Tras abrazarse a Crescencia, Elena no se detuvo en la sala ni en el comedor. Se apartó en silencio y subió a su cuarto, recogiendo en sí todo cuanto llevaba dentro.
Al cerrar la puerta tras de sí, lo hizo con premura, como si necesitara asegurarse de que nada —ni nadie— pudiera alcanzarla allí dentro.
Apoyó la espalda contra la madera.
Y por un instante… no se movió.
El pulso aún le latía con fuerza.
Su brazo conservaba el recuerdo de aquel contacto indebido. No era dolor… no del todo. Era algo peor. Una sensación que no terminaba de disiparse, como si la piel guardara memoria de lo que no debía haber ocurrido.
Cerró los ojos con fuerza, procurando apartarlo.
Pero volvía.
La cercanía.
La voz.
Aquella manera en que él había traspasado un límite sin vacilar.
Elena llevó una mano a su brazo, como si con ello pudiera borrar ese rastro.
—No… —murmuró, apenas.
Avanzó unos pasos hacia el interior del cuarto, mas el aire le pareció denso, cargado.
Nada estaba en su sitio.
O quizá era ella.
Se llevó una mano al pecho, procurando acompasar la respiración.
Debía serenarse.
Debía volver en sí.
Pero algo había cambiado.
Y lo sabía.
Por momentos, una oscura tentación acudía a su ánimo. Un cansancio tan hondo que parecía calarle hasta el alma le insinuaba que bastaría un solo paso para poner término a su vida y reunirse con Francisco. La idea se le presentaba con una calma engañosa, casi tentadora, como si en ella hallase descanso. Como si allí pudiera encontrarlo sin distancia, sin ausencia, sin ese vacío persistente que le oprimía el pecho.
Cerró los ojos con fuerza, llevándose una mano a la frente.
No.
Su mirada, casi sin proponérselo, se dirigió hacia la cuna. Allí estaba su hija, tan pequeña, tan ajena a todo, respirando con esa paz serena de quienes aún no conocen el dolor. Apenas un mes de vida… y, sin embargo, ya era el lazo que la retenía en este mundo.
Elena dejó escapar un suspiro tembloroso.
No podía.
No debía.
Sería una crueldad que no tenía derecho a cometer.
Apretó los labios, haciendo acopio de fuerzas, obligándose a permanecer. Y en medio de esa lucha callada, tomó una resolución sencilla, pero firme: no saldría. No por ahora. No mientras su ánimo siguiera tan turbado y su corazón tan expuesto.
Se quedaría en la hacienda.
Allí, a resguardo.
Aferrada a lo único que aún la sostenía en este mundo.
Los días que siguieron transcurrieron con una calma apenas sostenida.
Elena no salió de la hacienda. Se mantuvo en sus quehaceres, atendiendo lo necesario, ocupando las horas en tareas simples que le permitiesen aquietar el ánimo. Había en sus movimientos una mesura nueva, como si cada gesto fuese medido con mayor cuidado.
Crescencia, sin hacer preguntas, permanecía cerca. Bastaba su presencia para aliviar en algo el peso que Elena llevaba consigo.
La niña crecía en ese pequeño mundo de silencios y rutinas. Sus llantos, sus breves despertares, el calor tibio de su cuerpo al tenerla en brazos… todo ello fue, poco a poco, devolviéndole a Elena un orden que creía perdido.
No era paz.
Pero se le parecía.
Y, aun en medio de esa quietud incierta, había algo que comenzaba a sostenerla con mayor firmeza: la espera.
Faltaban apenas dos días para la llegada de Aramí a California. Pronto vería un rostro conocido, alguien que traía consigo un rastro de su tierra, de lo que había sido. Y más allá de ello, en el horizonte cercano, se abría otra certeza: en tres meses partiría de regreso a las Provincias Unidas del Río de la Plata.
Volvería a su hogar.
A los suyos.
Y dejaría atrás, al fin, aquel lugar donde ya casi nada le quedaba.
El pensamiento le trajo un alivio breve… pero también una inquietud inmediata.
Rosario y María Luisa.
Debían saberlo.
Pero no cualquiera debía enterarse.
El nombre de Martín cruzó su mente con la rapidez de un mal presentimiento.
No podía arriesgarse.
No ahora.
No cuando la partida comenzaba a tomar forma.
De modo que, esa misma tarde, Elena tomó papel y pluma y escribió con cuidado, midiendo cada palabra. Les pidió discreción. Les confió su decisión… y su temor.
Luego mandó llamar a un mensajero de confianza.
La carta no fue enviada sin resguardo.
La hizo guardar dentro de un pequeño cofre, entre algunos pastelillos recién hechos, como si se tratase de un simple obsequio.
Así, a ojos ajenos, no habría motivo para sospecha.
El encargo partió entrada la tarde.
Y Elena, al verlo alejarse por el camino, sintió por primera vez en días que algo —por pequeño que fuese— comenzaba a ordenarse a su favor.
Nada había cambiado de forma evidente, y, sin embargo, había en su ánimo una disposición distinta. Como si, sin darse cuenta, hubiese empezado a colocar cada cosa en su sitio.
La idea de partir ya no le resultaba incierta. Al contrario, comenzaba a tomar forma con una claridad serena, casi necesaria.
La hacienda, que hasta entonces le había ofrecido resguardo, se le presentaba ahora con otro matiz. No dejaba de ser un lugar familiar, pero ya no parecía retenerla del mismo modo.
Aquel día transcurría sin sobresaltos.
El aire era calmo.
Y por un breve instante, Elena creyó —quizá con algo de ingenuidad— que podría sostener esa quietud un poco más.
Hasta que llamaron a la puerta.
Aquella tarde, cuando la hacienda parecía recogida en su quietud, la calma se vio quebrada sin aviso.
Isabel de Anzorreguy se presentó sin ser anunciada.
Fuese lo que fuese que Martín le había dicho, había bastado para traerla hasta allí.
Su porte era erguido, altivo… y su mirada, cargada de un desprecio apenas disimulado.
Elena la recibió en la sala.
No hubo cortesías.
—Así que es cierto —dijo Isabel, sin rodeos—. No solo carece usted de recato… sino también de toda mesura.