y sin añadir palabra, se volvió y echó a andar.
No miró atrás.
No quiso.
No pudo.
Avanzó hasta el carruaje con pasos inseguros, como si el suelo ya no fuese firme bajo sus pies. Se sostuvo del borde, subió como pudo y tomó las riendas.
—Arre… —murmuró.
El caballo avanzó.
El camino se abrió ante ella.
Pero Elena conducía sin plena conciencia del camino, con la mirada fija y vacía, sin ver realmente lo que tenía delante. Las manos rígidas sobre las riendas, como si aflojarlas implicara derrumbarse por completo.
El viento le golpeaba el rostro, pero apenas lo sentía.
Hasta que una lágrima comenzó a deslizarse.
Y luego otra.
Silenciosas.
Constantes.
Su cabello, descompuesto, se agitaba con el movimiento del carruaje. El vestido, hecho jirones, cubierto de tierra, le pesaba sobre el cuerpo como si no le perteneciera.
Se sentía sucia.
Las imágenes regresaban sin orden.
Francisco.
Su voz.
Sus manos.
Y luego—
Martín.
La misma cercanía.
El mismo contacto.
Pero no.
No era lo mismo.
Nunca lo había sido.
Elena negó apenas, como si pudiera expulsar aquello de su mente, pero las imágenes se superponían, se mezclaban, la confundían hasta dejarla sumida en una amarga confusión.
—No… —susurró.
Se llevó el dorso de la mano al rostro, frotándose los ojos, intentando limpiar las lágrimas que nublaban su vista. Respiró hondo, pero el aire no le alcanzaba.
Nada le alcanzaba.
El carruaje siguió su marcha hasta que, sin saber bien cómo, llegó a la hacienda.
Elena no recordaba el trayecto.
Descendió sin ayuda. Los pies le fallaron al tocar el suelo, pero logró sostenerse. Avanzó hacia la entrada con pasos vacilantes.
La puerta se abrió antes de que pudiera alcanzarla.
Crescencia apareció en el umbral.
Y al verla… se detuvo.
Su mirada recorrió a Elena en silencio: el desorden, la tierra, el estado del vestido, el rostro desencajado. No hacía falta explicación alguna.
—Niña… ¿qué ha pasado?
Elena no respondió.
No pudo.
Los labios le temblaron… y de pronto, todo se quebró.
Se acercó a Crescencia y rompió en llanto, un llanto profundo, sin contención, aferrándose a ella como si fuese lo único firme que quedaba. Hundió el rostro en su hombro huesudo, buscando sostén, refugio… algo que la mantuviera en pie.
Crescencia la sostuvo sin hacer más preguntas. La rodeó con los brazos, firme, en silencio, comprendiendo sin palabras. Su mano se posó en el cabello deshecho de Elena, acariciándolo con una ternura antigua.
—Ya está… ya está en casa —murmuró.
Pero Elena no dejó de llorar.