Elena

Capítulo 36

Isabel regresaba al cuartel con el ánimo extrañamente satisfecho. Había dicho cuanto deseaba decir… y por primera vez en mucho tiempo, sentía haber tomado el lugar que le correspondía.

No advirtió que, a cierta distancia, Martín la seguía.

A paso medido.

Conteniendo una cólera que apenas lograba dominar.

Al llegar, apenas hubo puesto pie en tierra, él ya estaba allí.

Se apeó sin decir palabra, entregó las riendas a un cabo y, sin miramientos, la tomó del brazo con firmeza.

—Ven.

No fue una invitación.

La arrastró hasta su despacho y cerró la puerta de un golpe seco.

El silencio apenas duró un instante.

—¿Qué hacía usted en la hacienda de los Mendoza? —preguntó, con una frialdad que cortaba.

Isabel alzó el mentón, sorprendida… pero no intimidada.

—No intente negarlo —añadió él—. La vi.

Un paso más cerca.

—Ahora responda.

Isabel dudó apenas, tanteando el terreno.

—Fui… a poner orden —dijo al fin—. A evitar un escándalo mayor. Pero, como era de esperarse, recibí un trato indigno.

Martín no se movió.

No le creyó.

—Le he preguntado qué hacía allí.

El tono bajó… y con él, la amenaza.

Isabel sostuvo su mirada un segundo más. Luego, sin rodeos:

—Defendía aquello que me pertenece.

—¿Aquello?

—Usted.

La respuesta cayó entre ambos como una piedra.

—Es mi esposo. Todo cuanto es… lo debe a mi familia. Y, sin embargo, se permite frecuentar a esa mujer como si yo no existiera.

Dio un paso al frente.

—A ella sí la toca. A mí, ni siquiera me mira.

Algo en Martín se quebró.

En un instante, su mano se cerró en torno al cuello de Isabel y la empujó contra la pared.

—Le dije que no soy suyo.

La voz apenas era un murmullo, y precisamente por eso resultaba más temible.

—Le dije que no le debía nada.

Apretó más.

—Y ya le dejé en claro que la única mujer que importa… es Elena.

Isabel llevó las manos a la suya, intentando soltarse. El aire comenzaba a faltarle.

—¿Cree que voy a ceder? —continuó él, sin soltarla—. ¿Que voy a olvidarla por usted?

Negó apenas, con una sombra de desprecio.

—Jamás.

Con un último esfuerzo, Isabel logró empujarlo. Se apartó, llevándose una mano al cuello, jadeando.

—Claro que es mío… —replicó, con la voz quebrada pero firme—. Somos marido y mujer ante Dios y ante la ley.

Martín la miró como si aquello no significara nada.

—A mí eso no me importa.

Se volvió para marcharse.

—¿Qué tiene ella? —lo detuvo Isabel, con un hilo de voz cargado de rabia—. ¿Qué tiene que yo no?

Él se detuvo.

Giró apenas el rostro.

—Todo.

Un silencio.

—Para mí… es perfecta.

Las palabras no eran exaltadas.

Eran peores.

Eran ciertas.

—Lo que usted llama defectos… yo lo tengo por virtud.

La miró por última vez.

—Y eso… jamás lo va a entender.

Salió del despacho sin añadir más.

La puerta se cerró con violencia.

Isabel quedó allí.

En silencio.

Y luego, poco a poco… se dejó caer.

No lloró de inmediato.

Resistió cuanto pudo.

Pero cuando lo hizo…

Ya no había nadie que la viera.

Isabel permaneció en el despacho.

El silencio terminó por imponerse.

Isabel permaneció largo rato en el suelo.

No supo cuánto.

Cuando por fin reunió fuerzas para levantarse, apoyó una mano en la mesa cercana.

Sus dedos se aferraron a un pequeño cofre de madera.

Pero el cofre se deslizó bajo su peso.

Cayó al suelo.

La tapa se abrió de golpe.

Decenas de hojas amarillentas salieron despedidas y se esparcieron por todo el despacho.

Isabel cerró los ojos un instante.

Lo último que deseaba era recoger aquel desorden.

Aun así, terminó arrodillándose.

Tomó una de las hojas.

Luego otra.

Y otra más.

Estaba a punto de devolverlas al interior del cofre cuando una palabra llamó su atención.

Elena.

Su mano se inmovilizó.

Volvió la vista a la hoja.

Allí estaba otra vez.

Elena.

Sintió un vuelco desagradable en el estómago.

Durante un instante pensó en apartar la mirada.

En dejar aquellos papeles donde estaban.

Pero ya era demasiado tarde.

La curiosidad había echado raíces.

Con el corazón acelerado, tomó la

primera de las hojas y comenzó a leer.

15 de septiembre de 1818

Esta noche asistí al banquete ofrecido por mi prima Margarita.

Creí que sería una velada como tantas otras.

Me equivoqué.

He conocido a una joven llamada Elena.

No sé explicar qué ha despertado en mí. Desde el primer momento advertí que había algo distinto en ella. No procuraba hacerse notar, y, sin embargo, era imposible dejar de mirarla.

Bailamos una vez.

Después conversamos largo rato.

Jamás imaginé que una conversación pudiera parecerme tan breve.

Tiene una serenidad difícil de encontrar y una inteligencia que no busca imponerse. Escucha antes de hablar, y cuando finalmente lo hace, cada palabra parece dicha tras haber sido bien pensada.

Hay algo que no consigo apartar de mi pensamiento.

Elena es mestiza.

Sé perfectamente quién es Elena y sé lo que eso significa para el mundo que me rodea.

Cualquier otro en mi lugar habría procurado mantener la distancia.

Yo hice exactamente lo contrario.

Mientras más hablábamos, menos importancia parecía tener aquello que el mundo considera tan decisivo.

Al despedirme, tuve la extraña impresión de haber conocido a alguien a quien deseaba volver a ver.

Ignoro si el destino volverá a cruzar nuestros caminos.

Pero esta noche me descubro esperando que así sea.

3 de abril de 1819

Esta ha sido, sin duda, la noche más dichosa de mi vida.

Elena me ha confiado el mayor tesoro que quien ama con el alma entera puede entregar a la persona que adora.




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